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13 de enero de 2009

En memoria de Geliberto Mendrugo Porretas, alma de Dios

En estos momentos de pesadumbre considero obligado aportar mi pequeño granito de arena a la secular tradición obituaria que tantos huecos ha llenado en las prensas locales y provinciales (empero ninguna de las cuales, por el momento, ha decidido lanzar un suplemento necrológico, un Especial Recordatorios y Esquelas, por decirlo de alguna manera, que rindiese merecido tributo a nuestros difuntos). He de reconocer que, tras varios años de espera, por fin he encontrado el motivo perfecto para realizar una crónica de este tipo. Que mi dolor no enturbie la limpieza prosística de las presentes líneas. Así sea.
Un océano de tristeza inunda nuestra muy noble, leal, liberal y heroica ciudad. Sí, amigos: ha fallecido Geliberto Mendrugo Porretas, de todos más conocido como Sextangustia (mote familiar), o bien Testacarajo (simpático y exclusivo apodo referido a la peculiar anatomía de su cabeza). El exagerado suicidio, vaciándose el cargador de su querida Astra en la sien, ha constituido el digno remate a toda una vida de tesón rotundo, la última muestra de una excepcional fuerza de voluntad.
Ya en los años mozos, nuestro heroe destacó como campeón local de lanzamiento de gargajos en Ceporrillos del Peñasco, su cuna, o sea pueblo natal. Geliberto fue, pues, uno de esos miles de bejaranos de adopción que, junto con algunos nativos, han hecho de nuestra población ombligo del mundo y último espejo de la ciudad ideal, epítome afortunado de la platónica Atlántida, la Civitas Dei agustiniana y la urbe solar retratada por Campanella. Ceporrillos del Peñasco, pese a la natural raigambre, se le quedó pequeño en la alborada de sus inquietudes de adolescencia, y las irreprimibles ansias cosmopolitas cuya frustración le atenazaba cual garrote vil se vieron exitosamente colmadas con su llegada a Béjar, donde en principio desarrolló su acervo profesional desempeñando varios oficios: castañero, capador, ropavejero, porquerizo, mamporrero, etc. Así hasta que una empresa cerrajera de la localidad contrató sus servicios, y a la cual Geliberto sirvió abnegadamente durante cuarenta años sin ningún tipo de contrato, pues nuestro hombre, heredero de una nobleza antigua, siempre confió más en el apretón de manos que en los excesos obreristas.
Todos le recordamos, no obstante, custodiando con honestidad la barra de un bar, ferviente adalid de los supremos caldos de la tierra frente a la brutal invasión de Estolas, Cotos, Barros, Ylleras y otros vinos foráneos de sobrestimada calidad. Bien celebradas han sido sus dotes de animador sociocultural, cuando, ya consumidos tres o cuatro litros del zumo de Baco, regalaba a la concurrencia tabernaria lindos pases toreros, efectuados diestramente con su inseparable cazadora de plexiglás, e interpretaba, remedando el inconfundible toque nasal de Farina, esas viejas canciones enganchadas como anzuelos en el corazón hispano: La falsa moneda, María la portuguesa, La Tarara, Me subí a la verja... Siempre derrochando alegría, dando luz a sus congéneres.
Los designios del Señor son inescrutables, y, al igual que Irlanda, desde san Patricio, carece de serpientes, Béjar es la única ciudad del mundo que, como es sabido, jamás ha cobijado entre sus muros a alguien de condición homosexual, si exceptuamos a Geliberto Mendrugo Porretas. En el extraño fenómeno comentado debemos hallar las causas de su suicidio. La soledad acabo axfisiándole; no pudo encontrar su media naranja en nuestro pequeño reducto de bizarros machos ibéricos. La experimentación con múltiples sustancias estupefacientes no le sirivió de consuelo, del mismo modo que sus frustrados intentos de adaptación social visitando diversos clubes de alterne -bien conocidos y frecuentados por todos los amigos lectores, en especial por los casados- resultaron vanos. ¡Qué pesada cruz!. Y una bella persona, un bendito, un mártir, decidió agotar su sufrimiento balazo tras balazo.
Recemos todos una oración por su alma, y consolémonos en la certeza de que en estos momentos se hallará rodeado de tiernos serafines. ¡Aleluya!.

Gabriel Cusac
Béjar Información, 6 de mayo de 2000

NOTA: Este artículo dio lugar a ciertos equívocos, que espero no se repitan. Debo puntualizar: 1-Nuestro Geliberto nunca existió 2-El artículo pretende ridiculizar, más que la hipocresía necrológica, el machismo paleto imperante en la ciudad estrecha; un machismo que a su vez, triste y paradójicamente, es máscara cobarde o necesaria de algunos paisanos homosexuales 3-No todos los amigos lectores van de putas.





27 de noviembre de 2008

La trascendencia al alcance de todos

No estaba satisfecho con mi vida. De una manera paulatina, pero cada vez más evidente, llegué a tener la seguridad de que mi yo íntimo estaba siendo vampirizado por todo el cúmulo de influencias exteriores, por la circunstancia orteguiana. Notaba un vacío que en ocasiones era una explosión, una certeza brutal de desengaño. Y un buen día, armado de valor, decidí emprender la gran aventura de mi autobúsqueda. Fue una ruptura violenta, un giro total. Sin dar explicaciones -darlas quizá habría significado la primera muestra de flaqueza-, abandoné súbitamente mi familia, mis amistades, mi trabajo, mi ciudad y el grupo de dulzaineros al que pertenecía. Ya despojado de todos mis compromisos, como un santón hindú, me eché a los caminos, viviendo de la caridad de las gentes. La providencia, guía silente del verdadero peregrino, finó mis pasos errantes en el retiro de un valle feraz que se convertiría en mi Carmelo particular. Una pequeña cueva me albergó, en las limpias aguas de un arroyuelo hallé mi Jordán, frutos silvestres y raíces se convirtieron en mi frugal alimento. Bien podría figurar mi expiación en la ejemplar hagiografía de Jacobo de la Vorágine. Mentiría, no obstante, si dijera que no me asaltaban las tentaciones del mundo. Ciertamente, y sobre todo en los primeros meses de mi aislamiento salvaje, no fui ajeno a los ataques de los demonios de la carne -la femenina y la comestible-, ni tampoco, por ejemplo, a los de la simple comodidad. Pero cada vez que los pensamientos pecaminosos me rondaban, apagaba mi desazón fustigándome con un manojo de escobas, a imitación de los santos varones.
Resulta muy difícil, o acaso imposible, explicar cómo día a día ha crecido mi fortaleza interior, cómo ha ido desapareciendo todo rastro de miedo, de inquietud, de pasión, en favor de una paz beatífica. Es la compensación de aquellos que escogen la senda estrecha, el sereno camino del corazón. Al tiempo que se han agudizado increiblemente mis sentidos, las percepciones del espíritu me han hecho comprender, al experimentarlo, el significado profundo de muchas expresiones recogidas en la literatura mística. La trascendencia, que no tiene patria y ni tan siquiera credo, por fin me ha poseído. Mi comunión con la Naturaleza se ha hecho total. Como san Francisco de Asís, he llegado a comprender a los animales. Como don Juan, el indio yaqui que inició a Castaneda, hoy hablo con las plantas. A lo largo de varios años de aprendizaje práctico, ellas me han enseñado su ciencia secreta, sus virtudes y sus usos sagrados. Porque el Ser Supremo, en su Creación, ha establecido vías que nos facilitan el acercamiento a lo divino. Baste decir que cada noche converso con ángeles, como Swedenborg, gracias a un preparado original de botánica selecta.
No hay lugar para el egoísmo en mi corazón. Siéntase dichoso, lector, porque hoy le ofrezco la oportunidad de compartir mis experiencias trascendentes. ¡Compre ya el auténtico Licor Angelical! ¡Sólo ingredientes naturales! ¡Sin conservantes ni colorantes! ¡En botella de vidrio o en tetra-brik, y por el módico precio de 3000 pts/litro, la trascendencia en su mano!

Gabriel Cusac
Béjar Información, 17 de julio de 1999

25 de noviembre de 2008

Fábula ambarina del nuevo estilita


Antaño fue un hábil predicador. Sus sermones, apoyados en una demagogia espasmódica y en todo un pensil de reseñas históricas que revelaban la amplísima cultura del sacerdote, se derramaban sobre el rebaño de fieles como una miel densa y nutritiva. Sermones rojizos, hiperbólicos, obsesivos, donde el hombre se enfrentaba al mundo como San Miguel contra el dragón, desarrollando una lucha cruenta de la que sólo el verdadero creyente, el heroico paladín de la fe, podía salir victorioso. Su oratoria feroz estremecía los bancos del templo; diríase que la ira de Dios tenía el rostro carniseco y afilado del hábil predicador. Algunas imágenes solían repetirse con cierta frecuencia en su floresta pía: los primeros cristianos, devorados por los leones en un coliseo descomunal, pero rebosante de sádicos idólatras; Moisés abriendo las aguas del Mar Rojo; santa Teresa levitando, envuelta en el aura dorada de los elegidos; Lázaro saliendo de la tumba, y decenas de mártires, cada cual con su insospechable tortura, resistiendo impasibles el sufrimiento... Tan espectaculares viñetas mantenían a los feligreses en arrobo, todos como uno, definiendo exactamente la palabra iglesia en su más pura concepción. Del mismo modo, abundaba en las biografías de grandes católicos, aunque ocultando las a menudo terribles miserias de los protagonistas. ¿Cómo hablar de la infinita prole bastarda generada por el publicitado rey Fernando, quien sin duda montaba mucho más que doña Isabel? ¿Cómo explicar que la iniquidad humana podría resumirse en la historia del Papado, con su completísimo rol de mancebas, crímenes, simonías y luchas de poder? ¿Cómo justificar la científica sugerencia de fray Bartolomé de las Casas: sustituir la esclavitud india por la negra? ¿Cómo derribar de sus pedestales a tamaña legión de inquisidores, asesinos, infames y corruptos: lobos con piel de cordero?... Cómo y para qué.
El sacerdote alcanzó un merecido prestigio por su rectitud y su valía. Corrieron rumores sobre sus serias aspiraciones al obispado. Y, en cierto modo, la admirable decisión de retirarse a su yermo y remedar proezas y sufrimientos de los antiguos estilitas decepcionó el pragmatismo curial de muchos. Pero la opinión generalizada ya le ubicaba, con sincero entusiasmo, en nómina de santidad.
Raros comienzos tuvo su periodo ascético, rodeado como estuvo en todo momento de devotos que la rendían pleitesía, de curiosos e incluso de insolentes reporteros. Especialmente delicado se le hizo cumplir sus funciones evacuatorias, apartándose a un jaral cercano en tanto rogaba unos minutos de soledad a su corte de admiradores, quienes se pegaban por rozar los harapos del pretenso eremita.
Pese a todo, la expectación cesó pasados unos meses, y las visitas fueron siendo cada vez más ocasionales, aunque los fines de semana siempre aparecían dos o tres autocares de excursiones organizadas. En cuanto al sustento, no tuvo problema. Un consorcio de varias asociaciones confesionales se encargaba de suministrarle periódicamente una surtida remesa de viandas.
Pasaron seiscientos sesenta y seis días desde que iniciara su retiro espiritual, y una mañana de sol ardiente tuvo lugar un curioso fenómeno. Deslizándose por las secas tierras del yermo, zigzagueante y veloz como una gran serpiente negra, un féretro inexplicablemente móvil detuvo su carrera frente a la columna de la asceta. Como empujada por un resorte, saltó entonces la tapadera del ataúd, dejando al descubierto el cuerpo desnudo de una bella mujer, quien se incorporó mostrando una sonrisa maléfica.
- ¡Bien, Pepe, bien! –dijo al asceta, y éste bajó vertiginosamente la escalera de gato de su columna (podría decirse que como alma que lleva el diablo), apresurado en abrazar con voluptuosidad a la sobrenatural visitante. Luego montaron en la caja que, a modo de siniestro trineo, les difuminó casi instantáneamente en el horizonte del yermo.
Hoy, cientos de testigos aseguran haber contemplado la ascensión en cuerpo y alma del eremita hacia los Cielos, grande milagro, y las altas instancias eclesiásticas han abierto un expediente de beatificación.
La columna ha sido adquirida en pública subasta por un millonario yanqui, y ya preside el punto más alto de su rancho californiano. Con el dinero obtenido se ha completado definitivamente la línea de estatuas que coronan la emérita réplica de la vaticana plaza de san Pedro erigida en Costa de Marfil, próspero país del África negra.

Gabriel Cusac
(No encuentro la referencia bibliográfica; quizá dé lo mismo)

23 de noviembre de 2008

El terrible secreto del Centro de Estudios Bejaranos


De nuevo tengo algo importante que contarles; no en vano soy poseedor de la Medalla de Plata de la Ciudad (sigo siéndolo con pundonor, a pesar de la última oferta recibida por parte de un conocido chamarilero local). Hoy, ni más ni menos, les voy a revelar el terrible secreto de nuestra más selecta institución cultural. ¡Ah, eruditos verriondos! ¡Ah, viciosas eruditas! ¡Ah, sabios de la perversión! ¡Cuánta voluptuosidad disfrazada de discursos! Pero comencemos desde un principio.
La semana pasada pude disfrutar de unos días de permiso. También le fue concedida licencia a nuestro ilustre paisano Tatto. Él, siempre tan díscolo, se aprestó a cometer diversos crímenes en el ámbito provincial. Yo, que soy de tendencias más sosegadas, en cambio aproveché mi libertad para retornar a la metrópoli bienhadada que me vio crecer y que marcó la impronta de la locura en mi ser. ¡Raíces del alma, garras fuertes! Tantas ganas tenía de volver a la Manchester de las Castillas -¡ja, ja, ja!- que vine corriendo sin parar desde Los Montalvos, y cuando ya al ocaso me recibieron los primeros vítores paisanos, un estremecimiento emocionado recorrió mi espina dorsal y mis partes pudendas. El viaje había sido fatigoso, y decidí pernoctar sin demora en un reputado hotel que no citaré (al menos gratuitamente) cuya acogedora estancia me proporcionó un irrepetible festín de pulgas, chinches, arañas, lepismas y moscas. La verdad es que en el manicomio han restringido en demasía mi dieta insectívora, pues generalmente permanezco atado. Tras el banquete, dormí tan profundamente que al amanecer desperté debajo de la cama, por lo demás bastante pringoso a causa de mis incontroladas poluciones nocturnas.
Desayuné con frugalidad: un café con leche y tres cañas de aguardiente. Mi ingenio es muy vivo: con el croissant sobrante, un poco de tesafilm y una cacerola que andaba desperdigada detrás de la barra, logré construir un perfecto casco vikingo que provocaba en derredor miradas de asombro, cuando no de envidia. Y salí a conquistar las calles de la ciudad estrecha (expresión ésta, a propósito, que he decidido patentar en el Registro de la Propiedad Intelectual) henchido de gozo. Casi inconscientemente, dirigí mis pasos al Convento de San Francisco, áulica sede de la Biblioteca Municipal, que visito cuando tengo ocasión para robar algunos libros, porque soy un majareta ilustrado. La mañana era calurosa, lo que significa que la temperatura de la biblioteca alcanzaba extremos tórridos; con mi acostumbrado reflejo intelectual, apunté en el libro de sugerencias una idea deslumbrante: habilitar el espacio de la fonoteca, en desuso desde su inauguración, como invernadero de agricultura biológica, indudablemente un mercado en alza. Luego inicié el recorrido a través de los estantes procurando evitar el insistente contacto ocular de la bibliotecaria, acaso debido a la admiración que despertaba mi improvisado casco vikingo.
Confieso que tengo un instinto especial, un sexto sentido que en una biblioteca me guía hacia las últimas novedades, del mismo modo que en la calle me guía hacia las mujeres libertinas. Y he aquí que mis ojos descubren los anaqueles que atesoran la escasa colección bibliográfica del Centro de Estudios Bejaranos. En ese momento, la encargada, que solapadamente acechaba mis movimientos desde lo alto de la sección Teatro, saltó a mi vera para advertirme que me hallaba junto a el apartado restringido, ya que los ejemplares propiedad del C.E.B., ajenos al préstamo, estaban cedidos en depósito hasta que el ayuntamiento adquiriese las hectáreas precisas donde construir una sede digna capaz de albergar los encuentros de tan nutrida hueste académica, pues son legión. Tras sorberme los mocos, hube de utilizar todo mi encanto personal para demostrar a la funcionaria que sólo quería echar un vistazo somero; añadí, además, que mi adopción en la culta sociedad era inminente, y ya perfeccionando mi mentira llegué incluso a improvisar el título de mi discurso de ingreso: “Etiología y desarrollo de la soberbia bejarana desde los tiempos del rey Carolo hasta nuestro días: todos con corbata aunque no tengamos camisa”. Esto pareció convencerla, porque inmediatamente volvió a sus quehaceres luciendo un encantador rubor en las mejillas, sin duda producto del súbito arrepentimiento por la brusquedad de su trato frente a una eminencia de la cultura.
Ya con tranquilidad, me dispuse a examinar la colección, resolviendo al poco que debía sustraer un texto macabro de Alejandro López Álvarez, irrenunciablemente la flor más curiosa de aquel pensil literario. Surgió entonces el descubrimiento: en el fondo del hueco dejado por el tomo que ya introducía bajo mi bragueta, asomaba de través un pequeño volumen de pastas negras. A primera vista era un libro extraño, lujosamente encuadernado en terciopelo y sin título ni identificación alguna en su exterior. El corazón me dio un vuelco al ver la primera página, pues bajo el emblema arbóreo que identifica al Centro, podía leerse lo siguiente:
Biblioteca hermética del C.E.B.
Tomo I
No menos revelador era el índice, con epígrafes tan radicales como “Defensa de la necrofilia”, “La flagelación voluptuosa”, “Apostillas perversas a El Satiricón”, “La verga de Ganimedes”, “Elogio de Sade”, “Prácticas de escatología sexual en los burdeles del Renacimiento”...todos firmados por distintos miembros del Centro de Estudios, secta inicua. Hojeando el libro prohibido aún pude ver unas cuántas ilustraciones capaces de herir la sensibilidad del onanista, cuando dos policías procedieron injustificadamente a mi expulsión de la biblioteca.
He decidido realizar un trabajo exhaustivo de investigación histórica sobre los Hombres de Musgo. Debo entrar a toda costa en este club aberrante.



Gabriel Cusac
Béjar Información, 13 de julio de 2002

5 de agosto de 2008

Doña Leonor, escrotomante moderna




En 1862, el asirólogo George Smith daba a conocer al mundo el hallazgo del “Enuma elish”, el génesis mesopotámico concebido dieciocho centurias antes de nuestra era. Noé se llamaba Ut-Napishtim. La librería de arcilla de Asurbanipal nos tenía reservadas más sorpresas, entre ellas una quincena de tablillas, hoy propiedad del British Museum, componentes de una pequeña crónica sobre la estadía de una hetera, una prostituta sagrada, en la corte de Asaradón, antecesor del rey bibliotecario, y de los oráculos que le hizo al monarca, porque además de puta divina la susodicha practicaba una de las tantas adivinaciones que ya florecieron entre el Tigris y el Eúfrates: oniromancia, hepatoscopia, astrología, extispicina... Puso la sacerdotisa a su majestad de conquistador de Egipto, que luego lo sería. Pero el receloso soberano, creyéndose diana de falsa adulación, liberando una gruesa carcajada, espetó: “¡Esta profecía me la paso yo por el forro de las turmas!”. Frase de humor directo que concluye este breve introito histórico con semejante hostia traicionera al lector, quien mejor entenderá a don Asaradón si se explica que la merlina pronosticaba por escrotomancia.
Hoy, traspasando los milenios con la fuerza rotunda de la superstición, la arcana ciencia se mantiene viva en manos de nuestra paisana Leonor Jiménez-Bermúdez de la Celada, quien escruta sin escrúpulo en los escrotos de su crédula clientela (divertimento: léase la frase en voz alta y de corrido). No haga planetas de sus ojos el bachiller suspicaz, ni surja el comento aguardentoso del crítico más próximo, pues nunca los futuros han estado más envueltos de engañifa y nunca ha existido tal vorágine de supercheros mánticos que agotándose este XX vil.
Al gabinete quimérico de doña Leonor, todo infestado de vírgenes y mártires, prendidos diez sahumerios de pachulí, debe acudirse con bolsín rapado, trance primero no exento de dificultad, como habrá comprobado, por ejemplo, el atento leedor alumbrado en las vanguardias del sexo. El otro bolsillo, el pecuniario, no debe ser moroso, que la consulta es cara (por trascendente) y el pago anticipado (por desconfianza del ama). Trance segundo es renunciar a toda pudibundez y despelotarse frente a la pitonisa, en un cuarto por lo demás empapelado de santas iconografías (tienen todas las brujas su ramalazo beato, del mismo modo que todas las beatas tienen su ramalazo brujo). Trance tercero es observar cómo una Leonor por lo común desmelenada y luciendo la misma sombra de ojos que la niña de el exorcista acerca sus uñas rapaces a tan delicadas partes, que es decir a los mismos cojones, y comienza a manipularlos en busca de los renglones del destino.
Pese a tales desventuras, que más parecen episodios de un rito de iniciación mistérico, la fama de la adivina no es escasa, y sus predicciones, utilizando la expresión en boga, abarcan un amplio espectro social (esto de amplio espectro social, como se sabe, no es lo mismo que un fantasma enorme y benefactor). Dídimos grandes, dídimos chicos, dídimos locales y foráneos, dídimos de toda condición han desfilado y siguen desfilando por el oráculo, y ante doña Leonor se han bajado los calzones tristes peones camineros, ya desengañados de afanes quinielísticos, que concentran todas sus esperanzas en un remoto puesto de capataz; funcionarios de ventanilla ansiosos del decreto que definitivamente les autorice escupir sobre toda esa chusma que, tras el cristal, les agobia cada jornada con sus pequeños problemas; constructores, como los retratados por Wenceslao Fernández Flórez, que preguntan si las grietas de su nuevo edificio surgirán a corto, medio o largo plazo; concejalillos rústicos que ven aparecer los leones de las Cortes en sus más dulces sueños; intelectualoides monolibro que inquieren por la cercanía del Planeta; decanos de la soltería, hastiados de clubes de carretera, que anhelan hallar su media naranja; pobres que quieren riqueza; ricos que quieren recuperar la conciencia; y un largo etcétera, porque el mundo es galería curiosa de penas y de deseos, y nadie que tenga nariz llame a otro mocoso.
Doña Leonor, que es doña por católico casamiento, tiene tantas presentaciones como la pícara Justina, y también es hetera, pero sin aditamentos sacros, y el amanuense ha contado todo esto porque la conoció de reciente y porque el asunto, a su modesto entender, tiene miga. Fine este relato con constancia de que el francés de doña Leonor resulta más módico que la consulta trascendente. Y de cierto que en esta faceta es hábil ventosa.
Gabriel Cusac
Béjar Información, 13 de febrero de 1999

8 de julio de 2008

Crónica de mi entierro

A mi amiga Teresa, que en la colecta de misa echaba mucha calderilla (y toda era robada), y a Juan Carlos García Cabrero, lúcido suscriptor.


Fue un día muy triste. A mi entierro sólo asistieron dos personas: Laurita, la benemérita ATS, y Eutiquiana, la zorrona. Laurita fue el consuelo de mis últimos días, un consuelo teologal y a la vez profano, porque ella derramó a raudales fe, esperanza y caridad sobre la piltrafa humana de la 402-A, y al mismo tiempo, en su compasión inmensa, me permitía pellizcarle el culo y estrujarle las tetas. ¡Ah, sus tetas...! Laurita, a la que poco a poco fui convenciendo de mi derecho natural a la eutanasia activa, cedió finalmente a mis ruegos. Y un buen día me ató manos y pies a la cama, se despojó de la camisa blanca y del sostén marrón, y al cabo llegué a la asfixia con la cabeza encajada entre sus pródigos senos, como era mi voluntad. Así acabó mi vida. Una vida sin cumbres, un recorrido vulgar entre la más mezquina plaga que Dios echó al mundo, y a la que alguien dio en llamar proletariado. Una auténtica mierda (debo agradecer, empero, que ningún paisano se haya dignado a rematar el fracaso de mi tránsito vital componiendo una de esas estúpidas necrológicas donde el difunto va a parar irremisiblemente a la diestra del Altísimo, aunque haya sido el bicho más cabrón parido por madre).
Laurita dejaba que las lágrimas resbalasen mansamente por su rostro. Su silencio, como su dolor, tenía la profundidad de un abismo. Eutiquiana, que a pesar de su oficio mantenía muy arraigadas algunas perversiones de la tierra bejarana, no desmerecería al lado de una de esas plañideras profesionales cuya sombra maligna se prolongó desde los sarcófagos faraónicos hasta los catafalcos de no muy lejanos cadáveres patrios. Unos minutos le bastaron a semejante arpía para transformar el patio de san miguel en un tablao grotesco de ayes, lamentos y virgensantas. Sólo había acudido al cementerio por dos motivos: para asegurarse de que yo estaba muerto y para satisfacer ese síndrome marujil que precisa del psicodrama dos o tres veces por mes, aprovechando cualquier excusa. Si el trueque hubiera sido factible, bien hubiera dejado que mis huesos acabaran en olla de aquelarre con tal de poder salir como Lázaro de la tumba para rememorar la palabra del quijotesco Caballero del Bosque: “¡Oh, hideputa, puta!” Y no habría mentido. Una vez concluido el recital, Eutiquiana marchó pasillito entretumbas abajo, no sin antes lanzar un guiño picarón al sepulturero. Con toda seguridad, se encaminaba a desvalijar las miserias que quedaran en mi tétrica buhardilla.
Laurita aguantó algunos minutos más. Antes de irse, sentida que era, se despojó de su medallita (en la que figuraban su nombre y su grupo sanguíneo) y la tiró al hoyo como regalo póstumo. ¡Qué triste existencia! ¡Encontrar mi media naranja cuando ya tenía un pie en la tumba! ¡Qué cosas tiene Dios!
Mi Tamagotchi, mascota fiel que había adoptado usos y costumbres de su amo, comenzó a pitar enloquecidamente, solicitando su dosis de Vat 69 y su rayita de farlopa. Las palmaría en mi bolsillo, el pobre.

Gabriel Cusac
Béjar Información, 14 de Marzo de 1998

22 de febrero de 2008

Líneas para un Retrato

                                                          LÍNEAS PARA UN RETRATO

Un fotógrafo sin alma, un excelente y cruel profesional, les condenó a ser eternos. Viven su fantasmagoría cerca del epicentro del terremoto sabatino, perdidos en un delicioso mare mágnum complejo de inventariar: aparatosas radios de onda muerta, viejos espejos que aterrorizarían a Borges, fotos de un Béjar vetusto y desaliñado, pretenciosos lamparones hoy inconcebibles, romanas que pesan el aire, retratos de antaño... Su retrato, el de los extraños hermanos, cuelga sobre las escaleras, convirtiéndolas en iniciáticas. Es enorme, como la tristeza que rebosa.
Entre grises y negros de fondo premeditado, les rodea un espectral aura blanquecina. Siguen al espectador con la mirada como la pícara Gioconda, pero sus labios no sonríen. Encorsetados en un ceremonial uniforme, con gorras de plato y botas de lustre pintado, los pequeños hermanos parecerían estar posando en la hora de su fusilamiento, salvo que no muestran horror. Una impotencia profunda, acaso primordial, resaltada por la unión de sus manos, un contraste de trágica esperanza.
Los niños disfrazados de almirantes acaban de traspasar el umbral de un forzado rito de desarraigo; algo ha matado su infancia, su mundo y su alegría, convirtiéndoles en exiliados. Su exilio, para el espectador, es un misterio incognoscible. Pero el espectador atento les contempla hipnotizado hasta descubrir la causa del estremecimiento que le recorre el cuerpo. Sus rostros no son iguales, uno es más grueso que el otro... Pero la expresión de ambos puede llegar a resultar pavorosamente idéntica, gemela en su significado.
Jamás un retrato me ha impresionado tanto; siento que escribir sobre los extraños hermanos es como invocarlos. Y me causa angustia imaginarles la vida.
Algunas noches, cuando ese fetichista museo de cervezas y antigüedades cierra sus puertas, los extraños hermanos saltan de su retrato y abren la ventana de La Buhardilla. Y, en silencio, cogidos de la mano, contemplan la soledad de la calle.

Gabriel Cusac
Béjar Información, Serie “Historias de la ciudad estrecha”, enero de 1997

Totus tuus

                                                                       Totus tuus


El otro día, por fin, nos agrupamos todos para la lucha final. Por cuestión de imagen, atentos al himno de la Internacional (versión original), se dispuso a los famélicos delante, inmigrantes en su mayoría (¡hay que ver qué gordos están los proletarios naturales del país!). La vanguardia de los flacos, además, participaba de una ventaja estratégica: era más difícil que las balas les alcanzasen. Luego iba un multitudinario batallón de jubilados, porque la lucha final era gratis. Y detrás de ellos, los ingenuos, que en cualquier circunstancia son carne de cañón. A continuación, el grueso del ejército; básicamente obreros, pues la mayoría de aquéllos con profesiones liberales engrosaban el cuerpo precedente. Por último, en retaguardia, estaban los dirigentes políticos y sindicales de izquierda, diríase que anegados en la nube de sus Cohibas.
Ya estábamos preparados para entrar en combate cuando desde el frente contrario se oyeron ruidos de megafonía y clamó la soberbia voz del Gran Cacique.
-¡A ver, los de las pateras! Se precisan 400 temporeros para la recogida del tomate.10 horas diarias, sueldo mínimo, Seguridad Social para quien mejor se porte. Por riguroso orden de inscripción. ¡Quien no trabaja es porque no quiere!
Esta grata noticia provocó una deserción masiva en nuestra línea de choque. Se iban matando por el camino, los pobres. Pero todo tiene su contrapartida, ya que tan cruenta masacre nos permitió observar el maravilloso despliegue de Cruz Roja y Protección Civil, cuyos miembros realizaban su labor henchidos de satisfacción. No menos feroces fueron los jubilados, que dieron muestra de unas excelentes aptitudes físicas cuando, poco después, el Gran Cacique anunció la subida mensual de medio euro y una bolsa de pipas para aquellos pensionistas que abandonaran el bando siniestro. Su desbandada en masa dejó sembrado el campo de batalla de medicinas y dentaduras postizas.
Ya considerablemente mermadas nuestras filas, políticos y sindicalistas resolvieron que era preciso abrir una vía de diálogo. Los Mercedes de la comisión negociadora, coronados por banderas blancas, atropellaron a cientos de nuestros soldados en su rauda carrera hacia el consenso, mas es sabido que en toda guerra hay daños colaterales.
La espera fue tensa, pero los resultados merecieron la pena, pues los hábiles miembros de la comisión negociadora, a pesar del multimillonario menoscabo de beneficios que esto suponía para el Estado, las grandes empresas y la banca en general, consiguieron...¡paga vitalicia para todos ellos y 5 minutos más de bocadillo para los trabajadores! El júbilo se instaló en los corazones proletarios, y espontáneamente corrimos a abrazarnos con los que poco antes considerábamos nuestros enemigos (quienes, por cierto, ya nos esperaban con las braguetas abiertas). ¡Qué gran fiesta hubo entonces! ¡Me emborraché hasta yo, que siempre he sido un espía frío y calculador! En la jornada siguiente, la subida de la bolsa fue espectacular.
¿No es la paz, queridos amigos, el más preciado de los tesoros?

Gabriel Cusac
Béjar Información, 10 de agosto de 2002

8 de febrero de 2008

¡ A las armas por el fotomatón!

Esta psicosis maníaco-depresiva no se me va a quitar en la puta de la vida. Ya se lo dije al doctor antes de asestarle la puñalada postrera. ¡Cómo se me va a quitar, si sólo recibo malas noticias! Mi enfermedad es muy curiosa. Puedo resistir sin la menor señal de sufrimiento, completamente abúlico, las declaraciones de nuestros munícipes, el internamiento de familiares en cárceles geriátricas, los apocalípticos telediarios o la confesión del amigo honesto que, no obstante, se ha visto forzado a la afiliación sindical. Otros desastres, en cambio, me rompen el corazón e instalan en mi rostro lo que el ínclito siquiatra (d.e.p) definía clínicamente como “máscara marmórea trágica”. Es entonces cuando recurro al aguardiente de barbitúricos y salgo a la calle dispuesto a seccionar la yugular a uno de estos niñatos que recorren la ciudad a toda hostia montados en el coche de papá y con el “bum-bum” a cuestas. Sé que mi odio no es racional –yo mismo, hace años, era un macarra impenitente, pero estaba influenciado por el espíritu de la transición-, aunque bien pensado tampoco lo son territorios comunes como la política, la religión, el deporte –al menos, practicado desde la butaca de espectador- o el amor.Ahora me encuentro en una de estas fases críticas. Porque ayer, ayer mismo, una reconocida socióloga me comentó con tristeza otra reciente catástrofe: ¡nos han quitado el fotomatón! ¿Pero es que en esta ciudad del confín de la Tierra no es rentable ni un mísero y solitario fotomatón?Sentí un tajazo en el alma ante esta nueva pérdida patrimonial. Queridos lectores bejaranos, acólitos de Esaú, es preciso movilizarse. El fotomatón de la calle 28 de septiembre no era una pieza más del mobiliario urbano. Por encima de su estricto sentido utilitario, el fotomatón, siempre asociado a un grato recuerdo, forma parte del común acervo sentimental, y su ausencia nos empobrece sobremanera. Testigo y partícipe discreto, carné a carné, de nuestra evolución como ciudadanos, el fotógrafo automático, las 24 horas del día a nuestra disposición, ha marcado también muchos de los mejores momentos de nuestra vida íntima. Hagan memoria, zurumbáticos lectores. ¡Qué delincuente lujo, a dos pasos de la comisaria, extender relajadamente la golosa cocaína sobre el taburete giratorio! ¡Qué irresistible lujo retratarse, sin testigos, las partes pudendas! ¡Qué morboso lujo follar con impunidad junto a la vía pública!...Personalmente debo reconocer que tan socorrida cabina ha constituido un instrumento imprescindible dentro del marco de las relaciones sociales. En mi perdida juventud, bajo la simpática excusa de la foto compartida, sistemáticamente aprovechaba la coyuntura dada en el estrecho habitáculo para confirmar la trascendencia de un agotador flirteo. ¡Qué tiempos!Capillita de amoríos e intimidades, sagrada estancia, fotógrafo circunspecto, robot amigo: ¡qué amplia gama de servicios nos ofrecías!. Pero yo no me resigno a tu ausencia. Mi profundo sentido cívico me insta a aprovechar esta tribuna para hacer un llamado a la conciencia pública, y desde aquí grito como un político, un predicador o un charlatán de feria en el cenit de su discurso: ¡BASTA YA DE DESMANTELAMIENTO INDUSTRIAL! ¡FOTOMATÓN MUNICIPAL YA! ¡BEJARANOS, ALCÉMONOS! ¡COMO CUANDO PRIM! ¡A LAS ARMAS!

Gabriel Cusac
Béjar Información, 3 de agosto de 2002

8 de enero de 2008

A por los 15 reales

Hay un higuera insospechable entre las piedras del puente de san Albín, una higuera seca incrustada sobre el gran ojo, por la parte de la ruinosa Gilart, otro de los tantos espectros fabriles de la ciudad estrecha. Es tal higuera la de los quince reales, porque algún retorcido de antaño quiso esconderlos allí. No alcanza el asunto categoría de leyenda; más vale por chiste negro, como ser verá.Rezuma cierto fetichismo morboso entre los miembros del oscuro club de los suicidas, tan caprichosos de puentes; muchas veces, de puentes concretos. Ya escribiera Verlaine al respecto, nombrando el Sena como correa de cadáveres. La última literatura sobre puentes fatales quizás sean unos retazos del precoz y feroz Juan Manuel de Prada, a propósito del verticalmente transitado viaducto de Segovia, en los Madriles, donde persiste la tradición del vuelo corto. El puente freudiano señala un paso decisivo; este paso, para el esoterismo -Freud adoptó toda la simbología esotérica, pero desacralizándola-, es iniciático, un avance en busca de la transcendencia (esto tiene mucho que ver con una de las denominaciones del Papa, de los Papas: Sumo Pontífice). Mas el amanuense que cuenta, a pesar de tanto rollo, no consigue ver clara la obsesión. Si el amanuense resolviera finar algún día, está seguro de que escogería un pasaporte más dulce y menos escandaloso, como el helado de barbitúricos recomendado por Manuel Vicent, golosina última de la que me hablara con franco estusiasmo el gordo Luis, compañero de páginas.Béjar, a pesar de su innata vocación microcósmica, contó con el detalle cosmopolita de tener su específico puente de los suicidas. Como tal, el de san Albín guarda un raro historial obituario, en vecindad solidaria causada por aquéllos que decidieron claudicar sobre los raíles vecinos, aprovechando una coyuntura que hoy día no se da. Pareciera que el Cuerpo de Hombre, en ese tranco, destilara un telurismo insano resuelto en caros tributos.Habrá visto el lector en celuloides antiguos de esta España nuestra el salpimentado de muchos hombres con gorra y blusón. Así vestían los albañiles de antes, no es que hubiera plaga de pintores tipo Quartier Latin. Pues bien, un paleta bejarano fue a buscar los quince reales sin abandonar la prenda, que al embutirse de aire hizo el efecto paracaídas y salvó la vida al desesperado, tornando zarzal por roca. Semeja gracia de dibujos animados, o fantasía del barón de Münchhausen, pero tan cierto es que otro colega de intenciones afines, avisado, tuvo el tiento de dejar el blusón sobre el pretil. No sólo paletas, claro, sino gentes de variado oficio, siguieron la moda, que incluso contagió a un consumero del mismo fielato de san Albín. Lo dicho, qué tendría el sitio.Don Paco, el forense, venía desde la Abadía para proceder al levantamiento del cadáver. Bajaba a caballo por las cuestas que fueran vinateras. Bajaba con parsimonia señorial, más lejos de la solemnidad que de la rutina, a lo que dicen. La costumbre acostumbra.Hubiera gustado Álvaro Cunqueiro, andando el mindoniense siempre con la curiosidad atenta de puentes -las puentes, diría él, a modo añejo- y originalidades fúnebres, de esta pequeña crónica. De remate, mi idolatrado Cunqueiro acaso imaginaría los sucesos en coplas de ciego, hoyando desamores y tormentos. Coplas truculentas, tal “la domadora de hombres”, que fue éxito del tiempo en que algunos paisanos tristes fueron a buscar los quince reales.


Gabriel Cusac
Béjar Información, Serie “Historias de la ciudad estrecha”, 15 de Marzo de 1997

8 de octubre de 2007

El paseo iniciático, o relato para un pervertido psicoanalista



El paseo iniciático, o relato para un pervertido psicoanalista 
Renegaba Jardiel Poncela (o eso cree el desmemoriado gazetillero) del celebérrimo adagio “A quien madruga, Dios le ayuda”, poniendo por caso el de las gallinas, que ahí están, tan decididamente a las de alba y sin embargo acarreando una vida monótona, cobarde y ponedora, atrapadas en su corral enmerdado y pasándose claros y nublados tras el triste grano de maíz. El refrán, a buen seguro, lo inventaría un patrono acosador o, en todo caso, algún individuo de mentalidad productiva y con intereses de por medio. Tamaña insensatez no la iba a ingeniar un poeta, un enamorado o un vago, tampoco un ser mínimamente compasivo con sí mismo y con sus semejantes. Muchos excesos se han pronunciado sobre el dormir; Sócrates, o acaso Aristóteles, o quizá Platón, vayan ustedes a saber, defendía que los hombres deberían dormir ocho horas en cada jornada, las mujeres nueve y los locos diez. Un tanto misógino, el sabio. En todo caso, el gazetillero, que es un fiel de la almohada, considera que la salud de la especie humana reposa en tres pilares fundamentales: comer bien, cagar sosegadamente y dormir sin racanería. Al gazetillero, cuando practica el marcial e insano ejercicio de madrugar, se le precipitan los ojos en insondables abismos y le salen pupas en la boca, unas pupas muy molestas y que además hacen feo. El gazetillero, sin embargo, no es ajeno a algunos acuciantes fenómenos del cuerpo, que a veces se declara en rebeldía contra su amo legítimo, obligándole, por ejemplo, a separarse de su gran amigo Morfeo a cambio de una temprana cita con el inodoro. Es entonces, tras la última gotita dorada, cuando el recién levantado, por algún oscuro misterio, suele considerar que ha perdido el sueño: esa peculiar sensación de que la cama ya empalaga, de que es preciso mantener la verticalidad.
Es domingo. El reloj de péndulo del pasillo, con su aire de solariego fantasmón, avisa las ocho. La barandilla del balcón está fría, más fría que el día nuevo. Un escupitajo inevitable y denso surge blasfemamente y acaba suicidándose en el asfalto, cuatro pisos más abajo. El espectador mañanero siente inmediata la solemne necesidad de inaugurar la jornada y despertar el sentido del gusto con el cigarrito amable, que abandona, voluptuoso, dispuesto, el macabro paquete donde las Autoridades Sanitarias se empeñan en estampar unas devastadoras y trágicas advertencias que ya de por sí provocan úlceras. Si las Autoridades Sanitarias decidieran extender sus avisos a todos los artículos de consumo, el país se convertiría en un gigantesco sanatorio. De momento, las susodichas se conforman con enfermar al pacífico fumador, pero en un futuro no muy lejano, cuando las Autoridades en general se adueñen de cada acto de nuestras vidas, un sorbo de café provocará ineludiblemente crisis nerviosas, y un trago de vino será el pasaje al paro cardíaco. Entre otros males fomentados por las instituciones que el firmante no quiere ni imaginar, no sea que le brote un tumor intradídimos.
Cuatro pegotes soñolientos de puré de patata se persiguen en un cielo azul y limpio. Pájaros anónimos lanzan rivales arias. Un pertinaz, inagotable, insomne frutero, descarga plátanos en su cochera/almacén. La vecina de enfrente, con un pálido seno por fuera del escote de la bata, limpia afanosamente los cristales de su ventana. Dos perros mil veces lapidados olisquean el contenedor de basura. Una persiana es abierta con manifiesta violencia, como si alguien tuviera prisa por suicidarse cual el escupitajo ya citado. A lo lejos, calle arriba, quince o veinte jóvenes beodos se agolpan frente a la churrería humeante y provocadora, la última parada, los churros como colofón a una jornada nocturna y viciosa, pero no victoriosa, de condón incólume, de licores de garrafón y papela apurada, de desencanto disfrazado por una euforia artificial. Dos mozas gorditas y en chandal corren a bajar culo camino del Ventorro Pelayo. El cigarro muere.
Una súbita e inexplicable vitalidad se adueña de las carnes del espectador, quien decide lavarse las legañas, colgarse cuatro trapos y salir a patear las calles de la villa no sin antes engullir, con hambrienta avaricia, el consuetudinario café migado, reparador invento poco conocido allende los Pirineos.
Los cuatro palmos del bar Recreo posiblemente llevan más de una hora a disposición del público. En el bar Recreo hay un calendario reversible y picarón. Una morena y una rubia, en meses alternos, muestran al cliente sus agraciados pechos, unos pechos que son como un corte de mangas a la ley de la gravedad y también son una alegría para la vista. Este mes, la morenaza. En el bar Recreo se sirve un aguardiente que abrasa las entrañas y aclara la voz. Quizá también despeje el olfato y avive el seso.
Cadáver ya el interno y enigmático gusanillo/fénix, el excepcional madrugador emprende el paseo con el ánimo encendido y la cabeza alta, corriéndole por las venas una crecidísima soflama. Soplo palmero. De sobras entiende el excepcional madrugador que no va a comerse el mundo, que ni tan siquiera va a desvirgar el dominical callejero bejaraní, pero para sus adentros siente -o se cree- que su paseo a emprender posee una buena pizca de camino iniciático, de ruta peregrina donde poco a poco se irá formando un cúmulo de pequeñas sorpresas.
El peregrino se asoma al Puente Viejo. El río dominguero lleva las aguas tan claras que incluso se puede ver toda la porquería acumulada en su lecho. Las basuras de la ribera añaden una nota multicolor y tóxica. Una rata gigante medita junto a un desagüe. ¡Cuerpo de Hombre, qué mal cuerpo! El peregrino abandona su breve éxtasis contemplativo y en dos pasos se planta en la calle Libertad, campo de batalla del desmadre sabatino. Por doquier aparecen los restos de la contienda: vasos de plástico, cristales rotos, varias vomitonas de cromatismo indefinido, alguna botella naúfraga y sin alma... La noche del sábado, en la calle Libertad, es un buen muestrario de las tonterías y las miserias humanas, un circo de absurdos donde la juventud -e incluso algunos elementos y elementas de una adelantada niñez- de la villa ha encontrado su patria y su religión. El peregrino, que no es más pecador porque no puede, piensa sin embargo que toda la ancestral metafísica de la borrachera y el desmadre ha degenerado en gilipollez y exhibicionismo, se ha desacralizado a favor de unos moldes vanos y superficiales donde impera una actitud de etiquetas. Niñatos haciendo caballitos con sus Yamahas rampantes. Niñatas/escaparate ansiosas de erigirse en princesas de la noche. Pueblerinos rijosos y maduros no menos rijosos que aún fabulan cuentos de eróticas hadas. Solteronas de flor mustia, contentas de dejarse ver. Veteranos de la noche con la fe apagada y el canuto encendido: la clase más respetable. El peregrino piensa que si, al menos, toda esa parafernalia desembocara en dionisíaca orgía ya sería algo que se sacase en claro. Pero ni eso; está visto que la humanidad va de mal en peor.
Limpiadoras de grandes caderas friegan los templos del vicio. El señor Rodríguez y el señor Pandereta llenan sus coches de hamacas, cestas e infantes, dispuestos a sentar sus fueros en cualquier cacho de campo que dé el sol. Saliendo de no se sabe dónde, resuena un cuesco apátrida. Una mocica de catorce o quince años con pantalón de ciclista, tetas fusiladoras y carita de ángel hace pensar al peregrino que nació en mala época. Un antiguo compañero de aulas tiene el capricho de hacerse simpático.
- ¡Coño, Cusat, qué tal!
Al peregrino le resultan odiosos los antiguos compañeros de aula, de curre o de pendencia que saludan a intermitencias, o, hablando más propiamente, cuando les apetece, cambiando para más inri la última letra de un apellido sin duda ilustre. El peregrino, que tiene mala conciencia de ser extremadamente pacífico, se abstiene de decorar la cara de su interlocutor con un gargajo verde y responde con diplomacia, pero igualmente con brevedad.
- Bien, hombre. Voy a ver si compro el periódico. Adiós.
(Que te den).
- Adiós.
(Igualmente).
El fraternal encuentro ha tenido lugar frente a la farmacia Poyo, donde el peregrino jamás pudo conseguir una caja de preservativos, quién sabe si por fatalidad o por objección de conciencia de los licenciados, que de todo hay en las viñas del Señor. Sin que apenas se hubiera percatado, la calle Libertad quedaba atrás entre cuatro pensamientos y un indeseable saludo. ¡Qué imposible ligereza!
En la Puerta de Ávila, cuatro viejos discutidores taponan media entrada a Reinoso y tratan a voces sobre patrios y políticos barandas.
Viejo A- ¡Que no, coño, que todos son unos chorizos! ¡Menudo mamoneo se traen! ¡Parece mentira que no os deis cuenta, cojones!
Viejo B- Pero unos más que otros, Vespasiano, unos más que otros.
Viejo A- Igual. Una merienda de negros.
Viejo C- Pero vamos a ver: ¿no haría cualquier tonto y cualquier listo lo mismo? Primero a ocuparse de la familia, que es lo más sagrado. Que si un enchufillo aquí, que si otro allá, hasta colocar a toda la parentela. Después, los amigos, que para eso lo son. Y luego, el país.
Viejo A- ¡Tócate las pelotas, Pascualín! ¡Pues vaya una justicia! Y si cabe la mano, ya mete el brazo.
Viejo B- Estos han metido hasta los huevos.
Viejo D- Tenemos lo que nos merecemos, no hay vuelta de hoja.
El peregrino se inclina ante las venerables canas y opina que todas las voces del cuarteto llevan su punto de razón. Lo que queda por ver, exceptuando honrosas excepciones, es si el poder corrompe o ya entran todos algo corrompidillos.
La calle Mayor es un compendio heterogéneo de varios siglos de excelente y pésima arquitectura. La calle Mayor se disfruta a cuello tieso, con el andar calmo y, a ser posible, con una mulata de cada brazo. La rúa principal, siendo una, se divide en tres -Reinoso, Sánchez-Ocaña y Pardiñas-, sutileza que nunca llegó a entender el peregrino; lo de hacerla peatonal a ratos es un acierto de nuestros ediles y una necesidad para el transeúnte, cada día más acorralado por el salvaje motorizado, qué horrible pareado. El peregrino respira hondo y enciende otro cigarro, todo sea por dar calidad al momento. Cree que la calle es suya, pero no en el sentido fascista que, vox pópuli, antaño aplicara un gallego, al menos tan listo como el Hambre, que lo mismo vale para un roto que para un descosido. Dos adolescentes patinadoras lo sobrepasan con rapidez y desparpajo. Bien se sabe que las películas yanquis están intoxicando a todo quisque. El peregrino hace un alto frente al escaparate de la vieja Studio. Los libros expuestos le confirman que ya no se puede escribir: la competencia es tremenda y aquí cada hijo de cristiano se ve capaz de hilvanar palabras con garbo y amenidad. El peregrino también piensa que la historia de Béjar es como una naranja a la que nunca se le acaba el zumo, aunque año tras año haya tres o cuatro eruditos dispuestos a exprimirla mediante artículos, libros o conferencias. Este abuso es bueno, no se vayan a creer Vds. La blanca dama y el blanco niño de González Macías, desde su trono esquinado, se inclinan para saludar al peregrino.
A medida que va creciendo la mañana, la gente sale de los portales, aparece en las bocacalles, emerge de las alcantarillas, salta de los aleros. El peregrino interrumpe el silbo de una canción que nunca escuchó para lanzar a diestro y siniestro adioses (más formales) y hastaluegos (más cordiales) dependiendo de los prójimos/as que le pasen al lado. Es bonito ver llenarse de vida la ciudad, como se llena la garrafa del agua de una fuente.
Capaz de enervar al más templado cartujo, sonríe la modelo de Intima Cherri entre sujetadores. El grifo que no se agota en la tienda de “todo a cien”. La casona exagerada de Juan Muñoz. El árbol que nunca se vacía de gorriones. El medio tuerto caño Comendador. La antigua y un tanto siniestra librería -ya cerrada, por desgracia- donde florecían revistas porno muy completas y bien de precio. El ahora polémico museo, custodiado por antañona torre de San Gil. Los portales de Pizarro, dispuestos a desplomarse cualquier día gracias a la incuria particular y oficial. El popularísimo bazar Aurora. El no menos popular bar Español. Una botella de anisete Mirtra a la entrada de la plaza comunera, una botella desvalida y huérfana cual mielera de Valero perdida a las doce de la noche en la Gran Vía matritense. La botella llena, como un tesoro.
El peregrino creía desaparecida, desde las brumas de su adolescencia, la ilustre etiqueta de nombre seudopagano, asociada a sus primeras trancas y a los descubrires del sexo, a años donde la alegría y la tristeza brotaban como el estallido de un volcán, impetuosas, intensas, ya invivibles.
El peregrino, sentado en un banco de la plaza, se ve asaltado entre trago y trago por un aluvión de recuerdos cuya transparencia resulta terrorífica. Los más traumáticos, los más dichosos, a cámara rápida. Cuando el pasado irrumpe bruscamente en el presente, cuando el hombre, a través de sus desnudos recuerdos, ya no se reconoce en aquél que fue, siente como la locura le roza tímidamente. El peregrino siempre tuvo más miedo al pasado que al presente, que al futuro, que a la muerte. Y rompe la botella contra el suelo, incapaz de asomarse al espejo de los años perdidos.
Una mujer súbita se sienta a su lado. Tiene el pelo largo y moreno, los ojos almendrados, enormes y negros como la piel de un murciélago, los labios excitantes y rojos como la sangre, las manos blancas y de ínfimas venas. Unas manos que se posan sobre las manos del peregrino.
Un timbre exasperante rompe el beso profundo de la vampiresa y el peregrino.
Maldito despertador.
Gabriel Cusac
La Colmena Bejarana, diciembre de 1993

8 de septiembre de 2007

Disfraz azul con autor

El autor (cuyo ingenio y buen hacer, dicho sea de paso, le valió otrora ser pluma puntera de aquesta villa y tierra) tenía el encargo de señalar agudezas a propósito de las venideras glorias de don Carnal, y pensaba comenzar el discurso citando apuntes de Caro Baroja, hablando del traído y llevado carrus navalis y lanzando vivas al carnaval como la última de las grandes fiestas irreverentes, la última gran ceremonia colectiva de culto al desmadre en tiempos donde una humanidad encasillada hasta en sus divertimentos casi ha olvidado el encanto del ritual lúdico y, por tanto, de la magia. El autor, en olas de tinta, querría haber hecho un argonaútico viaje a través del tiempo en busca de dorados vellocinos forasteros, y así traer memoria de las procesiones del Gran Falo de la liga délfica, de las leneas báquicas, de los revolucionarios disantos congregados a Saturno, de las Fiestas de los Locos, de la cachonda filosofía goliarda, de las mascaradas renacentistas, tan licenciosas, que el pueblo celebra en las calles y los grandes señores en palacios o, bien frecuentemente, en cultos y aterciopelados burdeles con entrante de poesía erótica... Venturosa, consoladora, bella es la historia del libertinaje. Al cabo de la erudita y transgresora madeja, el autor saltaría al XIX para citar (ya verán ustedes por qué) uno de los relatos más intensos que ha leído, Los agujeros de la máscara, de Jean Lorrain, pieza de unos incontrolables Cuentos de un bebedor de éter –y, al hilo una curiosidad: el autor se enteró, no recuerda si a través de Primera Línea o de la ya desanarquizada y casi pija Ajoblanco, de que los brasileiros se ponen a tono esnifando éter en las sabrosonas carnestolendas de Río de Janeiro... cae en un profundo y doloroso suspiro-, donde el personaje central, tras un logrado desarrollo narrativo que mantiene la angustia in crescendo, descubre que el baile de máscaras en el cual participa es un festival de espectros, y él mismo, tras quitarse el capuchón que le cubre la cabeza, halla el vacío, halla su nueva condición. El autor ha encontrado en este cuento la metáfora de su propia situación, que al fin y al cabo, confiesa, es de lo que quería hablar. Desde el nacimiento de este febrerillo demente el autor ejerce de rudo peón a pico y pala, anda estas últimas jornadas enfundándose cobardemente su mono azul, su disfraz de diario, para quebrar los huesos de la tierra en un hoyo sombrío, anuncio sepulcral, donde se producen curiosos efectos térmicos en el cuerpo del profanador, quien inevitablemente siente un frío caprichoso en tres partes anatómicas bien diferenciadas: los pies, la cabeza y lo que cuelga en medio. Mientras el gran baranda no se despoja de su antifaz de gallarda inocencia, mientras Aznar se emboza de orgasmo pensando en mayo, mientras Sevilla viste de cortesana aguardando marzo, mientras millones de personas preparan sus caretas para ser un poco más libres a través del anonimato, el autor de disfraz azul tiene seca la imaginación y muy descabalado el arte de tejer escrituras. El autor, en tanto se recupera del maléfico influjo de su disfraz azul, pide disculpas a su legión de lectores colmeneros por citar tanto ingrediente sin llegar a completar el guiso como mandan los cánones, y entona un mea culpa con sentida y pagana devoción.

Gabriel Cusac
La Colmena Bejarana, marzo de 1995

8 de agosto de 2007

De cómo perdí mi empleo

De cómo perdí mi empleo

Más de un lector recordará dos célebres eslóganes referidos al recipiente patrio por excelencia, es decir, al botijo. Tales son: “El botijo, símbolo de cultura tradicional” y “El cofre que sublima un gran tesoro”. Ambas consignas fueron creadas por el Departamento de Publicidad y Marketing de Alafresca S.L., Proveedora Oficial de la Casa Real y empresa puntera en exportación, a cuyo servicio trabajé durante buena parte de mi vida. Yo les vengo a contar el porqué dejé de hacerlo, pues de cierto que es historia curiosa donde las haya y merecedora sin duda de la atención ciudadana.
Durante muchos años ninguna entidad pública o privada se ha preocupado tanto como Alafresca S.L. por ensalzar la figura del artesano botijero. Sus notablemente efectistas campañas publicitarias siempre han pretendido convertir el botijo en un emblema de orgullo nacional, y al botijero en un héroe irreductible, casi mítico, esforzado en continuar su noble y ancestral labor frente a una modernidad aniquiladora de tradiciones. Dentro del corpus propagandístico, además de los dos eslóganes citados, se incluirían, por ejemplo, el montaje gráfico donde aparecía un botijo, en forma de corazón, patrióticamente revestido con los colores de la bandera nacional, y una foto, poco menos que etnológica, que retrataba a los veinte botijeros de Alafresca S.L., entre los cuales me contaba, posando frente a sus respectivos tornos y ofreciendo un aspecto premeditadamente rústico -la empresa había dispuesto, para este fin, varios pantalones y chalecos de pana, algunas boinas, algunas alpargatas- en la estampa. Pero a finales de los ochenta Alafresca S.L. sufrió una reforma radical, al sustituirse la producción manual por la mecanizada gracias a una enorme y prodigiosa máquina, de patente japonesa, que por un lado engullía el barro y por otro cagaba botijos clones: iguales, perfectos, sin fisuras ni diferencias de tamaño o tono. El engendro metálico acabó con todo indicio de artesanía en Alafresca S.L., aunque a los consumidores se les ha seguido ofreciendo hasta hoy la misma imagen de la marca como sello de un primitivo y pintoresco alfar. La llegada de la gran máquina supuso una drástica reducción de plantilla, y sólo diez de los antiguos botijeros fuimos reciclados para controlar el funcionamiento de “La Industriosa”, que así bautizaron los patrones al aparato. Los otros diez compañeros, huelga decirlo, fueron despedidos. Entonces hizo su aparición Serafín Lisonja, el técnico de mantenimiento, el afanoso lameculos.
Debo reconocer que Serafín era un gran trabajador. Conocía al dedillo los entresijos de “La Industriosa” y era difícil verle inactivo. Pero su gran defecto le hacía insufrible: era un tiralevitas patológico. En un principio sus peloterías podrían calificarse de moderadas, consecuentes con la sintomatología típica de los de su clase. De tal modo, cuando don Obdulio Sinescrúpulo, jefe de personal, salía de su inviolable despacho tras devorar un amplio surtido de prensa local, provincial y nacional, Serafín, efectuando una respuesta refleja, ponía ojitos dormilones, dibujaba en su faz una sonrisa de quinceañera enamorada y trotaba como un potrillo hasta los pantalones barandas para obrar comento de cualquier novedad preconcebida. Y cuando, de vez en vez, algún miembro de la familia propietaria -pues Alafresca S.L. era un negocio familiar, uno más entre los muchos de la pudiente saga Zapatín- se dejaba ver por la fábrica, los síntomas de Serafín se intensificaban, pero no ocurría nada especialmente preocupante. Recuerdo, a título de anécdota, que en tales ocasiones el resto de los compañeros construíamos coplas muy jocosas aprovechando la propicia terminación en “in”, a la que, en referencia tanto al pelota como al sujeto peloteado, acababan sometiéndose bastantes de las malas palabras que atesora nuestro rico léxico castellano. Ya no me importa confesar estos inocentes pecadillos después de todo lo ocurrido.
El deterioro de Serafín no fue en absoluto paulatino. En cuestión de meses, los signos morbosos de su mal fueron acentuándose de un modo exagerado, y aparecieron otros que por su diáfana gravedad clamaban a gritos la atención psiquiátrica del increíble baboso. Sí, en lo que podría llamar una segunda fase, su trote se adornó de un zigzagueo serpentario, su sonrisa mutó en un rictus de cartón piedra y su comento de novedades llegó a desembocar en inventario metafísico sobre lo divino y lo humano, en un tercer estadio ya reptaba de cuerpo entero para acabar enroscándose a la vera del jefe de personal. A partir de entonces le comenzamos a apodar como “la lombriz”. Don Obdulio, que siempre hizo gala de una soberana pachorra, no dispuso ninguna medida correctora, pues había descubierto que dando una orden concreta a Serafín, éste escapaba del síndrome peloteril, retornando a un estado de normalidad. Por otra parte, don Obdulio aprovechó hábilmente la circunstancia para aumentar la productividad del soplapollas, y así Serafín se convirtió en un obrero multiuso que tanto atendía al buen funcionamiento de “La Industriosa” como barría la fábrica de cabo a rabo o daba una nueva capa de barniz a las puertas. Mientras, su trastorno iba acrecentándose.
Comprendo que los sucesos que voy a narrar a continuación resulten difíciles de creer, pero no por ello dejan de ser ciertos. Hace apenas dos semanas, durante la visita de doña Lucrecia Zapatín, el maldito pelota sufrió una metamorfosis inexplicable, cuyos únicos parangones se hallan en la literatura de ficción. En cuestión de segundos, su forma humana fue desapareciendo bajo una capa amarillenta y viscosa que brotaba de su misma piel, al tiempo que las extremidades y la cabeza eran tragadas por un creciente tronco cilíndrico y dividido en anillos. Súbitamente, Serafín se había convertido en aquello que tantas veces le habíamos llamado: una miserable y arrastrada lombriz. Ante el estupor general, sólo don Obdulio mantuvo la calma. Esbozando una maléfica sonrisa, recogió al kafkiano ser en sus brazos y, seguido de doña Lucrecia, corrió a encerrarse en su despacho. Allí se gestó la terrible maquinación que trajo como consecuencia el despido de los diez operarios de “La Industriosa”. Hoy están a su cargo -y servidores para lo que haga falta- otros tantos Serafines multiusos, sumisos, moldeables, productivos y clones como los mismos productos de Alafresca S.L. A saber si incluso no hay más Serafines exportados a otras empresas de la familia Zapatín.
Serafín, en su estado anélido, fue troceado en diez cachos. De esta forma, reproducido por partenogénesis como tal gusano, el multiplicado pelota recibió una orden cualquiera del don Obdulio para despertar a su condición humana siendo uno y diez a la vez. ¡Pobre desgraciado!
De este inverosímil modo, sustituido por un clon, perdí mi empleo. No hay justicia en este mundo.

Gabriel Cusac
La Colmena Bejarana, marzo de 1994

De cómo perdí mi empleo

De cómo perdí mi empleo

Más de un lector recordará dos célebres eslóganes referidos al recipiente patrio por excelencia, es decir, al botijo. Tales son: “El botijo, símbolo de cultura tradicional” y “El cofre que sublima un gran tesoro”. Ambas consignas fueron creadas por el Departamento de Publicidad y Marketing de Alafresca S.L., Proveedora Oficial de la Casa Real y empresa puntera en exportación, a cuyo servicio trabajé durante buena parte de mi vida. Yo les vengo a contar el porqué dejé de hacerlo, pues de cierto que es historia curiosa donde las haya y merecedora sin duda de la atención ciudadana.
Durante muchos años ninguna entidad pública o privada se ha preocupado tanto como Alafresca S.L. por ensalzar la figura del artesano botijero. Sus notablemente efectistas campañas publicitarias siempre han pretendido convertir el botijo en un emblema de orgullo nacional, y al botijero en un héroe irreductible, casi mítico, esforzado en continuar su noble y ancestral labor frente a una modernidad aniquiladora de tradiciones. Dentro del corpus propagandístico, además de los dos eslóganes citados, se incluirían, por ejemplo, el montaje gráfico donde aparecía un botijo, en forma de corazón, patrióticamente revestido con los colores de la bandera nacional, y una foto, poco menos que etnológica, que retrataba a los veinte botijeros de Alafresca S.L., entre los cuales me contaba, posando frente a sus respectivos tornos y ofreciendo un aspecto premeditadamente rústico -la empresa había dispuesto, para este fin, varios pantalones y chalecos de pana, algunas boinas, algunas alpargatas- en la estampa. Pero a finales de los ochenta Alafresca S.L. sufrió una reforma radical, al sustituirse la producción manual por la mecanizada gracias a una enorme y prodigiosa máquina, de patente japonesa, que por un lado engullía el barro y por otro cagaba botijos clones: iguales, perfectos, sin fisuras ni diferencias de tamaño o tono. El engendro metálico acabó con todo indicio de artesanía en Alafresca S.L., aunque a los consumidores se les ha seguido ofreciendo hasta hoy la misma imagen de la marca como sello de un primitivo y pintoresco alfar. La llegada de la gran máquina supuso una drástica reducción de plantilla, y sólo diez de los antiguos botijeros fuimos reciclados para controlar el funcionamiento de “La Industriosa”, que así bautizaron los patrones al aparato. Los otros diez compañeros, huelga decirlo, fueron despedidos. Entonces hizo su aparición Serafín Lisonja, el técnico de mantenimiento, el afanoso lameculos.
Debo reconocer que Serafín era un gran trabajador. Conocía al dedillo los entresijos de “La Industriosa” y era difícil verle inactivo. Pero su gran defecto le hacía insufrible: era un tiralevitas patológico. En un principio sus peloterías podrían calificarse de moderadas, consecuentes con la sintomatología típica de los de su clase. De tal modo, cuando don Obdulio Sinescrúpulo, jefe de personal, salía de su inviolable despacho tras devorar un amplio surtido de prensa local, provincial y nacional, Serafín, efectuando una respuesta refleja, ponía ojitos dormilones, dibujaba en su faz una sonrisa de quinceañera enamorada y trotaba como un potrillo hasta los pantalones barandas para obrar comento de cualquier novedad preconcebida. Y cuando, de vez en vez, algún miembro de la familia propietaria -pues Alafresca S.L. era un negocio familiar, uno más entre los muchos de la pudiente saga Zapatín- se dejaba ver por la fábrica, los síntomas de Serafín se intensificaban, pero no ocurría nada especialmente preocupante. Recuerdo, a título de anécdota, que en tales ocasiones el resto de los compañeros construíamos coplas muy jocosas aprovechando la propicia terminación en “in”, a la que, en referencia tanto al pelota como al sujeto peloteado, acababan sometiéndose bastantes de las malas palabras que atesora nuestro rico léxico castellano. Ya no me importa confesar estos inocentes pecadillos después de todo lo ocurrido.
El deterioro de Serafín no fue en absoluto paulatino. En cuestión de meses, los signos morbosos de su mal fueron acentuándose de un modo exagerado, y aparecieron otros que por su diáfana gravedad clamaban a gritos la atención psiquiátrica del increíble baboso. Sí, en lo que podría llamar una segunda fase, su trote se adornó de un zigzagueo serpentario, su sonrisa mutó en un rictus de cartón piedra y su comento de novedades llegó a desembocar en inventario metafísico sobre lo divino y lo humano, en un tercer estadio ya reptaba de cuerpo entero para acabar enroscándose a la vera del jefe de personal. A partir de entonces le comenzamos a apodar como “la lombriz”. Don Obdulio, que siempre hizo gala de una soberana pachorra, no dispuso ninguna medida correctora, pues había descubierto que dando una orden concreta a Serafín, éste escapaba del síndrome peloteril, retornando a un estado de normalidad. Por otra parte, don Obdulio aprovechó hábilmente la circunstancia para aumentar la productividad del soplapollas, y así Serafín se convirtió en un obrero multiuso que tanto atendía al buen funcionamiento de “La Industriosa” como barría la fábrica de cabo a rabo o daba una nueva capa de barniz a las puertas. Mientras, su trastorno iba acrecentándose.
Comprendo que los sucesos que voy a narrar a continuación resulten difíciles de creer, pero no por ello dejan de ser ciertos. Hace apenas dos semanas, durante la visita de doña Lucrecia Zapatín, el maldito pelota sufrió una metamorfosis inexplicable, cuyos únicos parangones se hallan en la literatura de ficción. En cuestión de segundos, su forma humana fue desapareciendo bajo una capa amarillenta y viscosa que brotaba de su misma piel, al tiempo que las extremidades y la cabeza eran tragadas por un creciente tronco cilíndrico y dividido en anillos. Súbitamente, Serafín se había convertido en aquello que tantas veces le habíamos llamado: una miserable y arrastrada lombriz. Ante el estupor general, sólo don Obdulio mantuvo la calma. Esbozando una maléfica sonrisa, recogió al kafkiano ser en sus brazos y, seguido de doña Lucrecia, corrió a encerrarse en su despacho. Allí se gestó la terrible maquinación que trajo como consecuencia el despido de los diez operarios de “La Industriosa”. Hoy están a su cargo -y servidores para lo que haga falta- otros tantos Serafines multiusos, sumisos, moldeables, productivos y clones como los mismos productos de Alafresca S.L. A saber si incluso no hay más Serafines exportados a otras empresas de la familia Zapatín.
Serafín, en su estado anélido, fue troceado en diez cachos. De esta forma, reproducido por partenogénesis como tal gusano, el multiplicado pelota recibió una orden cualquiera del don Obdulio para despertar a su condición humana siendo uno y diez a la vez. ¡Pobre desgraciado!
De este inverosímil modo, sustituido por un clon, perdí mi empleo. No hay justicia en este mundo.

Gabriel Cusac
La Colmena Bejarana, marzo de 1994

9 de enero de 2007

Chismes sobre mi vecina de enfrente

Lo primero que llama la atención de mi vecina de enfrente, doña Perfecta Parca Putabruja, es el culo, un culo como Castilla, ancho, muy ancho. Cuando doña Perfecta Parca Putabruja comadrea en el parque mientras virtuosos de la banda municipal tocan La Bejarana, su gran culo, visto por detrás, desborda el grueso de la tabla y diríase del banco que cría cojones. Cuando doña Perfecta Parca Putabruja camina presurosamente hacia la cartelera del barrio en busca de un nuevo óbito -ha palmado un señor que era un santo, pero, cuidado, no te creas, también algo pendejo- parecen existir dos frentes de serrana avalancha bajo su falda. Servidor piensa que si su vecina de enfrente cayera de espaldas no podría levantarse sin ayuda, sería un escarabajo pelotero patas arriba, un tentetieso. Tales son sus asentaderas, muy desbordantes, muy imperialistas, muy incontestables. Y la verdad sea dicha, servidor desearía contemplar el culo desnudo de doña Perfecta Parca Putabruja por curiosidad, pues siempre le han fascinado los desórdenes y excesos de la naturaleza.
Defecto peor que la desmedida exuberancia de su nalgamen es, sin embargo, la afición forofa e inextinguible de la referida hacia las habladurías, los chismorreos, las consejas, los cuentos de boca a oreja donde el paisanaje queda espulgado y se rifan invisibles sambenitos; hacia la devastadora ola de rumores que diariamente baña los graníticos asientos del foro popular bejaraní, empapando hoy a un ciudadano, mañana a otro y pasado a todos, por muy ajeno que Fulano quiera ser, por muy libre, independiente y desoyedor que se crea. Mi vecina de enfrente, patológica trotaconventos, celestina de cuidado, de cara es camandulera y surtidora de cumplidos, pero pobre de servidor, de sus lectores y de quienes no lo son cuando abre la puerta de su casa al escuchar una tos en el portal, cuando espía tras las esquinas los morreos y metemanos de novios y novietes, cuando saca las antenas en el mercado de abastos, cuando cambia consuetudinariamente comentos telefónicos con otras parladoras, cuando se disfraza de pena y es plañidera de los velatorios, cuando va a misa por infiltrarse en los postreros corrillos informativos, como igualmente iría, si existiesen, a nocturnos aquelarres en Peña Negra. Todo fuera por estar enterada.
Tienen los de la pérfida Albión un nombre para este tipo de dañina eva: Mrs. Grundy. Doña Perfecta Parca Putabruja es la Grundy pañosa, la Grundy local, la Grundy que acecha nuestros gestos, nuestras palabras, nuestros pasos, nuestros actos, como si en ello le fuera la vida. Vampira de sucesos impropios, implacable parlanchina, feroz ripiosa, doña Perfecta Parca Putabruja cumple con rigor todos los requisitos de las/los de su calaña, y es, por tanto, hipocondríaca consumada. Es decir, cuando anda escasa de comidilla la entran ardores, cefaleas o flatulencias, y en la infalible hora de espera previa a la consulta médica huronea nuevas a lo largo y ancho del hospital; de ahí que siempre salga curada por partida doble, completando al cabo el equilibrio de su salud con un repaso a los mentideros que topa de vuelta a casa, porque donde haya dos o tres, también se para ella. Me conoce a mí, al de más allá y a usted, estimado lector.
Pero aún me resta contar lo más sorprendente. Quizá no sea creído, mas yo sé que lo vi, juro que lo vi. Sepan que cuando doña Perfecta Parca Putabruja habla siempre lo hace en bisbiseo, apenas sin separar los labios, con la boca casi cerrada. Yo lo tomaba por deformación profesional, algo así como la chepa de los ciclistas o la facilidad de mentira de los políticos, un producto de la especialización en el rumoreo. No; ella se guarda muy bien de mostrar su horrible secreto.
Hará seis días, quiso la Providencia que yo saliese a la terraza para regar mis ornamentales plantas de marihuana. Ella estaba enfrente, bostezando espantosamente tras la ventana. Antes de cerrar la boca sacó la lengua. Fue tan sólo un instante, pero pude apreciar perfectamente su lengua larga y delgada, dividida en el extremo. Una lengua literalmente viperina. Lo juro.
Y no desearía acabar esta crónica sin contar...¡No!...¡Doña Perfecta!...¡Pero cómo coños ha entrado!...¡Dios mío! ¿A dónde va con ese cuchillo de matarife?...¡No, se equivoca! ¡Soy inocente! ¡Soy joven! ¡Señora! ¡Señoraaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa...!
Gabriel Cusac Sánchez
(R.I.P.)

La Colmena Bejarana, octubre de 1993

22 de febrero de 2002

Por cábalas



Ahí tenemos a don Rappel, muestra cojonera, folclórica y mariquitosa del esperpento celtibérico, recomendando en no sé qué semanario/paridario el programa televisivo que más conviene al lector según su signo zodiacal. Cualquier día se asocia con un cocinero y dicta tabla de menús atendiendo al dibujo de los astros: hoy le toca ensaladilla rusa a los piscis, cocido a los libra, puré de verduras a los leo, y así. No dejan de ser asombrosas las altas cotas de estupidez sociológica que hemos alcanzado nosotros, los del XX, que sin dudar tachamos a otros siglos de supersticiosos. Mientras, una crecida hueste de timadores del devenir –taroteros, estrelleros, agoreros por mil y una mancias- se presta a sacar tajada de la situación. Se llaman futurólogos, que suena muy científico, y dejan de ser carniceros, electricistas, legionarios, prostitutas o representantes del Círculo de Lectores, por ejemplo, para convertirse de golpe y porrazo en renacidos merlines, visto que las ganancias pueden ser sustanciosas y que los trabajos de adivino ni fatigan ni desloman; tampoco hay que aguantar al baranda. Como en las ferias ya no se llevan las brujas con esfera de cristal y sapiencia quiromántica, los nuevos profetas montan el gabinete en casa y lo adornan con máscaras africanas, sahumerios de sándalo, velas de colores y láminas cortadas de Año Cero o Más Allá. Algunos quieren dárselas de santeros –el susodicho don Rappel, fíjense, ha escrito un libro de sus santos favoritos; supongo que al lado de cada perfecto vendrá la receta anexa- y completan el escenario con estampitas milagreras y madonnas, preferiblemente apocalípticas –Fátima, Lourdes, Garabandal...-, con cuerpo de escayola. Y a un servidor, que es dado a lo hermético y tiene su punto de fe en la magia –largo, casi biográfico y un ápice teológico sería explicar el porqué- le repugna tanto mercadeo, tanta chalanería y tanto exoterismo –que no esoterismo- de truhanes a la caza del incauto, sea el pobre parado que cede a la desesperación, sea la condesa de la picha tiesa que alivia su neurosis acudiendo el lunes al psicólogo y el martes al chamán. Invito a los fieles de este abejar bejaraní -¡qué bien suena!- a hacer un experimento. Acudan sus mercedes a cualquier biblioteca y repasen los insustituibles horóscopos de cuatro o cinco prensas distintas; lo más probable es que encuentren también otros tantos futuros dispares, para el día o para la semana. Lo mismo ocurriría en el caso de visitar a varios “futurólogos”. Tendrían que unificar criterios, tales elementos.
Este que les cuenta cree sin embargo en cierta ligazón universal, en una relación analógica total que reniega de la casualidad o del azar, asunto que ya recoge la legendaria Tabla Esmeraldina y que al fin y al cabo se halla presente en las creencias primordiales de todos los pueblos. Y se permite ahora sacar a colación dos infaustos sucesos recientes para ensayar con ustedes una conclusión augur. Vamos allá.
El día 1 de agosto fallecía trágicamente el niño Aitor Iglesias. En una visita al Museo Gaudí, sito en los sótanos del templo barcelonés de la Sagrada Familia, se desplomó sobre él una pieza de escayola de más de doscientos kilos de peso. Esta pieza era réplica de uno de los capiteles de la Fachada del Nacimiento, una bola con puntas que forma parte de las llamadas constelaciones gaudianas.
Doce días más tarde, una estatua de la catedral de Burgos vuela de su pedestal y cae en el atrio de la puerta catedralicia principal. Cayó un San Lorenzo de dos metros de altura y de trescientos kilos de peso.
Los dos sucesos relacionados con un templo, y el niño se llamaba Iglesias. Los dos en agosto, y entre medias la fiesta del santo tostado. ¡San Lorenzo, el de los celestes fuegos! ¿Cabe asociar la constelación gaudiana a un ardiente cometa?
Escrutando en el fondo de mi botella de cristal –que no tengo bola hechicera- descubro fuego (o luz), iglesia (como recinto o como estamento), y trágicas caídas... ¡Oigan, que tampoco las grandes videntes otean siempre hechos concretos, como si la cosa fuera cine! Juguemos a buscar el mensaje de estos signos.
¿Caerá un meteorito sobre una iglesia plagada de almas? ¿O será, al contrario, una estrella eclesiástica, un vara alta mitrado el que caiga? ¿Y tendrá éste responsabilidad en alguna desgracia ocurrida a un inocente? ¿O todo se relaciona con los incendios forestales, plaga temporera de cada bendito agosto en este bendito país?
No lo sé; vaticinen ustedes. O repasen las noticias de los últimos días en busca de concordias, porque posiblemente estos pliegos enseñen el palmito en septiembre, y esto sí que es profetizar con ventaja, como hizo el hijo de Nostradamus, el de las sibilas. Centurias. Sí señor, Nostradamus Junior (pido disculpas, no recuerdo el nombre del cabroncete) predijo que un pueblo sería arrasado por las llamas, y al poco se le descubrió intentando quemar un pajar del sitio. ¡Si papá hubiera levantado la cabeza!

Gabriel Cusac
LA COLMENA BEJARANA, septiembre de 1994

22 de febrero de 2000

Recuerdo de Don Príapo, vicioso ejemplar



La tragedia comenzó con la aparición súbita de aquellas dos extrañas protuberancias.
Don Príapo García-Crápula Jiménez-Íncubo y de los Dídimos, marqués de Pichabrava, no tenía reparos ni sonrojos en proclamar su condición de epicúreo, erotómano y sensual, pero como era rico y marqués todos lo veían muy bien y nadie le llamaba salido, que sería el término más llano y sincero de definirle.
Al poco, sobre las protuberancias, emergió un pequeño apéndice central.
Don Príapo nació como le habría gustado nacer a todo cristiano e incluso a todo infiel, es decir, con el pan debajo del brazo, y desde bien mozo se volvió lo que todo cristiano e infiel nacido con el pan debajo del brazo se vuelve al llegar a determinada edad si es que anda espabilado, es decir, se volvió un libertino.
Lo más molesto del inaudito fenómeno es que se manifestaba en la misma frente del marqués.
Don Príapo nunca pisó el pueblo de Palomares de Béjar, donde, como todo el mundo sabe, la vida es una fiesta, pero no se recuerda existencia más festera desde el tiempo de los césares que la de este sangre azul vicioso, trueno y follador.
Los prestigiosos galenos que estudiaron su mal confesaron ignorancia al respecto, y tampoco el método de la prestigiosa sanadora hurdana Petronila Zuruto Achicoria, consistente en emplastos de ortiga y helecho y estrangulamiento de las prominencias con hilo de oro, dio resultado.
Don Príapo bebía como un cosaco, comía como un Pantagruel, esnifaba más que un oso hormiguero y no envidiaba en gastos a un Boyer, pero de todos los placeres se volcaba al principal, lo que da pie a decir que también fornicaba como un Casanova, y no es baladí que cada amanecer salía de su gótico palacete tal torrente putero que diríanse esquilmadas las mancebías de toda la provincia.
Y aquello crecía y crecía de un modo alarmante, rodeándose además de una horrible pelambrera, hasta que hubo de aplicarse la solución radical: amputar.
Don Príapo, desde que le caparon sus peculiares genitales de testa, perdió por alguna desconocida correspondencia la fuerza vital de los de abajo, léase que quedó impotente, el peor castigo que podría sufrir un verraco de su especie. Palos que da la vida, jugarretas del jodido destino. Don Príapo García-Crápula Jiménez-Íncubo y de los Dídimos, marqués de Pichabrava, príncipe bohemio, flor de los vividores, hombre espermatozoide, decidió finar su medio siglo ahorcándose, por si era cierto el dicho y al menos palmaba con la botavara alzada. Dejó una nota para su epitafio: “Más vale morir que perder la vida”.
¿Qué vicios gastará en Pandemónium?

Gabriel Cusac
La Colmena Bejarana, agosto de 1993