
Imaginemos la sala de un cine donde se estrena la millonésima versión de Drácula. Y que el más terrorífico de los condes apareciese en la pantalla como un viejo cejijunto, mostachudo y con las palmas vellosas. Se oirían risas y murmullos. Los espectadores creerían enfrentarse a una parodia. Sin embargo, esta es la descripción que pinta Bram Stoker (1847-1912) en su novela. Drácula no es el Nosferatu de Murnau, pero tampoco se parece al vampiro clásico encarnado por Bela Lugosi o Christopher Lee; de su parentesco con los hermosísimos chupasangres últimamente en boga, mejor ni hablar. Del mismo modo, es bastante raro que una película respete la auténtica conclusión del relato. Muere el rey de los no muertos decapitado y con el corazón atravesado por un cuchillo; viajaba en su ataúd, camino del castillo de los Cárpatos, transportado en una carreta de gitanos. Cuesta entenderlo, pero, a pesar de las múltiples adaptaciones cinematográficas, quizá sólo exista un intento solvente de fidelidad a la obra del autor irlandés, precisamente Drácula de Bram Stoker (1992), a cargo de Francis Ford Coppola (y no sabe el lector amigo cuánto agradecería la rectificación de esta frase).
Es decir, Drácula es un producto distorsionado: más allá de que el estereotipo del personaje sea, en muchos aspectos, erróneo, la historia original ha sufrido tantas amputaciones y reformas a través del celuloide que nos encontramos con un caso sin parangón. Además todo hace pensar que, aunque en vida de Stoker se llegaron a publicar más de un millón de ejemplares, el lector contemporáneo toma otros derroteros. O sea: Drácula, como novela, quizá sea hoy una ilustre desconocida. Y no lo merece.
Drácula se publicó en 1897, cuando la cantera vampírica ya había sido explotada por otros eminentes antecesores, como Goethe, Hoffmann, Polidori, Le Fanu o Poe. Sin embargo, es Stoker el mayor culpable de otorgar al vampiro su dimensión como icono insoslayable del imaginario universal. Y lo es gracias a una creación literaria bien trabajada, novedosa en su esquema y muy hábil en el desarrollo de la trama. En principio, construir una novela -extensísima, por añadidura- a base de diarios, cartas, recortes de prensa y hasta telegramas ya requiere la tenacidad de un musivario. Debemos tener en cuenta que esta fórmula implica la elaboración de múltiples lenguajes, industria complejísima en la que Stoker se esfuerza y que suele ser el talón de Aquiles de grandes escritores. Respecto a la trama, el suspense está asegurado; hasta el final del libro, con escasos interludios de morosidad, una página invita a la siguiente. La prosa de Stoker, por otra parte, es más funcional que brillante, muy anglosajona, pero se afina y hermosea en los momentos culmen de terror, cuando es preciso sugestionar al lector. Sólo cabe reprochar ciertos vicios disculpables, propios de su tiempo, relativos a roles predeterminados en la iconología al uso sobre el hombre, la mujer, la amistad y el amor.
Un escalofriante epílogo: el personaje estuvo esperando al autor, y se presentó ante éste en sus últimos momentos, como un maestresala de la Muerte.
Es decir, Drácula es un producto distorsionado: más allá de que el estereotipo del personaje sea, en muchos aspectos, erróneo, la historia original ha sufrido tantas amputaciones y reformas a través del celuloide que nos encontramos con un caso sin parangón. Además todo hace pensar que, aunque en vida de Stoker se llegaron a publicar más de un millón de ejemplares, el lector contemporáneo toma otros derroteros. O sea: Drácula, como novela, quizá sea hoy una ilustre desconocida. Y no lo merece.
Drácula se publicó en 1897, cuando la cantera vampírica ya había sido explotada por otros eminentes antecesores, como Goethe, Hoffmann, Polidori, Le Fanu o Poe. Sin embargo, es Stoker el mayor culpable de otorgar al vampiro su dimensión como icono insoslayable del imaginario universal. Y lo es gracias a una creación literaria bien trabajada, novedosa en su esquema y muy hábil en el desarrollo de la trama. En principio, construir una novela -extensísima, por añadidura- a base de diarios, cartas, recortes de prensa y hasta telegramas ya requiere la tenacidad de un musivario. Debemos tener en cuenta que esta fórmula implica la elaboración de múltiples lenguajes, industria complejísima en la que Stoker se esfuerza y que suele ser el talón de Aquiles de grandes escritores. Respecto a la trama, el suspense está asegurado; hasta el final del libro, con escasos interludios de morosidad, una página invita a la siguiente. La prosa de Stoker, por otra parte, es más funcional que brillante, muy anglosajona, pero se afina y hermosea en los momentos culmen de terror, cuando es preciso sugestionar al lector. Sólo cabe reprochar ciertos vicios disculpables, propios de su tiempo, relativos a roles predeterminados en la iconología al uso sobre el hombre, la mujer, la amistad y el amor.
Dos avisos, antes del párrafo seleccionado. Primero, la mayoría de las ediciones carecen del capítulo inicial llamado "El huésped de Drácula", sujeto a una controversia que escapa a la profundidad -o a la amenidad, si les parece- de estos apuntes. Simplemente, léanlo: es excepcional. Segundo, no lean otras dos novelas de Stoker: La joya de las siete estrellas y La dama del sudario. Graves bodrios en los que me interné, empujado por la cautivadora brisa de Drácula, como quien se hunde en arenas movedizas... O, mejor, me enmiendo: tomen esto sólo como una recomendación personal y hagan lo que quieran, porque es privilegio de cada lector escoger sus cátedras.
Finalmente, llegamos a la tapia del cementerio, y la escalamos. Con cierta dificultad -dado que estaba muy oscuro y el paraje nos era completamente desconocido- encontramos la tumba. El profesor sacó la llave, abrió la chirriante puerta y, haciéndose a un lado cortésmente, aunque de manera impensada, me hizo un gesto para que le precediese. Había cierta ironía en la invitación, en esta cortesía de darme la preferencia en tan macabra ocasión. Mi compañero me siguió y cerró la puerta inmediatamente, cerciorándose primero de que el pasador de la cerradura no era de resbalón. De lo contrario, nos habríamos visto en un serio aprieto. Luego hurgó en su maletín, sacó una caja de fósforos y procedió a encender una luz. La tumba, durante el día, y adornada con flores frescas, había tenido un aspecto bastante lúgubre. Pero ahora que habían pasado varios días, y las flores estaban marchitas y secas, con los blancos pétalos ya de color herrumbre, y el verde se había convertido en marrón; ahora que las arañas y los escarabajos habían vuelto a tomar posesión de sus dominios; ahora que la piedra descolorida y polvorienta, el hierro oxidado y húmedo, el latón empañado y todos los sucios objetos plateados devolvían desmayadamente el resplandor de la vela, el efecto resultaba más sórdido y deprimente de lo que cabe imaginar. Sugería, irresistiblemente, la idea de que no era la vida -la vida animal- lo único que puede fenecer.
Finalmente, llegamos a la tapia del cementerio, y la escalamos. Con cierta dificultad -dado que estaba muy oscuro y el paraje nos era completamente desconocido- encontramos la tumba. El profesor sacó la llave, abrió la chirriante puerta y, haciéndose a un lado cortésmente, aunque de manera impensada, me hizo un gesto para que le precediese. Había cierta ironía en la invitación, en esta cortesía de darme la preferencia en tan macabra ocasión. Mi compañero me siguió y cerró la puerta inmediatamente, cerciorándose primero de que el pasador de la cerradura no era de resbalón. De lo contrario, nos habríamos visto en un serio aprieto. Luego hurgó en su maletín, sacó una caja de fósforos y procedió a encender una luz. La tumba, durante el día, y adornada con flores frescas, había tenido un aspecto bastante lúgubre. Pero ahora que habían pasado varios días, y las flores estaban marchitas y secas, con los blancos pétalos ya de color herrumbre, y el verde se había convertido en marrón; ahora que las arañas y los escarabajos habían vuelto a tomar posesión de sus dominios; ahora que la piedra descolorida y polvorienta, el hierro oxidado y húmedo, el latón empañado y todos los sucios objetos plateados devolvían desmayadamente el resplandor de la vela, el efecto resultaba más sórdido y deprimente de lo que cabe imaginar. Sugería, irresistiblemente, la idea de que no era la vida -la vida animal- lo único que puede fenecer.
Un escalofriante epílogo: el personaje estuvo esperando al autor, y se presentó ante éste en sus últimos momentos, como un maestresala de la Muerte.
Gabriel Cusac
10 comentarios:
Tengo una curiosidad...¿porqué te gusta tanto todo lo escatológico y lo tétrico?..contestame si quieres ehhh.
Realmente este personaje,Dracula,provoca gran fascinación.Su aspecto siniestro,terrorífico, choca con esa vertiente de romántico desesperado que se le da en algunas versiones cinematográficas.
Ha atormentado la imaginación de mucha gente durante años y creo que lo seguirá haciendo.
Esa mezcla de terror,romanticismo es seductora no hay duda.
Un saludo.
Sin duda, mojadopapel, se trata de una afección morbosa. Aunque, por suerte, creo que sé distinguir entre ficción y realidad. Me gustan algunas historias de Sade, pero no soy un sádico; me gusta Drácula, y no duermo en un ataúd; me gustan los cuentecillos policíacos del padre Brown, y no voy cometiendo crímenes, ni tampoco resolviéndolos. Son más peligrosos los morbos no literarios, los de la vida diaria. Estos abundan y suelen joder al prójimo, ¿verdad?.
Es verdad, Juana María, Drácula fascina. En su ¿persona? convergen la inmortalidad y la noche, el poder demoníaco y una inmensa soledad. Y, bien mirado, no deja de ser una víctima. Seguirá poblando los cines y las pesadillas hasta que consigamos acabar con este mundo. Lo que me extraña es que todavía no haya salido una versión evangélica. ¿Te imaginas a Drácula convertido a la fe?...Vaya, un tema por explotar.
Pues a mí me pone el Dracula, oyes!! Es que soy animal nocturno, jijiji!!
Por cierto: ¿he oído por ahí algo de un primer premioooooo?
FELICIDADES, te lo mereces. Besazos en el espinazo!!!!
A mí me ponen las tres draculinas que jugueteaban con Jonathan Harker, en la película de Coppola y en la novela. Menudo pamplinas, ese Harker.
Sí, ha caído el Ciudad de Zaragoza, un pellizquito que nos va a venir muy bien a nosotros y a la dentista de los críos. ¡A veces hago mis pinitos!
Un beso, bruja.
pues a mí,el boris karloff haciendo de frankenstein...tiene su cosilla,y si te aburres puedes ir descosiendole poco a poco
JAAAAA,Lola, o cosiendole la boca si se pone pesao.
Verdad Gabriel, verdad.
Francis Ford Coppola, es sin lugar a dudas, uno de los más grandes realizadores cinematográficos de la actualidad. Las películas de Coppola, se caracterizan por poseer una estructura impecable, coseguida por medio de un montaje
absolutamente medido y sin ningún tipo de fisura. Si a esta faceta de maestro del montaje, le sumamos una extensa experiencia como gionista en la gran mayoría de sus cintas y la cuidadosa selección de las novelas escogidas para ser llevadas al celuloide, suele ofrecernos unas películas que siempre merece la pena visualizar, llegando a alcanzar la categoría de obras maestras varias de ellas, que si bien ya lo eran como novelas, vuelven a serlo en la gran pantalla. Una de las claves de este éxito, radica en respetar al máximo de lo posible, la obra literaria original. De este modo, nos ha entregado: la magnífica trilogía de El Padrino I,II y III, con el mismísimo Mario Puzo como coguionista; Legítima Defensa de John Grisham, también con el propio autor colaborando en el guión; la magistral Apocalipse Now, que es una traslación a la guerra del Vietnam de, El corazón de las tinieblas, obra del genial Joseph Conrad; y la maravillosa Cotton Club, basada en la novela de Jim Haskins. A su vez, también a sido el guionista de otros filmes como: ¿Arde París? de René Clement, basado en la novela de D. Lapierre y L. Collins, y del clásico de Scott Fitzgerald, El Gran Catsby, relizado por Jack Clayton.
El Drácula de Bram Soker de F.F. Coppola,es sin lugar a dudas, una de las mejores realizaciones de la temática vampírica, ya que unidas a la maestría de Coppola en la narrativa cinematográfica, se suman, la siempre espléndida interpretación del gran Anthony Hopkins, el más que verosimil conde de Gary Oldman y la eternamente bella a la vez que delicada y cleptómana Winona Ryder.
Es tan primoroso el equilibrio entre los personajes, que hasta el planísimo intérprete que es Keanu Reeves, obtiene un registro aceptable.
Pero si Coppola, es el realizador que más se ciñe a las características del vampiro original de Stoker, no serán si no el maestro Murnau con Nosferatu (1922), interpretado por el increible Max Schreck y Tod Browning con Bela Lugosi en Drácula (1931), los que otorguen al sanguinario conde de su enorme fama y dimensión mundial.
A pesar de que desde el filme de Coppola, no se ha vuelto a rodar un Drácula acptable, existen una serie de producciones vampíricas muy interesantes, como son: El baile de los vampiros de Roman Polanski (1967), Martin de George A. Romero (1977), Abierto hasta el amanecer de Robert Rodriguez (1995)
y Vampiros de John Carpenter(1998).
Mención a parte merece "Cronos"
(1993), soberbia ópera prima de Guillermo del Toro (El espinazo del diablo, El laberinto del Fauno, ...), un autor muy interesado en la temática de "los no muertos". Cronos, es una cinta con un desarrolo lento y agobiante, que trata el vampirismo desde una óptica distinta y muy original. Gran parte del éxito de esta pelicula se debe a la interpretación del excelente Federico Luppi y del inolvidable
"estilita" Claudio Brook (Simón del desierto de Luis Buñuel 1965).
Del Toro también es coautor junto a Chuck Hogan de las novelas vampíricas tituladas : Trilogía de la Oscuridad (Nocturna, Oscura y Eterna).
TITIRO.
Tendrías que hacer un blog, Títiro. Intentaré ver Cronos, aunque te confieso que tanto Abierto hasta el amanecer como la celebradísima El baile de los vampiros (ya sé, ya sé, Polanski)me decepcionaron.
Publicar un comentario