
Sólo el mascarón del fauno nos llamó la atención en aquel jardín de molde dieciochesco y naturaleza ordenada, frío y simétrico como el propio palacio al que pertenece. Quizá no fuera un fauno, sino el Pan asustador de los caminos, porque ambos acaban compartiendo la misma iconografía. En todo caso, el artista había sido muy hábil, proporcionándonos un útil pasaporte a la imaginación del trasmundo mitológico. Con gentil asombro, Sofía y yo quedamos atrapados en la contemplación de ese rostro expresivo y expresionista, de rasgos hiperbólicos y mirada visionaria y furiosa. El fauno nos parecía terrible, encantador, fascinante; casi esperábamos su resurrección, la metamorfosis de la piedra a la carne. Sofía, pura intuición, sugirió que el enorme frontis de la fuente, tan desangelado, debería estar cubierto de hiedra para componer el marco ideal del retrato; así, la cabeza monstruosa surgiría como una sorpresa, y se acentuaría el carácter selvático del fauno. Pura intuición.
Tras un buen rato de arrobo, llegó el momento de la inevitable foto. Lo intentó Sofía, lo intenté yo. Era imposible. Un resplandor obstinado, un aura paradójica instalada en el visor de la cámara, se empeñaba en nublar la cara del fauno. Algo difícilmente explicable en aquel día oscuro, de cielo encapotado, que anunciaba la tormenta inminente. Por otra parte, bastaba con dirigir el objetivo a un lado o a otro del fauno, bastaba desenfocarle, para que el resplandor desapareciera. Estaba claro que el fauno no deseaba ser fotografiado, quizá sensible de esa antigua superstición, más común y universal de lo que parece, que equipara la apropiación de la imagen con el robo del alma. El incidente se repitió una y otra vez, hasta que Sofía tuvo una de sus pasmosas iluminaciones.
-¡Evohé! -gritó.
El chorro que manaba de la boca del fauno, de esos labios femeninos que aspiraban a otorgar cierta personalidad andrógina al viejo dios, se hizo intermitente. Era la risa del fauno, y su señal de conformidad. Cuánto se habría alegrado de escuchar de nuevo el jubiloso conjuro, clave simpática de los paganos.
Tras un buen rato de arrobo, llegó el momento de la inevitable foto. Lo intentó Sofía, lo intenté yo. Era imposible. Un resplandor obstinado, un aura paradójica instalada en el visor de la cámara, se empeñaba en nublar la cara del fauno. Algo difícilmente explicable en aquel día oscuro, de cielo encapotado, que anunciaba la tormenta inminente. Por otra parte, bastaba con dirigir el objetivo a un lado o a otro del fauno, bastaba desenfocarle, para que el resplandor desapareciera. Estaba claro que el fauno no deseaba ser fotografiado, quizá sensible de esa antigua superstición, más común y universal de lo que parece, que equipara la apropiación de la imagen con el robo del alma. El incidente se repitió una y otra vez, hasta que Sofía tuvo una de sus pasmosas iluminaciones.
-¡Evohé! -gritó.
El chorro que manaba de la boca del fauno, de esos labios femeninos que aspiraban a otorgar cierta personalidad andrógina al viejo dios, se hizo intermitente. Era la risa del fauno, y su señal de conformidad. Cuánto se habría alegrado de escuchar de nuevo el jubiloso conjuro, clave simpática de los paganos.
Gabriel Cusac
2 comentarios:
Parece hubiese quedado petrificado en el momento previo a desatar toda su furia.
Mira que si llega a hablar y os pide un
tinto.
Un abrazo.
Habría sido...fabuloso.
Un abrazo, Juana María.
Publicar un comentario