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30 de julio de 2024

¡Paulino a los altares!

 

¡Hosanna!

No se pilla los dedos la católica Iglesia, y toda la titulación virtuosa, de siervo de Dios a santo, que debe pasar cualquier meapilas  para subir a los altares comienza a tramitarse con la servilleta ya doblada. No sea que el Maligno disfrace a un lobo de cordero y, cuando todo quisque ya se postrase ante él, le diera por sacar la chorra ante las multitudes, hacer un corte de mangas al Papa o se le escapara un “¡Ahí va la hostia, pues!” en medio de los salmos. ¡Y es que el Maligno es un pillastre de mucho cuidado, oigan!

Tan necesaria introducción viene a cuento, queridos (hasta el frenesí, de verdad) paisanos, porque todos sabemos que ahora mismo, entre nosotros, vivito, coleando y posiblemente cascándose una Estrella como Cucurella, hay un santo. ¡Sí, todos lo sabemos!: ¡Paulinoooooo! (gritemos hasta la afonía).

Cuando el gran Pauli la palme, dentro de cien o ciento cincuenta años, la inevitable demanda cívica obligará al Dicasterio de las causas de los santos a estudiar su caso.  Pero, para que las generaciones venideras reconozcan su obra (Paulino opus) por los siglos de los siglos (in saecula saeculorum, chatungos), somos nosotros, los bejaranos y comarcanos de nuestro tiempo, los valientes y nobles vetones de hoy, quienes debemos ir tomando notas de su esencia divina, testificando sin pudor de su apostolado. Hagamos, por tanto, acopio de milagros.

1-La bilocación. Motivo de las camisetas estampadas que causan furor entre los jóvenes de nuestro bendito terruño: “Dios está en todas partes,  Paulino también”. Se trata, sin duda, de una inocente exaltación devota, pero no podemos incurrir en herejía: solo Dios es omnipresente. Aunque todos  sabemos  que Paulino puede estar en dos barras de bar a la vez, a veces incluso en dos barras de distintos pueblos en fiestas. Algunas fuentes, a mayores, hablan de trilocación, y esto ya sí que es de agárrate y no te menees, la puta bomba, sin precedentes en la literatura hagiográfica. Por favor, a partir de este glorioso momento insto a todos los bejaranos, comarcanos y demás adláteres de buena fe para que, móvil en mano, graben la presencia de Paulino, allá donde le encuentren, para un elemental cotejo de pruebas audiovisuales. ¡Desperta ferro! ¡Con dos cojones!

2-La multiplicación de los tercios y las tapas. En innúmeras ocasiones también hemos sido testigos de este prodigio, a imitación del milagro de los panes y los peces, pero a nivel individual (efectivamente, por discreción pauliniana). Sin que pida al camarero, sin que le hayamos quitado la vista de encima. Bebe y bebe y vuelve a beber y resulta que siempre tiene el tercio de Estrella lleno. Otro tanto pasa con las tapas. Paulino mastica y mastica, pero no falta el platito delante con la tapa de magro intacta. Documentémoslo, porfi.

3-La erradicación de la prostitución. Nunca seremos capaces de ponderar con suficiencia la labor evangelizadora de Paulino. Años ha, a pesar de ser un pueblo elegido y tener por costumbre subir del Castañar al Cielo, a pesar de que tradicionalmente hemos competido en golpes de pecho con el Parque Nacional de Virunga, resulta que, debido a  alguna inexplicable anomalía, nuestra paradisíaca zona geográfica estaba salpicada de una notable cantidad de puticlubs o puticlubes (ambas formas aceptadas por la RAE). Sí, amigos, fue Paulino. Sermoneando noche tras noche a las maríamagdalenas del lugar, con el candor de il poverello pero a la vez con la constancia de un martillo pilón, levitando en los momentos de especial énfasis hasta lo más alto de la barra de pole dance (como afirman multitud de testimonios), luchando contra lujuriosos vientos y pérfidas mareas… Sí, objetivo cumplido: redimió a todas hasta no dejar ni una en muchos kilómetros a la redonda. Graznemos al unísono: ¡Bravo! ¡Yupi! ¡Irulá!

4-La eterna juventud. Bien puede demostrarse. Muchos de nosotros, que peinamos canas, éramos unos mozos cuando Paulino ya estaba animando el cotarro. ¡Y hoy sigue igual! ¡Hasta se quita las gafas, el cabrón! Espicharemos en breve, y sabemos que Paulino nos dará el último adiós en San Miguel. ¡Aleluya!

En definitiva, píos compañeros en este valle de lágrimas, os insto a que sumemos pruebas irrefutables para que el Dicasterio ese juzgue con acierto. Esto hará que nuestras vidas tengan un sentido. 

¡Tralarí, tralará!

 

Gabriel Cusac Sánchez

 

21 de abril de 2024

Seguimos, Pipe

 


 

Pipe con cigarro (como siempre)

Estos cambios de tiempo me vuelven loco. Hoy, por ejemplo, tengo el capricho de la indiscreción, y quiero contar dos anécdotas.

La primera.

Hace ya unos cuantos años, el bueno de Luis Felipe Comendador convocó una manifestación para protestar por el precio de la electricidad. Como  el evento carecía de interés para los ricos de Béjar, no nos juntamos más de diez pringaos en la plaza comunera. Allí, un abatido LF confesó que Sbq Solidario, su ONG laica y apolítica, su bella empresa, ayudaba a pagar la factura de Iberdrola a algunos paisanos. En la ocasión, eran bejaranos ausentes, definiendo con su renuncia la esencia de esta tenebrosa Comala castellana, donde cada gramo de dignidad es aplastado por una arroba de orgullo (que es el orgullo grosero del pseudohidalgo con mondadientes y el orgullo churriano de la condesa de la Picha Tiesa). O sea que ninguno de los beneficiados había acudido. Si yo estuviera en el lugar de LF, semejante felonía habría bastado para liar los bártulos. Para él solo fue un párrafo desafortunado, y punto y aparte.

La segunda, también añeja.

Eran imágenes apocalípticas. Gringo Lucho -que es el alias exótico de Luis Felipe- me enseñaba en su guarida fotos de unas inundaciones en Perú. Fotos de liliputienses parcelas (para chabolas) puestas en alquiler a “precio de protección oficial”, porque esos terrenos estaban condenados, como cada año, a volver a cubrirse de agua.  Fotos de una riada de huesos, porque el torrente había arramblado con un cementerio. Fotos de sus ahijados americanos, niños quemados por el sol y por la desgracia que sin embargo tenían la generosidad de posar con alegría delante de la cámara. Entonces LF me contó que cada año desaparecen infinidad de niños de la calle en Perú. Como en tantos países de Sudamérica. Son desapariciones anónimas, sin constancia estadística. Mueren drogados en cualquier esquina. O acuchillados en una reyerta. O son secuestrados por las mafias con destino al tráfico de órganos o a la explotación sexual, a veces sencillamente vendidos por sus propios padres. El pobre Luis Felipe (que es el gran Luis Felipe),  con dolor, llegó a decirme que ante tamaño ejemplo de iniquidad,  su labor humanitaria poco menos que no valía para nada, que era infinitesimal. Homo hominis lupus. Pero no lo es, claro que no lo es. Y si un gorro o un juguete provocan una sonrisa en un niño de Los Llanos del Trujillo peruano, esa sonrisa tiene la fuerza y el valor de una pequeña revolución. Esa sonrisa enseña que no todo está perdido ante la potestad del sistema criminal llamado capitalismo. Esa sonrisa es una firma de esperanza y un llamado a la humanidad. Esa sonrisa hace que Pipe no se rinda.

Después de estas anécdotas, qué decir.

 A mí me encantaba visitar el baratillo de la calle de las Armas. A veces me llevaba cosas, a veces las traía. Echaba un parlao con LF y en un pispás arreglábamos el mundo, satisfacía o intentaba satisfacer mi ansia bibliófila (que no bibliófaga) ante miles de volúmenes, curioseaba entre la quincallería. Cajón de sastre de cajones de sastre, baúl mundo de baúles mundo, librería de Babel, gabinete de maravillas y bazar totalizador, la sede de Sornabique era sin duda el espacio más original de la ciudad estrecha (inspirador, por cierto, de la mogarreña y también venanciana Tu librería de siempre), y nunca estaba de más perderse y perder el tiempo en semejante refugio. Pues bien, entendámonos. A mayores del aspecto lúdico, resulta que también era el templo donde a diario se producía el milagro de la solidaridad, una fábrica de maná   para     las gentes de los lejanos Llanos, una escuela de -encantadora expresión- humanismo pequeñito.

Pero resulta que una mañana nos hemos levantado  descubriendo  al invasor. Resulta que nos enteramos de que el templo es propiedad de los mercaderes, y los buitres  desahucian a LF. Porque ya se sabe que hay que rescatar a los bancos (aunque nunca paguen el rescate), pero lo de rescatar a los ciudadanos es un chiste. Y de este modo se consuma una paradoja de crueldad manifiesta. ¡Ay, bobos de los cojones, con vuestras tonterías solidarias! Gana la banca, como siempre, y en este caso se queda con los 250.000 euros ya pagados y con el local.

Es un palo, es una hostia de pleno. Pero Pipe sigue adelante porque recuerda la sonrisa de un niño quemado por el sol y por la desgracia. Pipe tiene el alma grande.

De la iglesia de la calle de las Armas nos mudamos a la ermita de la calle Colón. Seguimos.

Gabriel Cusac Sánchez

8 de agosto de 2022

Visita a la antigua harinera de Picozos

Antigua fotografía de la harinera Picozos (imagen tomada del blog Archivo Fotográfico y Documental de Béjar)


Vaya por delante mi agradecimiento a José Manuel, actual propietario del inmueble, quien me ofreció todas las facilidades para realizar la visita. Así da gusto.

 

Dos buenos conocedores de la arquitectura fabril de la comarca de Béjar, Javier R. Sánchez y Juan Antonio Frías Corsino, utilizaron la misma expresión cuando les comenté mi intención de visitar la antigua harinera: “el clásico edificio industrial de Béjar”. Efectivamente, ribereña, alzada en robustos sillares de granito, con sus grandes ventanas seriadas dando luz a las distintas plantas y el tejado a dos aguas, Picozos es prototípica. Siempre me había llamado la atención, alta y desafiante, de estampa decimonónica, plantada en medio de la campiña como prólogo y bastión del pasado poderío industrial bejarano, casi también  como un exabrupto; otro gigante más arrimado a ese Cuerpo de Hombre “trovador de los bosques”, “destajista” o “quinceañero”, entre otras suertes, en palabras del parnaso local. Siempre he asociado la harinera, además, a otro edificio que durante muchos años contemplé desde mi balcón cada día, alimentando una particular filia; un edificio cuya necrológica, aun sin quererlo, ya escribieron hace 30 años José Muñoz Domínguez –cómo no, el ubicuo Pepe- y Juan Félix Sánchez Sancho: “El molino-batán de Juan de Morales y la conservación del Patrimonio Industrial de Béjar”.

La tarde era asfixiante, como todas las de este verano de Armagedón. En el corto trayecto entre la curtiduría -a la que, llanamente y sin excepción, nos referimos como “las pieles” en la ciudad estrecha-  y la harinera ya tenía empapada la camiseta. José Manuel, con toda confianza, me abrió la puerta y me dejó solo, retornando al curre: “Mira lo que quieras”. Y casi no me lo podía creer. Allí estaba, a mis anchas, con una linterna y un móvil, frente al mítico establecimiento de don Fulgencio, la Fábrica de harinas y pastas para sopa “Picozos”. Emocionado. Previamente, las fotos del desbordante blog de Antonio Sánchez Sánchez -“Archivo fotográfico y documental de Béjar”- habían estimulado mi imaginación, aunque era consciente del remoto parentesco entre esas imágenes de los años 30 del siglo XX, cuando la harinera vivió su apogeo, y lo que me esperaba. No quedaría una tuerca, por ejemplo, de la maquinaria del revolucionario sistema suizo Daverio, que relegaba a la prehistoria la molienda tradicional. Sabía que el tejado estaba hundido desde hace años. Sabía que mi incursión era pura seudo-arqueología industrial de aficionado: pero en esto consiste la ya mencionada filia, al fin y al cabo un mero placer estético. Por eso, desde mi ignorancia, entiendo que no soy quien para dar explicaciones técnicas; sería ridículo. Prefiero, pues, que me acompañen en el recorrido, foto a foto. Y, quien quiera y quien entienda, tiene abiertos los comentarios en este blog cuatrogatero. Pasen y vean.

Fachada este. El camión oculta la entrada principal. Como es clásico, el granito asoma enmarcando los arcos escarzanos y en el dominó de los sillares angulares. Al fondo, a la derecha, el viaducto. 


Una estancia de la primera planta, ángulo oeste.

La misma estancia, ángulo este. Aquí se observa mejor el grosor de los muros externos.












Planta primera. Restos de maquinaria, creo que sin relación con el sistema Daverio.




 
Segunda planta, ángulo noroeste.

Segunda planta, oeste, con la escalera de caracol y la canaleta de madera al fondo.



La misma escalera que se aprecia en esta foto antigua (imagen tomada del blog Archivo Fotográfico y Documental de Béjar)



Tercera planta. A la derecha, junto a la entrada por la fachada norte (a la que se accede por un puente), podemos ver la tolva.



Fachada norte, con el puente citado.

Fachada norte. Detalle de la cornisa escalonada de ladrillo.

Vista de la tercera planta desde la entrada del puente. El acceso a la buhardilla es imposible.



Vista desde el puente de la salida oeste, que desemboca en la DSA 281, poco más allá de los pilares del viaducto. Una curiosidad: este tramo pertenecía a la antigua carretera de La Calzada. Aunque no se aprecia en la foto, tras la muralla natural de zarzas aún existe un antiguo mojón de señalización vial.

Fachadas norte y este.

Una grata sorpresa. Exenta de la fábrica, la oficina con esgrafiados en la fachada. Aún se conservan algunos restos de la decoración mural interior.

En el friso podemos leer "Escritorio" (equivalente a despacho).

Corona esgrafiada. Desconozco si tiene algún significado, más allá de la función ornamental.


Por último, una fuente -de no modesta obra, por cierto- a medio camino entre la curtiduría y la harinera.



Finaliza ya esta excursión amena, que ojalá fuera la primera de una serie "fabril". Dejo ahora dos curiosidades que casualmente me ha ofrecido la búsqueda internáutica. La primera: en la página todocolección se vende un cartel publicitario de Picozos y una fotografía antigua del lugar, tomada desde el lecho del río, donde se puede apreciar el edificio de la actual oficina de la curtiduría. Segundo: el Portal de Archivos Españoles (PARES), permite examinar dos documentos que relacionan la casa ducal con el paraje de Los Picozos.
Y, como colofón, una buena noticia. José Manuel me comentó que tiene en proyecto rehabilitar el edificio para darle un nuevo uso industrial. Sería fabuloso.

Gabriel Cusac

11 de febrero de 2022

Soneto del Notificador

 

Así debería ser el Notificador ideal


 

Sobre Vespa, como casa colgante;

cazadora de pana “Transición”.

Pingando los jarapales volantes,

deportivas para persecución.

 

Tan ufano, tan suelto, tan campante,

dispuesto a dejarnos cualquier marrón.

¡Un tocapelotas recalcitrante!

¡Es el farraguas Notificador!

 

Arrambla el Mercurio municipal

tributos, cargos, avisos de mora,

membresías de mesa electoral.

 

Su carpeta es la caja de Pandora;

su papel, crónica de lo fatal.

Irrumpe la Vespa en maldita la hora.


Imagen tomada de Pinterest


Gabriel Cusac

 

 

 

 

14 de enero de 2022

La marcha catastrófica: aviso para senderistas

 


 

Un tramo de la ruta

 

 

En esto del senderismo, si se me permite la expresión, hay que ir con pies de plomo. Hay mucho psicópata, por ejemplo, que cuelga en el wikiloc viacrucis de 30 kilómetros con tres o cuatro montañas por en medio, y califica la ruta de moderada. Otro tipo de cabrones, los chovinistas profundos, suelen inundar las redes de relatos fabulosos sublimando hasta el delirio los presuntos dones de su terruño, y es frecuente que el caminante foráneo, al darse de bruces contra el engaño, tenga accesos apátridas, satánicos, misántropos e incluso ácratas (¡sí, soy testigo: incluso ácratas!). Los cabrones chovinistas suelen ayudarse de la fotografía, que hoy ya puede definirse como la más extendida variante de la estafa, y surge en la pantalla del ordenador, siempre en vistosísimos colores, la alquimia del charco convertido en laguna, del regato en cuesta casi casi tal cataratas del Iguazú, de cuatro árboles retorcidos como misteriosa Brocelianda castellana (o extremeña, tanto da). Cuidado, amigos, procurad siempre informaros exhaustivamente antes de explorar una geografía desconocida. Porque a la mínima os la meten doblada, como en las páginas de contactos.  Al respecto, y como ejemplo admonitorio, esta es la crónica de una excursión inhumana.

Un sábado de noviembre. Sol, alguna nube de algodón, buena temperatura, 2.500 de incidencia acumulada a catorce días. Madrugadores, disciplinados, conscientes de nuestra misión y después de haber apurado cuatro trompetas y varios chupitos de cazalla, los miembros de la expedición ya estábamos en el punto de partida de la ruta a las nueve y media de la mañana. Previamente, disfrutando de las bondades de nuestra red de carreteras secundarias, habíamos recorrido un jovial trayecto donde no menos de doscientas curvas sirvieron de revulsivo contra la temida monotonía del conductor, causa de tantos accidentes. También atravesamos varios cruces asombrosos, fruto de las más avanzadas vanguardias viales, donde era preciso tomar desvíos para continuar por la carretera principal (como bien conocen los usuarios de la SA-220). Y también atropellamos a un jabalí, pero centrémonos en el tema.

El punto de partida era un pequeño puente del siglo pasado (definido como románico en la reseña que utilizamos), bajo el que fluía, triste como un cortejo fúnebre, un caudal raquítico que, no obstante, aparecía en las fotos tal ancho Misisipi. Si Quevedo quiso al Manzanares aprendiz de río, las aguas turbias y malolientes que allí transitaban indolentemente bien podrían calificarse como conato de arroyo, aunque con más justicia hablaríamos de pura cloaca. Junto al puente, y señalado por un poste desnudo de indicaciones (aunque no habría estado de más una calavera), partía un camino de prometedora amplitud que, al cabo de escasos metros, desembocaba en una especie de “punto sucio” rico en escombros y electrodomésticos muertos e insepultos. Después del vertedero, el prometedor camino se convertía en sendero. Y, a los pocos metros, en empinada trocha casi cegada por las escobas. Por suerte, en el grupo tenemos a Circasiano, de revelador alias “el Nazareno”, un compañero aficionado a la supervivencia, el parkour, las manifestaciones antidesahucios y, en general, a cualquier actividad de riesgo, que parece estar siempre listo para situaciones extremas. Fue él, nuestro héroe, quien, a machetazo limpio, nos abrió paso entre escobas arañadoras y  jaras pegajosas, por añadidura amenizándonos el recorrido, en la mejor tradición cenetista, con una virtuosa gavilla de blasfemias rimadas donde compartían elenco desde el Niño Jesús hasta Fray Jordán de Becedas. A los cuatro o cinco kilómetros de continuo ascenso, otro poste desnudo, como un chiste macabro, nos indicó que íbamos por el buen camino, al tiempo que el espeso matorral concluía en un desnudísimo páramo que se entendería desolado de no ser por una visible, olfatible y enorme explotación ganadera con su majestuosa piscina de purines tan solo a unos metros de las naves, uno de estos enclaves privilegiados que, a este ritmo, acabarán convirtiéndose en destino turístico de moda entre patriotas. Es difícil ver un paisaje más lóbrego, pero estábamos animados por haber finado el calvario (eso sí, perfumado) de escobas y jaras, comprobando además que una ancha pista recorría el llano para dar acceso a la macrogranja. Y ya dejábamos atrás sus puertas, hospitalariamente abiertas de par en par, cuando del senderismo pasamos al runnig (o esa polla); vamos, a la puta carrera. Porque unos diez o doce mastines grandes como potros salían galopando de la explotación con evidente furor sacrificial. Eso era demasiado hasta para el curtido Circasiano, el primero en echar patas aún con el machete en la mano, pero sin ánimo de jugar a los gladiadores. Así, perseguidos por una jauría de mastines asesinos, cinco inocentes, viejunos y más bien orondos senderistas que en grupo sumaban cerca de trescientos años y no menos de 35 arrobas, súbitamente se convirtieron en ágiles atletas capaces de correr los diez metros por segundo y de franquear un cercado de dos metros de altura casi de un salto. Obligado te veas.

Los hijos de perra, después de ladrar furiosamente al otro lado del muro, desistieron de la masacre y retornaron a la explotación después de unos minutos. Cinco meadas simultáneas y un rosario de pedos variopintos fueron el epílogo lustral del terrorífico episodio. Por prudencia, sin salir de la finca, todavía recorreríamos medio kilómetro antes de retornar a la pista, que avanzaba en paralelo. El paisaje comenzaba a animarse con un pinar que casi surgía como un oasis rompiendo la monotonía del deprimente páramo. Aleluya, hosanna, viva la Pepa. Internarnos en la pinada nos devolvió la moral. Desconocíamos que era el escenario de una demoníaca vuelta de tuerca en aquella jornada tortuosa. Porque no tardaron en escucharse varios disparos, y unas astillas de corteza saltaron a nuestro lado. Vietnam.

- ¡Cuerpo a tierra! ¡Cuerpo a tierra!

Todos obedecimos la orden de Circasiano, tipo comando, aunque es cierto que la cabeza de un compañero y la mía colisionaron caprinamente, restando vistosidad a la maniobra. Ni nos dolió, del acojono que teníamos. Una clemente capa de barrujo amortiguó los bruscos aterrizajes de sendos Boeing 777. Nos rondaron más cartuchazos. Afloraron gritos desesperados de campo de exterminio.

- ¡Somos personas! ¡Españoles! ¡No disparen! ¡Socorro!

- ¡Hijos de puta!

- ¡Por favor, tenemos hijos!

- ¡Mayday! ¡Mayday!

- ¡No os mováis! ¡Mejor vivir de bruces que morir por levantar el molondro!

Los disparos cesaron, y al cabo, con la pinocha todavía marcando un gracioso collage en nuestras frentes, nos vimos rodeados por una multitudinaria rehala y una banda de cazadores que ríanse ustedes del “Grupo salvaje” de Sam Peckinpah. Western crepuscular charro. Que quiénes éramos nosotros. Que a qué idiotas se les ocurría andar por aquí en plena temporada. Que estábamos atravesando un coto. Que algún perdigonazo sí nos habríamos merecido.  Etc.

Reaccionamos, claro. Que ningún coto podía cerrar caminos públicos. Que si se creían los hombres de Harrelson por tener licencia de caza. Que si se corrían viendo la sangre de animales muertos. Que si ser matarife era un deporte. Que no existía nada más cobarde que la caza. Etc. Aunque en principio la discusión fue enconada, decidimos ceder en nuestros argumentos cuando, después de algún empujón intimidatorio entre senderistas y esas buenas gentes que cada temporada, por mero altruismo, se esfuerzan en restablecer en el equilibrio ecológico entre las especies, nos vimos encañonados y, por ende, vencidos ante la dialéctica de las escopetas. Personalmente, puedo atestiguar que no me he visto tan humillado ni tan siquiera en períodos de campaña electoral. Y supongo que  los demás se sentían igual. Aún recibimos algún gargajo de despedida. Mi querida España, esta España mía, esta España nuestra.

Cabizbajos, vejados, rotos, no sería más fúnebre el desfile de la Santa Compaña que el nuestro. Un silencio solo interrumpido por maldiciones fue la tónica hasta el final de la ruta, siguiendo la pista unas dos leguas adelante, sin más novedad reseñable que un pequeño mirador tan infestado de zarzas que resultaba inaccesible y, ya llegando al pueblo, una bucólica dehesa de fresnos náufragos y rapados que tanto nos daba fueran frondosos y abundantes. Bueno, otra novedad reseñable consiste en que derribamos cuatro postes.

Decidimos unánimemente dirigirnos al bar del pueblo. Con la misma ansiedad del yonqui que busca al camello, preguntamos señas a un hortelano, quien, con discreción cartuja, señaló con el dedo hacia el horizonte y volvió a agacharse sobre su surco con un tremendo cuesco de despedida. Sujetamos a Circasiano al verle desenfundar el machete. Pero el pueblo no tendría más de veinte calles, y en seguida hallamos el santuario. Fue el remate. Un vino de la tierra avinagrado y unas patatas revueltas -revolconas, en el lugar- también avinagradas nos avinagraron y revolvieron el estómago. Cuatro euros por cabeza. Cosas de la España vaciada.

Ya de vuelta, cuando el perfil contrahecho de nuestra ciudad asomó tras pasar frente al Ventorro Pelayo, alguien empezó a entonar el Himno a Béjar. El resto hicimos coro, pero como ninguno sabía más allá de la primera estrofa, repetimos esta cinco veces.

 

Gabriel Cusac

 

21 de julio de 2021

Pasó en agosto de 2021


Cascada de la Ruta de las Fábricas, imagen de José Manuel García en el blog Turismo de Observación

Pasó en agosto de 2021. Poco a poco, desde el puente de Rafael Díaz hasta el de don Paco, colmando gozosamente la Ruta de las Fábricas, los chavales se aficionaron a invadir las pesqueras como una marabunta festiva. Fue una moda pacífica y espontánea, sin espónsor ni promoción interesada, sin líderes ni ideología, sin nombre ni guion, pero marcada desde el principio por una regla expresa: prohibida la basura. Alguna brigada voluntariosa se dedicó incluso a hacer batidas de limpieza, recogiendo no solo los desechos comunes típicos del excursionista dominguero, sino toda una suerte de objetos incongruentes que habían convertido la ribera en una especie de cajón de sastre residual: vallas y conos de obra, carritos de supermercado, ropa, ferralla, uralita, bidones industriales, chatarra heterogénea. Todo fue amontonado en un recodo junto a la carretera de Aldeacipreste, donde la ruta finalizaba, y la pirámide de desperdicios, asombrosa y triste, un vergonzante vómito urbano, diríase monumento efímero a la estulticia. Otros restos, como la porción de muro derruido perteneciente a una rampa piscícola, una pila gigantesca de ramas regurgitada por el desagüe de una minicentral, o el motor desechado de un limpiarrejas, imposibles de retirar a mano, ya señalaban un género muy concreto de estulticia, desde el momento en que los responsables, por acción u omisión, resultaban fáciles de identificar. 

Pero, en realidad, solo contadísimas voces se habían alzado contra estos y otros agravios. Un fenómeno cronificado: el estado de apatía general, alimentado por un desengaño entreverado de mala conciencia, corroía la ciudad como un óxido imparable, estrechando cada vez más la ya llamada ciudad estrecha. Con su Bosque renacentista y su Ancianita; cuna pasada y presente de eminencias, antiguo emporio textil, oasis serrano y paraíso natural donde se borraba abruptamente la esteparia dehesa charra, punto geográfico privilegiado, la decadencia de Béjar parecía fruto de un anatema. Como poco, ya se contaba media centuria lloviendo sobre mojado. Pero los bejaranos creían más en su propia culpabilidad que en una maldición con reminiscencias veterotestamentarias. Cómo contarlo. ¿A modo de parábola? En Béjar se multiplicaba una paradoja explícita. Era tierra riquísima de nogales, pero las nueces acababan en el lecho de zarzas que invariablemente crecía debajo. Las nueces se desaprovechaban, pero nadie limpiaba las zarzas. Béjar era el nogal sobre las zarzas. 

Con el Cuerpo de Hombre pasaba algo parecido. Todos los veranos, las hordas indígenas, dispuestas en comandos familiares dramáticos de aparejos al caso -neveras, hamacas, colchonetas hinchables, mesas, pelotas, mantas, radios- tomaban posesión de cualquier charco en cincuenta kilómetros a la redonda, pero hacía mucho tiempo que habían dado la espalda a su propio río, solo recordado a la hora de pagar la tasa de depuración de aguas, esa incoherencia. 

Por eso extrañó la brisa fresca. Los jóvenes bejaranos, herederos congénitos del desaliento, forjaron empero la hermosa empresa de la conquista del río, esa pequeña revolución. Acaso el descubrimiento de un paisaje de apariencia legendaria, como diseñado para un videojuego, pero real y palpable, fue entendido por ellos como un llamado a la aventura. Acaso sintieron irresistible la misteriosa conjunción de naturaleza y ruinas, donde las fábricas abandonadas, recorridas por el culebrón avariento de la hiedra, parecían susurrar un desafío sin nombre a través de sus ventanas penumbrosas. Acaso intuyeron lustral el baño en el río ameno, ese río encajonado entre muros fabriles o enormes moles graníticas, con su séquito venturoso de alisos, fresnos y avellanos; ese río espectacular, abrupto y magnificente de charcas umbrías. Poco les importó a los muchachos que las orillas no estuvieran acondicionadas, que el canal al servicio de las minicentrales vampirizara insaciablemente el propio cauce, o que las alcantarillas de Candelario, y aún algunas otras de Béjar distraídas del colector de la depuradora, descartaran la doncellez del Cuerpo de Hombre. 

La gran quedada del 21 de agosto significó la culminación y la muerte de este espíritu. La Ruta de las Fábricas, colonizada de cabo a rabo por la juventud, se convirtió en un inmenso mural impresionista. Como un gran tapiz multicolor, las toallas cubrieron las rocas, la pequeña playa de las Golondrinas y buena parte del paseo cementado. Nunca el río tuvo tanta vida, nunca disfrutó mayor homenaje. Las risas solaparon el rumor de su caudal; manos unánimes, piedra a piedra, recrecieron las pesqueras de la Luna, la de los Caballos, la de Tapia; los bañistas estaban poseídos de un frenesí inaugural. Parecía la despedida del anatema. 

Pero a media tarde la noticia arrasó la ribera como un tornado. Una chica se había despeñado en la Pesquera de los Ladrones; el accidente fue mortal. Como un ejército en retirada, los muchachos abandonaron la Ruta de las Fábricas ahítos de derrota. Un súbito telón de nubarrones cubrió el cielo de la ciudad estrecha como una rúbrica de la fatalidad. Se desató una gran tormenta. 


 Gabriel Cusac

18 de abril de 2021

Pablo y Virginia se mueren de asco (artículo de José Muñoz Domínguez)

 

PABLO Y VIRGINIA SE MUEREN DE ASCO. DOS DÉCADAS PERDIDAS PARA EL BOSQUE DE BÉJAR

 

Foto 1


Hoy, 18 de abril, se celebra el Día Internacional de los Monumentos y los Sitios Históricos, pero, como cada año por estas fechas, no hay nada que celebrar, tan sólo hacer recuento de la desolación y recordar la vigencia de aquellas palabras de Fernando Chueca Goitia: «En España, cuando no hay dinero, los monumentos se hunden solos. Cuando lo hay es peor, los estropeamos nosotros». Hace tiempo que a ese «nosotros» hay que sumar un nuevo agente en la destrucción sistemática de nuestro Patrimonio por acción, omisión o incluso propaganda: las administraciones públicas con expresas competencias en la materia.

 

Foto 2

A nuestros responsables del ramo les gustan mucho los webinars, las ruedas de prensa, los titulares, los fuegos fatuos, pero el Patrimonio se sigue pudriendo entre la miseria y el olvido (echen un vistazo a la Lista Roja de Hispania Nostra, El Bosque de Béjar incluido) y las arrogantes actuaciones «a la moderna»: o se pasan de guays o no llegan, no hay término medio. No se les pasa por la cabeza, por ejemplo, obrar con respeto por la historia y los valores artísticos de un legado de siglos, lo importante es dejar huella, la suya: «Aquí excretó estos hierros Fulanito siendo alcalde Menganito (o Menganita, alcaldesa)», «Esta chatarra fue inaugurada por Zutanito, Director General de Patrimonio». Propaganda y autobombo a costa del dinero público y al calor de sus palmeros, pero ninguna gestión eficaz. La gestión de ese dinero de todos en la recuperación de El Bosque de Béjar tiene muchas más sombras que luces y acumula tremendos despropósitos en los últimos años, desvaríos que se apartan del respeto inicial y apuntan al ego desmesurado del arquitecto. El saldo –lo hemos repetido tantas veces– es mísero, raquítico, paupérrimo, con no pocas ejecuciones fallidas (verbigracia, ese estanque en el que se pierde más agua que antes de ser restaurado), verdaderas aberraciones en materia de jardinería (ese jardinillo de bar de carretera junto al Palacete, esos cuadritos ramplones, desalineados y desaliñados, esos bojes naufragando en el albero) y compromisos incumplidos en las últimas dos décadas (la correcta definición del BIC y su Entorno de Protección, la convocatoria del Consejo Asesor, el cumplimiento de la Ley y del Plan Director, la respuesta motivada, la obligada transparencia). Y, atentos, se avecinan tiempos peores si se ejecuta el proyecto ya aprobado para la terraza de la Huerta, como saben los lectores que hayan seguido las noticias publicadas por la PDBB.

Pero en este Día Internacional de los Monumentos y Sitios quiero referirme a un componente de nuestro Jardín Histórico que no pasa desapercibido por su discreto tamaño, sino por haber desaparecido literalmente: el grupo escultórico de Pablo y Virginia, o Fuente del Paraguas, destruido en julio de 2016 sin que se conozcan resultados de la investigación policial sobre las causas ni los causantes del desastre (foto 1). La pieza se parecía tanto a la del Parque Genovés de Cádiz –ya restaurada y sustituida por la réplica de Martín Lagares (fotos 2 y 3)– que podría ser del mismo autor, el escultor italiano Andrea Boni (1815-1874). Como tuve ocasión de contar en una charla ofrecida en la sala Bizarte en 2016, nuestra pequeña fuente fue instalada en el Jardín Romántico antes de 1935 (aunque posiblemente ya se encontraba allí una década antes), representaba un episodio de la novela de Jacques-Henri Bernardin de Saint-Pierre (Paul et Virginie, 1787) y tuvo muchas hermanas por todo el mundo, entre las mejores las de Boni y las del escultor francés Jules Visseaux (1854-1934). Hace un par de días un buen amigo me hizo llegar un artículo reciente sobre el tema, publicado por Clemente De Pablos Miguel en diciembre pasado («Pablo y Virginia: los niños del Pasaje Gutiérrez, Valladolid. Dos personajes literarios del siglo XIX», en Atticus, nº 10, 2020, pp. 122 a 129), en el que se muestran o se mencionan varias de estas versiones de Paul et Virginie, entre ellas la de El Bosque de Béjar, la del Parque Genovés de Cádiz y la del Pasaje Gutiérrez vallisoletano, objeto principal del artículo: los niños del paraguas volvían a estar de actualidad.

Foto 3


El anterior Director General de Patrimonio Cultural –Enrique Saiz, de infausta memoria– se comprometió a restaurar la pieza de El Bosque en 2016. Nunca cumplió. Tampoco lo ha hecho su inmediato sucesor, Gumersindo Bueno, que ya empieza a sumar méritos para dejar peor gestión que la de Saiz, algo que parecía imposible.

Desde estas páginas invito al nuevo DGPC a darse un paseo por el Pasaje Gutiérrez de Valladolid, a tiro de piedra de su despacho, para disfrutar del grupo de Pablo y Virginia de Visseaux y acordarse del que tuvo El Bosque, el mismo que sigue hecho añicos por la modorra culpable de su predecesor y su propia inacción. Tampoco estaría mal que leyera el trabajo que sobre la restauración y réplica de la fuente gaditana ha publicado su promotor, el Ayuntamiento de Cádiz (AA. VV., Los niños del paraguas. Historia y restauración de un símbolo de Cádiz, 2020), y se ponga manos a la obra para recuperar El Bosque de Béjar como merece, Fuente del Paraguas incluida, sin las absurdas moderneces que ahora pretende perpetrar en la terraza de la Huerta.

Mientras tanto, en este Día Internacional de los Monumentos y Sitios Históricos, Pablo y Virginia siguen muriendo de asco.

 

José Muñoz Domínguez

6 de enero de 2021

Tomás Aguilera Durán sale a palestra

 

Pesquisas bejaraniegas (imagen de Lidia Cusac)

Pregunté sobre enigmas de la historia bejarana: 



Me contestó José Muñoz Domínguez: 


Y en esta ocasión lo hace Tomás Aguilera Durán. 

Otros temas, y no los de mi convocatoria, hacen que Tomás patee hoy Santiago de Chile gracias a una beca de investigación, y que Chicago le esté esperando mañana. Cosas de la excelencia. Por eso Tomás confiesa que tiene poco que aportar en cuanto a etimologías bejaranas. Sin embargo, el joven Doctor en Estudios del Mundo Antiguo saca hueco y sale a palestra (por viejo amigo), con apunte curioso sobre una confusión entre Híjar y Béjar. Y, también, con la solución al último de los interrogantes planteados: la identidad del comentarista de la Meteorología aristotélica, supuesto erudito bejarano (vaya, va a ser que no) según el Diccionario Geográfico y Estadístico de Miñano. Pues un asunto resuelto, toma ya. 

Gracias, Tomás, y suerte en la aventura americana. Un abrazo. 



Como ya te adelanté, poca cosa que aportarte en estos temas tan bejaranos, menos todavía en los etimológicos, por mucho que agradezca que me tengas en cuenta; bien por ti por escarbar en ellos. 

Sobre el nombre de Béjar, me sonaba que había un debate toponímico relacionado con unas monedas antiguas, pero no me acordaba bien; tras comprobarlo, nada que ver, no tiene relación con el origen del topónimo. Resumiendo: en Híjar (Teruel) se encontró un tesorillo romano de monedas de Beligio (ciudad celtibérica) y algunos numísmatas confundieron Híjar con Béjar, lo que dio lugar a diversas pajas mentales sobre el motivo por el cuál habrían acabado esas monedas tan lejos de Aragón; es decir, que el debate era entre nombres de ciudades actuales (Béjar-Híjar), no sobre la denominación antigua. En todo caso, si tienes curiosidad por el tema, aquí se resume todo con las referencias académicas: https://denariosibericos.wordpress.com/2016/02/13/tesorillo-de-hijar/

Sobre el tal Pedro Mateo Fernández, ni idea tenía, pero nada me gusta más que los eruditos raros. Después de dar unas cuantas vueltas, creo que el nombre de pila está equivocado, lo que no es raro en ese tipo de diccionarios y repertorios bibliográficos que se copian unos a otros y heredan errores. Creo que el personaje en cuestión es Francisco Mateo Fernández Bejarano (o, en su forma latina, Francisci Matthaei Fernandez Veiarani). Según se describe en sus obras, era un médico de Badajoz (¿procedente de Béjar dado el apellido?) y publicó varias obras de tema científico (De facultatibus naturalibus, disputationes Medicae, & Phylosophicae, 1619; Artium ve omnium notitia pene intuitiua, equa medicinam veram scientiam, 1626), entre ellas, el comentario a la Meteorología de Aristóteles que comentas (Super quatuor libros meteororum Aristotelis, 1643) que está digitalizada aquí: http://bdh.bne.es/bnesearch/detalle/bdh0000227297). 

Un abrazo.

 

3 de enero de 2021

José Muñoz Domínguez sale a palestra

 

Vista de Béjar (detalle), Ventura Lirios (imagen tomada de bejar.biz)

El pasado 26 de diciembre del innombrable llamaba a palestra a sabios conocidos o desconocidos sobre algunas incógnitas de la historia local bejarana. Este es el enlace: 
De tres cuestiones, dos son clásicas: orígenes del nombre de nuestro río y de la propia ciudad. La última pregunta se refiere a un paisano desconocido que asoma en el Diccionario Geográfico y Estadístico de España y Portugal, de Sebastián Miñano: Pedro Mateo Fernández, comentarista de la Meteorología aristotélica. 
Añadía, a los interrogantes citados, coletilla curiosa de un Tó portugués; porque nuestro “to” no lo es tanto (aunque nada se descubre aquí). 
Me contesta José Muñoz Domínguez, confesándose ignaro. Y esta ignorancia se traduce por humildad. Porque una nota suya a vuelapluma ya es un destilado de erudición; qué decir cuando publica serio. ¡Pepe, figura, siempre despampanas! En todo caso, como ya hiciera Carmen Cascón, me remite a la obra de referencia principal: Historia, lingüística y geografía en el estudio del topónimo Béjar, de Manuel Marcos Casquero. Estoy en ello. 
Gracias, Pepe. 
Entra respuesta:

Es que planteas incógnitas muy filológicas y en estas lides me tengo que declarar inerme total e ignaro completo: ni siquiera he leído el librito que pregonaba cierto vendedor vociferante en un chiste de Xaudaró (que adjunto): "¡'El Greviario Lingual', a una 'cala'!, ¡pa presumir de erudito!". Pero sólo por putear un poco me apunto al reto y salgo a la palestra para que otros me larguen algún zasca, como aquel pobre agente municipal que se interpuso en riñas de puticlub (Béjar, Campopardo, años treinta): "Y cagándose en la madre de vuecencia –que guarde Dios muchos años– y al grito de 'vamos a endiñarle', hizon herejías al que suscribe". Pues tal cual. Veamos. 

TEMA 1. CORPEDUME. Sobre este asunto ha publicado recientes e interesantes reflexiones quien ya las hiciera en décadas pasadas: Marcos Casquero, Manuel Antonio, Historia, lingüística y geografía en el estudio del topónimo 'Béjar', Serie Varia Bejarana, nº 6, Centro de Estudios Bejaranos, Béjar, 2019, así que las respuestas, o al menos parte de ellas, han de buscarse en ese libro. Hablo de memoria, pero yo diría que la forma más antigua registrada es "Corpedumne". Lejos de las sesudas explicaciones de los filólogos, siempre he pensado que el extraño hidrónimo local podría explicarse por la génesis paisajista de otros topónimos con referencia humana: quienes pusieron el nombre de "La Mujer Muerta" a una parte de la sierra segoviana sin duda reconocieron el exacto perfil de una dama allí tendida, origen de leyendas locales (también podían haber nombrado la montaña como "La Mujer Dormida", anticipo serrano y medieval de la Bella Durmiente, pero se ve que no estaban para esas alegrías y decidieron matarla en el bautizo); si aquellas gentes fueron repobladores castellanos que se desplazaban por la vertiente norte de la Cordillera Central, allá por el siglo XII, no tendrían origen muy distinto de los que repoblaron Ávila, Béjar y Plasencia: ¿se toparon en su camino con otra sierra más hombruna, menos femenina, cuyo perfil cuadraba bien con aquello de "Cuerpo de Hombre", pareja de la dama asesinadita de Segovia? Búsquese el antiguo itinerario de estos repobladores (gentes riojanas, sorianas y burgalesas de la misma Soria grande, Mansilla, Valvanera, Neila y otros parajes cercanos, con homónimos exclusivos en la antigua tierra de Béjar) y aparecerá la silueta serrana cuyas nieves dan lugar al río del mismo nombre, las crestas donde nace "Corpedumne". Confieso haber buscado esa silueta en cada viaje entre Segovia y Béjar sin resultado alguno, pero ya sabes que nunca fui un tipo con suerte. Que fueran repobladores gallegos me lo creo menos, como todo lo leonés que se quiere ver en nuestra vieja historia medieval, incluso si se registran abundantes leonesismos en el habla de Béjar (título de otra estupenda aportación del citado Marcos Casquero), pues me temo que llegaron con la emigración fabril del siglo XIX desde la vecina Sierra de Francia. Por aportar alguna senda sin desbrozar, saco a colación otro hidrónimo que pudiera tener relación con el nuestro: ¿será primo de este Cuerpo [de Hombre] el río Cuervo conquense? Respondan vuesas mercedes los filólogos (ya me pongo el casco). 
TEMA 2. TOPÓNIMO BÉJAR. Yo diría que "Beiar" es la forma que aparece antes en los documentos (siglos XII al XV) y "Bexar" vino después (siglos XV al XVIII), pero otra vez me remito a lo publicado por Marcos Casquero, no conozco mayor autoridad. 
TEMA 3. EL TAL PEDRO. Nada, ni idea. Sólo encuentro su nombre y obra, de 1634, citados en Hernández Morejón, Antonio, Historia bibliográfica de la medicina española, vol. 2, Viuda de Jordán e Hijos, Madrid, 1843, p. 95. 
COLETILLA. Creo que ya ha sido explicada esta interjección (¿por Marcos Casquero?) y, en todo caso, no es exclusiva del paisanaje bejaraniego. Me hace gracia cuando se aplica a personajos avariciosos: "mira que tío más guto (o gumia), ¡anda, to-pa-mí, ojalá se te atragante!". 

 

26 de diciembre de 2020

Palestra amable para sabios de la historia bejarana

 

Mapa del Cuerpo de Hombre firmado por Ventura Lirios (imagen tomada de Wikipedia)

Cuando, diletante curioso (y, lo que es peor, iconoclasta), he osado meterme en berenjenales eruditos, tamaña audacia ha sido tutelada por sabios como José Muñoz Domínguez, Tomás Aguilera Durán o Roberto Domínguez Blanca. También sé que, a mi ruego, podría contar con el magisterio desinteresado de amigos como Carmen Cascón Matas, José Antonio Sánchez Paso o José Francisco Fabián García (entre otros: la ciudad estrecha, por contrapartida, es ancha en eminencias). Quien a buen árbol se arrima. A todos ellos invoco, y a cualquiera que se apunte, para charlar de algunos enigmas de la historia local que no me atormentan, aunque me hacen cosquillas. Es posible que, desde la ignorancia, incluso los planteamientos que expongo sean incorrectos ya de entrada; si así ocurre, rásquese la ignorancia de este pobrecito hablador. Sin pudores.

Corpedume es el nombre de un blog magnífico del citado José Antonio Sánchez Paso. Apunto dos infortunios al caso. El primero, imperdonable: lo descubrí tardíamente. El segundo: lleva años inactivo (que no su autor, siempre volcado en distintas industrias culturales). Pero la voz madre corresponde al supuesto nombre primitivo del que deriva Cuerpo de Hombre, asociado a repobladores gallegos tras la Reconquista. Y del mismo modo, pese a que no he oído a ningún paisano hablar de ello, Cuerpo de Hombre es el topónimo de un paraje hervasense, junto a la presa del Horcajo. En mi opinión, esta coincidencia apoya la teoría del ascendiente gallego. Ahora bien, mirando la Wikipedia, el artículo comienza, rotundo (aunque sin acceso directo a la referencia bibliográfica): “Ya en la época romana llevaba su nombre actual: Hominis Corpus”. Así da gusto, como decía el padre Buenadicha después de salir del puticlub; entonces, ¿sería la secuencia correcta Hominis Corpus-Corpedume-Cuerpo de Hombre? Sin embargo, el río Eume gallego va sin “cuerpo” -corpus latino o corpo gallego-, y etimológicamente (también, según la wiki, gran recurso de culturetas) “derivaría del tema hidronímico paleoeuropeo *um-, derivado de la raíz indoeuropea *wegw- (húmedo). Tendría un significado similar a el que va con más agua, el más caudaloso”. ¿Pasamos de romanos? ¿Pasamos de gallegos? Sencillamente, ¿aceptamos la versión vox pópuli: un cadáver en las aguas dio nombre a nuestro río, y punto pelota? Ya veis, un lío de tres pares. El desmadejador que lo desmadeje buen desmadejador será (a no ser, insisto, que yo meta la pata de partida). De esta madeja abro hilo, el primero.

El segundo es otro clásico de nuestra historiografía local. Qué ciudad esta, tan altiva, tan plúmbea de pasado glorioso, pero sin bandera cierta, perdida la memoria sobre los orígenes del nombre de su río… y hasta del suyo propio. Porque la cosa no está clara; me remito en este punto al artículo de Carmen Cascón en su blog Pinceladas de Historia Bejarana: Estado de la cuestión sobre el origen del topónimo Béjar. Bien, pues resulta que, por pura casualidad, y otra vez a la deriva wikipédica, descubro Galindo Béjar: “localidad del municipio de Anaya de Alba, en la comarca de Tierra de Alba, provincia de Salamanca, España. Su nombre deriva de Galind Abeya, denominación con la que venía registrado en el siglo XIII, que había derivado a Galindabeja en el XV, para desembocar en el Galindo Béjar actual”. Abeya, abeja. Pero, que yo sepa, la voz Abeya no ha sido relacionada directamente con Béjar, aunque sí se propone Abejar, o sea colmenar. Escribe Carmen Cascón: “Lo que está clarísimo es que en la época medieval Béjar se escribía Bexar o Beiar, aunque desconocemos la palabra de la cual procedería”. ¿Y bien?

El tercer asunto, después de estos enredos, es muy fácil de exponer, aunque no sé si de contestar. ¿Quién coño fue Pedro Mateo Fernández, comentarista de los Meteoros (sic, mejor Meteorología o Meteorológicos) de Aristóteles, quien aparece citado como oriundo ilustre en la entrada “Béjar” del Diccionario Geográfico y Estadístico de España y Portugal, de Sebastián Miñano? He buscado a don Pedro en vano.

Y, de coletilla, sin mayores implicaciones, un apunte antiguo (el cual, seguramente, ya tendrá en ficha José Antonio Sánchez Paso). Se lee en “Tras-os-Montes. Un viaje portugués”, de Julio Llamazares: “Y más pueblos: Sanhoane. Y Tó, que está al otro lado. Los dos en medio del páramo, a merced de las tormentas y del viento”. Como curiosidad.

Vale.

Gabriel Cusac