9 de junio de 2014

Béjar, ciudad avasallada


Vista de Béjar (foto: Paulino Aliseda, en Béjar biz)


No suelen madrugar. Pero cuando a media mañana abandonan sus cubiles se adueñan de las calles de la ciudad estrecha como una marabunta implacable. Su agresividad no ha dejado de aumentar en los últimos años, amparada en el número, la intimidación constante y la defensa grupal. Sin embargo, como bestias sin escrúpulos, como auténticos chacales,  en muchas ocasiones se enfrentan entre ellos, y lo mejor que puedes hacer si estás cerca, paisano amigo, es salir huyendo antes de que la virulencia de su lucha te alcance. Maledicentes, groseros, miserables, dotados de una infinita perversidad, se ceban en el chivo expiatorio y gustan de la crucifixión; han dejado atrás cualquier precepto moral, la ley de la jungla es su ley. Es importante saber que los miembros femeninos de esta tribu urbana son más peligrosos, y, por decirlo de alguna manera, detrás de cada gran gamberro se esconde una gamberra aún peor.
El ciudadano pacífico debe ignorar sus provocaciones. No hagas caso si te señalan, si lanzan comentarios vejatorios a tu paso, si te hieren con las puntas de los paraguas los días de lluvia (una de sus diversiones favoritas), si se cuelan en la fila del banco o del supermercado, si cometen delante de tus narices las más terribles imprudencias al volante  (como tienen por norma) o si monopolizan, con ademán retador, el ancho de la acera. No lo hagas, o te ocurrirá lo mismo que a mí.
Llevaba mucho tiempo reprimiéndome. Años. Pero, seguramente más por sentido de la dignidad que por valentía, decidí un mal día plantar cara a sus desmanes. Y lo hice respondiendo con la misma moneda a una de sus afrentas favoritas. Sabido es que estos macarras gustan desafiar a cualquier transeúnte examinándole de arriba abajo, mirándole con insistencia y descaro mientras farfullan maldiciones. Hace poco más de una semana  comencé a aguantarles la mirada según su propio estilo, es decir, con ojos de loco y estirando el cuello al máximo; acto seguido, imitando del mismo modo uno de sus signos de desprecio más comunes, carraspeaba escandalosamente, como si hubiera que desincrustar el gargajo de los mismos cojones, y escupía con la rabia de un endemoniado.
Su reacción no se ha hecho esperar. Ayer, a primera hora, varios miembros de esta tribu urbana me estaban esperando en el Parque de La Corredera, donde trabajo. Eran unos diez o doce, todos con  gorras de visera bien caladas y empuñando gruesos bastones, armas terribles que en este caso nada tienen que ver con la tercera pierna de la adivinanza de Edipo. Me molieron a palos.
Por pura casualidad, en el Clínico de Salamanca, donde me recupero de los estragos físicos de la paliza -a la par que un psicólogo intenta en vano erradicar mi profunda gerontofobia-, estoy leyendo una recopilación de artículos que Camilo José Cela publicó en ABC en los años 80. Aunque parezca mentira, Cela admite ser aún más infame de viejo que de joven. Escribe, ya septuagenario: “La gente de mi edad –y, de aquí para arriba, peor-, suele ser muy necia y muy presuntuosa, muy escalafonaria y rollista; a lo mejor, esto es el instinto de conservación, ¡quién sabe!, o la defensa de los últimos y más oxidados baluartes. La fábula del clavo ardiendo no salió de la nada ni es ajena a la vida del hombre y sus desesperaciones. A mí me parece que, en una sociedad habitable, los hombres no deberían trabajar ni tener derechos a partir de los cincuenta y cinco o sesenta años. Si al mundo no se le inyecta constantemente sangre joven acaba convirtiéndose en un panteón; la historia de los pueblos tiene muchos instantes vestidos de panteón babilónico y esto debe ser evitado para huir de la fantasmagoría del amargo rigodón de las momias, que siempre termina deslucido”.
Espero no llegar nunca a ser como ellos. Aunque bien se dice que cuanto más viejo, más pellejo. Lo peor es que tengo los 50 abriles a tiro de piedra, y la vida corre que echa hostias. Es decir, con toda probabilidad yo seré, dentro de poco, otro bastardo jubilata. Puta vida.

Gabriel Cusac

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