3 de abril de 2026

Torres Villarroel y los duendes de la calle Fuencarral

Piadoso consigo mismo (y quizá alienígena), Torres Villarroel decía tener "catadura germánica"



Dos galeones colosales rompen la mar llana del panorama literario español del XVIII, siglo de latón que sucedió al de oro. A uno se le considera el introductor del ensayo en las letras patrias; al otro, de la autobiografía. Uno, gallego; el otro, salmantino. Uno, Benito por partida doble, de pila y benedictino temprano, a los 14 años; el otro, Diego, cura tardío, a los 52 abriles. Como somos el inescrutable país de la contradicción, ambos ilustrados y racionalistas. Ambos también sabios y polígrafos y, como somos el puñetero país de Caín (y ya estaba agotada la zozobra de culteranismo y conceptismo), ambos a la gresca.
Sobrado de razones, atacó Benito Feijoo en el primer tomo de su Teatro crítico universal (1726) los auspicios estelares, o sea la llamada astrología judiciaria, como forma de superstición. Y el Gran Piscator de Salamanca, bastante más espabilado y científico que el fraile, pero que había encontrado un filón en sus Almanaques y Pronósticos (al fin y al cabo divertimentos Nostradamus style), entendió como una estupenda maniobra de márquetin alimentar una polémica artificial apelando, con más retórica y mala leche quevedescas que con argumentos reales, a la libertad creativa y el derecho a la fantasía, sobre todo si a través de ella se llegaba a los garbanzos. Ya demuestra el pícaro Torres Villarroel ser un cabronazo de cuidado en su artera Vida (1743-1751, publicada por entregas): un ejercicio de buena prosa a la par que de cinismo acrobático, donde jesuíticamente se difuminan, cuando no se ignoran, sus andanzas más controvertidas.
Tienen los buscadores de rarezas un tesoro ameno en los escritos de Feijoo y Torres Villarroel. Por ejemplo, comenta el gallego en la vigésima de las Cartas eruditas y curiosas (1742-1760) el famoso tratado de su colega Dom Calmet, coincidiendo los benedictinos en lo fabuloso del tema vampírico (aunque les hemos de suponer creyentes en otros misterios inconmensurables, tales la Inmaculada Concepción, la Santísima Trinidad o la Transubstanciación, ya saben). Pero es en el enciclopédico Teatro donde se halla desplegado todo un verdadero catálogo de prodigios: personas que no duermen nunca, combustiones espontáneas, endemoniados, fantasmas… Y pese a que predomina el buen criterio en sus conclusiones, Feijoo a veces se deja engatusar por la falsa certificación que antes sustentaron las mirabilia medievales o los tratados de monstruos renacentistas: la autoridad de los historiadores clásicos grecolatinos o la no menos importante de los doctores canónicos. Así, cree en nereidas y tritones, o en sátiros y faunos, como fruto de “concúbitos infames” entre humanos y animales, algo que sin duda provocaría la risa del nada ingenuo Torres Villarroel. 
Efectivamente, el salmantino es un campeón del escepticismo. En Juicio y pronóstico del globo y tres columnas de fuego (1730) aborda un extraño fenómeno atmosférico producido en España, posiblemente una aurora boreal, pero en ningún momento se desvía de la perspectiva científica. Sus almanaques son un juego literario lucrativo. Además de médico (pero renegando, por básicos y dispares, de los conocimientos científicos al respecto) y catedrático de Matemáticas en la Universidad de Salamanca, fue astrólogo y mago de pega, imposturas donde alcanzó el éxito a la par que ridiculizaba la credulidad de las gentes. Suya es la cita: “Las brujas, las hechiceras, los duendes, los espiritados [endemoniados] y sus relaciones, historias y chistes, me arrullan, me entretienen y me sacan al semblante una burlona risa, en vez de introducirme el miedo y el espanto. Varias veces he proferido en las conversaciones que traigo siempre en mi bolsillo un doblón de a ocho, que en esta era vale más de trescientos reales, para dárselo a quien me quiera hechizar, o regalársele a una bruja, a una espiritada que yo examine, o al que me quisiere meter en una casa donde habite un duende. Me he convidado a vivir en ella sin más premio que el ahorro de los alquileres; y hasta ahora he pagado las que he vivido, y discurro que mi doblón me servirá para misas, porque ya creo que me he de morir sin verme hechizado ni sorbido [puede entenderse como endemoniado o loco]. 
Pero esta frase, extractada del “trozo tercero” de su Vida, ya anticipa, en eso del ahorro de los alquileres, el motivo de la presente entrada: una escalofriante aventura que relatará al final del mismo capítulo o “trozo”, y que a nuestros ojos modernos se revela antecedente verídico y temprano de las ficciones del género de terror donde aparece la figura del “investigador psíquico”, como La maldición de Hill House o La casa infernal (cito mis dos muestras preferidas). Porque Torres Villarroel, ni más ni menos, es invitado a pernoctar en una mansión con el objetivo de que la desencante. 
Disfruten de la curiosidad en palabras del Gran Piscator: 
…una tarde muy cercana al día de nuestra delincuente resolución, encontré en la calle de Atocha a don Julián Casquero, capellán de la excelentísima señora condesa de los Arcos. Venía este en busca mía, sin color en el rostro, poseído del espanto y lleno de una horrorosa cobardía. Estaba el hombre tan trémulo, tan pajizo y tan arrebatado como si se le hubiera aparecido alguna cosa sobrenatural. Balbuciente y con las voces lánguidas y rotas, en ademán de enfermo que habla con el frío de la calentura, me dio a entender que me venía buscando para que aquella noche acompañase a la señora condesa, que yacía horriblemente atribulada con la novedad de un tremendo y extraño ruido que tres noches antes había resonado en todos los centros y extremidades de las piezas de la casa. Ponderome el tristísimo pavor que padecían todas las criadas y criados, y añadió que su ama tendría mucho consuelo y serenidad en verme y en que la acompañase en aquella insoportable confusión y tumultuosa angustia. Prometí ir a besar sus pies sumamente alegre, porque el padecer yo el miedo y la turbación era dudoso, y de cierto aseguraba una buena cena aquella noche. Llegó la hora; fui a la casa; entráronme hasta el gabinete de su excelencia en donde la hallé afligida, pavorosa y rodeada de sus asistentas, todas tan pálidas, inmobles y mudas que parecían estatuas. Procuré apartar, con la rudeza y desenfado de mis expresiones, el asombro que se les había metido en el espíritu; ofrecí rondar los escondites más ocultos y, con mi ingenuidad y mis promesas, quedaron sus corazones más tratables. Yo cené con sabroso apetito a las diez de la noche, y a esta hora empezaron los lacayos a sacar las camas de las habitaciones de los criados, las que tendían en un salón donde se acostaba todo el montón de familiares para sufrir sin tanto horror, con los alivios de la sociedad, el ignorado ruido que esperaban. Capitulose a bulto, entre los tímidos y los inocentes, a este rumor por juego, locura y ejercicio de duende, sin más causa que haber dado la manía, la precipitación o el antojo de la vulgaridad este nombre a todos los estrépitos nocturnos. 
Apiñaron en el salón catorce camas, en las que se fueron mal metiendo personas de ambos sexos y de todos estados. Cada una se fue desnudando y haciendo sus menesteres indispensables con el recato, decencia y silencio más posible. Yo me apoderé de una silla, puse a mi lado una hacha de cuatro mechas y un espadón cargado de orín y, sin acordarme de cosa de esta vida ni de la otra, empecé a dormir con admirable serenidad. A la una de la noche resonó con bastante sentimiento el enfadoso ruido; gritaron los que estaban empanados en el pastelón de la pieza; desperté con prontitud y oí unos golpes vagos, turbios y de dificultoso examen en diferentes sitios de la casa. Subí, favorecido de mi luz y de mi espadón, a los desvanes y azoteas, y no encontré fantasma, esperezo [ser sobrenatural] ni bulto de cosa racional. Volvieron a mecerse y repetirse los porrazos; yo torné a examinar el paraje donde presumí que podían tener su origen, y tampoco pude descubrir la causa, el nacimiento ni el actor. Continuaba, de cuarto en cuarto de hora, el descomunal estruendo y, en esta alternativa, duró hasta las tres y media de la mañana. Once días estuvimos escuchando y padeciendo a las mismas horas los tristes y tonitruosos golpes. Y, cansada su excelencia de sufrir el ruido, la descomodidad y la vigilia, trató de esconderse en el primer rincón que encontrase vacío, aunque no fuese abonado a su persona, grandeza y familia dilatada. Mandó adelantar en vivas diligencias su deliberación, y sus criados se pusieron en una precipitada obediencia, ya de reverentes, ya de horrorizados con el suceso de la última noche, que fue el que diré. 
Al prolijo llamamiento y burlona repetición de unos pequeños y alternados golpecillos, que sonaban sobre el techo del salón donde estaba la tropa de los aturdidos, subí yo, como lo hacía siempre, ya sin la espada, porque me desengañó la porfía de mis inquisiciones que no podía ser viviente racional el artífice de aquella espantosa inquietud. Y al llegar a una crujía, que era cuartel de toda la chusma de librea, me apagaron el hacha, sin dejar en alguno de los cuatro pábilos una morceña de luz, faltando también en el mismo instante otras dos que alumbraban en unas lamparillas, en los extremos de la dilatada habitación. Retumbaron, inmediatamente que quedé en la obscuridad, cuatro golpes tan tremendos, que me dejó sordo, asombrado y fuera de mí lo irregular y desentonado de su ruido. En las piezas de abajo, correspondientes a la crujía, se desprendieron en este punto seis cuadros de grande y pesada magnitud, cuya historia era la vida de los siete infantes de Lara, dejando en sus lugares las dos argollas de arriba y las dos escarpias de abajo, en que estaban pendientes y sostenidos. Inmóvil y sin uso en la lengua, me tiré al suelo y, ganando en cuatro pies las distancias, después de largos rodeos, pude atinar con la escalera. Levanté mi figura y, aunque poseído del horror, me quedó la advertencia para bajar a un patio, y en su fuente me chapucé y recobré algún poco del sobresalto y el temor. Entré en la sala, vi a todos los contenidos en su hojaldre abrazados unos con otros y creyendo que les había llegado la hora de su muerte. Supliqué a la excelentísima que no me mandase volver a la solicitud necia de tan escondido portento, que ya no era buscar desengaños, sino desesperaciones. Así me lo concedió su excelencia, y al día siguiente nos mudamos a una casa de la calle del Pez, desde la de Foncarral, en donde sucedió esta rara, inaveriguable y verdadera historia”. 
“No podía ser viviente racional el artífice de aquella espantosa inquietud”. Pues ya ven cómo se la envaina ahora nuestro balandrón y a la vez cartesiano personaje. Nunca es descartable el fraude, por supuesto; se han apuntado posibles intereses para obligar al desalojo de la condesa de Arcos del caserón de la calle Fuencarral. Pero, con tantos “encamados en aquel hospital del aturdimiento y del espanto” (Villarroel dixit), donde se contrata ex profeso al Gran Piscator para solucionar el misterio, donde se repiten los ruidos noche tras noche, donde las velas se apagan y seis cuadros de gran tamaño caen simultáneamente (¡qué bueno, el de los efectos especiales!) y donde, por añadidura, se pueden sumar más detalles del caso a cargo de otros testigos y también del mismo Torres Villarroel en una obra anterior, Anatomía de todo lo visible e invisible (1738)… A veces es más lógico reconocer que el suceso paranormal se ha producido. Más cuando el sobrado salmantino, el engañador, el que se ríe de la credulidad de sus congéneres, encuentra la horma del zapato y queda obligado a admitir su miedo y su fracaso, aunque unas páginas antes se mostrara tan gallito evocando la sonrisa burlona al oír de brujas y duendes. 
No me digan que no ha sido interesante este “trozo” del trozo tercero de la Vida del español a su vez más interesante del siglo XVIII. Y, por favor, no se crean que me he estibado el infinito Teatro crítico universal; lo he transitado tramposamente, en una edición antológica moderna y recurriendo, a demanda, a las pesquisas internáuticas concretas. Entre nuestros contemporáneos, es muy posible que la hazaña de la lectura íntegra del mamotreto solo la haya cumplido Luis Alberto de Cuenca, quien, como el padre de Feijoo, fue bendecido con el envidiable don de la memoria fotográfica.
 
Gabriel Cusac Sánchez

28 de septiembre de 2025

El anciano de aspecto venerable

 

"Autorretrato como Zeuxis riendo", Rembrandt


Hace poco tiempo decidí encontrar a un anciano de aspecto venerable. Porque me di cuenta de que no conocía ninguno, a pesar de que tal  expresión, “anciano de aspecto venerable”, parecía repetirse infinitamente de forma oral o escrita. No obstante, para fundamentar este texto de una forma elegante, busqué ejemplos. Es decir, recurrí a internet y a la IA, instrumentos que nos convierten en una especie de dioses cuñados y permiten la referencia culta  incluso a quien solo lee prospectos o prensa deportiva. Pues la IA, que es la hostia, solo pudo localizar dos ejemplos literarios, uno en una novela  de García Márquez y otro en un cuento de Unamuno. Al respecto, tengo que añadir dos puntualizaciones: a) a pesar de la escasez de ejemplos, es obvio que la expresión goza de bastante popularidad, de otro modo no se explica que me  lleve agusanando la cabeza desde chinorri b) os jodéis y buscáis vosotros mismos los textos de Gabo y del brasas de Unamuno.

Primero en política, como concejal de Urbanismo, y luego en la cárcel, aprendí una importante lección: es necesario cuestionarse todo, absolutamente todo. Y, en el asunto que nos ocupa: ¿cómo cojones se explica que en toda mi puta vida no recuerde a ningún anciano de aspecto venerable? ¿Acaso se trata de un mito, de un arquetipo jungiano, de una quimera universal? ¿Una mentira obscena como la del “molt honorable” Jordi Pujol?

Aprovechando que, con motivo de una de tantas celebraciones casposas, el Ayuntamiento repartía comida gratis en la Plaza Mayor, decidí acercarme al foro para solucionar el enigma entre los cientos de jubilados que a buen seguro se concentraban allí. Qué decepción. Fue una experiencia traumática. Únicamente hallé ceños fruncidos, mandíbulas descolgadas, miradas rapaces, gestos de desconfianza, bocados desbocados y chismes maledicentes. También panceta, sudor y cubiertos de plástico.

Con una extraña sensación de aturdimiento, lo primero que hice al llegar a casa fue ducharme. Luego, frente al espejo, aplasté los cuatro pelos que crecen en mi cabeza a modo de matorral estepario. Y fue así, frente al espejo, cuando me di cuenta de que estaba mirando a un anciano de aspecto venerable.

Os vais a cagar.

 

Gabriel Cusac Sánchez

27 de octubre de 2024

Sic transit gloria mundi (Primer Premio en el Concurso de Relatos Víctor Chamorro, Hervás 2024)

 


In ictu oculi, Valdés Leal


   Sic transit gloria mundi

Gabriel Cusac Sánchez

 

 

   En la escuela nos han enseñado la historia de una mujer -y reina por la jerarquía, la belleza y la inteligencia- que besaba al poeta dormido por feo que fuera.

Gaston Leroux, La muñeca ensangrentada

  

 

I. Cómo es Jesús María Oppenheimer-Sánchez y Fecales de Zamarramala. Atenciones prosopográficas y etopéyicas.

   Llamadle Chuchi.

   Salvando algunos casos circunscritos a  la infancia y a determinados tipos de vesania, ningún lector es capaz de formar una imagen mental siquiera aproximada del personaje descrito en un texto, del mismo modo que para saber cómo son un manzano, un mejillón o la flor de la canela hay que verlos, no consultar el diccionario. Sin embargo, considerando que este tipo de retratos artificiosos forman parte de los cánones literarios (considerando además que existe una gran probabilidad de que el jurado de este concurso, amén de ilustre y soberano, sea también gran observador de los cánones literarios), procederemos al engorroso,    pero necesario, trámite  descriptivo que, en su parte prosopográfica, podría intitularse Chuchi, o cuando la anatomía es un agravio.

   Chuchi es un ser escuchimizado, una miseria de hombre que alcanza el metro sesenta con problemas y tiene las carnes justas para envolver la osamenta. Este prototipo de canijo, este auténtico miñambres de pechos acuchillados por las costillas, padece empero una enfermedad paradójica, una enfermedad rara como un obispo apóstata o una mariposa de diciembre, pero que sin duda existe y es culpable no solo de la desproporción manifiesta de sus pies, manos y apéndice central, sino también de su mote, léase don Nosferatu, donde el tratamiento pronuncia la coña. Si Chuchi enterrara sus manos, quizá arraigaría. Si Chuchi enterrase sus pies y alzara los brazos, sería algo parecido a  esos árboles personificados que salen en los cuentos infantiles. Para completar el ramito, añádase que Chuchi cojea de la izquierda por una polio. Mirando por el lado bueno este breve, pero cruento, catálogo de adversidades físicas, cabe apuntar que Chuchi se libró de la mili, rito de iniciación patriótico antaño obligatorio.

   En lo que respecta a la segunda parte de las descripciones prosopográficas canónicas, o sea el rostro, todo resulta mucho más sencillo señalando al atento lector el término médico facies peritoneal,  concepto que  resume excelentemente este apartado aunque, en puridad, no podamos hablar de cuadro clínico. Comprimida y sufriente per se, como hecha un gurruño, semejante facies queda enmarcada o escondida, depende, por una media melena -negra como ala de cuervo, negra asimismo como la propia ceja doble de Chuchi- donde se concilian el mester de juglaría   y el heavy metal, dada la prolongación de la misma en sendas patillas de hacha. Otras reminiscencias medievales asoman en: a) los pómulos, marcados como almenas; b) la nariz, abultada y granosa, con cierto aspecto de bola de mangual; c) la mandíbula inferior, tal ariete d) orejas de soplillo en los flancos de la facies o panoplia, a modo de tenantes custodios. Utilizaremos una referencia moderna, empero, para construir otra bella metáfora calificando su sonrisa de estadística, por lo de las gráficas de barras. Y la última pincelada de este lienzo: ojos verdes, muy bonitos, en el fondo de las cuencas, dos esmeraldas tiradas a sendos pozos.

   Hoy por hoy, Chuchi tiene cincuenta y cinco años.

   Finadas las dos partes canónicas relativas a la prosopografía, únicamente resta atender la etopeya. Luego ya empezaremos a contar una historia.

   Etopéyicamente, Chuchi es un tío muy majo, vaya que sí. Por eso no mentimos al calificarle como bella persona, aunque no sea una persona bella.

    Y ya, sin más dilación, pasamos a contar qué le pasa a Jesús María Oppenheimer-Sánchez y Fecales de Zamarramala, alias don Nosferatu,  llamadle Chuchi.

 

II. Qué le pasa a Chuchi. El meollo propiamente dicho.

      Chuchi vive en una pequeña ciudad salmantina, descolgada del campo charro, cuyo nombre no aparecerá en estos papeles discretos. Si hacemos caso a los postulados del  determinismo geográfico, el entorno privilegiado de dicha (o no dicha) ciudad asegura la altivez, la nobleza, la generosidad, la firmeza de carácter, la amplitud de miras de su paisanaje. Si hacemos caso al refranero popular, en todas partes cuecen habas. Si nos olvidamos de pamplinas, resulta bastante significativo explicitar que no tanto por su peculiar fisonomía urbana, a modo de franja extendiéndose elásticamente sobre un valle, como por la todavía más peculiar idiosincrasia de sus habitantes, es llamada la ciudad estrecha. En ella conviven pacíficamente unas doce mil almas, unidas por las fuertes trabazones de la vecindad, los intereses comunes, la genealogía recurrente, la desconfianza frente al extranjero, el chismorreo, la envidia, el acentuado complejo pueblerino frente a la ancha y cosmopolita capital de provincia, etc. Un lugar del confín de Castilla, en definitiva, bastante habitable en términos generales, donde Chuchi saluda a los vivos, entierra a los muertos y perdura en una soltería aparentemente plácida… Pero sólo aparentemente, y entra aquí el meollo, o sea nudo narrativo.

   Porque esta placidez, el sentencioso recurso del buey solo, no es más que una coartada convencional, un falso impermeable del alma, un disfraz que le proporciona cierta comodidad a la hora de posar frente al mundo, pues enseñar la desgracia significa multiplicarla (o eso piensa nuestro personaje). En realidad es ya rancia su inquietud de encontrar la media naranja; nada desea más desde que dejó atrás una niñez no especialmente memorable, cuando su nombre equivalía al toque a rebato contra el chivo expiatorio. Pero esa complementaria mitad de salustiana, valencia o navelina también lleva retrasando su advenimiento desde entonces, con una tozudez indiciosa de la utopía, sin un resquicio siquiera probable donde pudiera haberse despistado la fatalidad. Chuchi, durante tan largo periplo, no ha tenido ni rollos, ni aventuras, ni noviazgos, y solo las recurrentes procuras de la piel y la palabra mercenarias han supuesto, siempre con un regusto amargo, el pobre lenitivo a la carencia de una compañera amada[1].

    La empresa de conseguir esta compañera, dadas sus hechuras (las de Chuchi), resulta harto compleja; al no padecer de idiocia, es muy consciente de ello. Lo rubrica la frecuencia de un sueño. Chuchi está en la barra de La Venus  Sexy, atrapando una copa entre su diestra, especie de tenaza prensil que convierte el vaso de tubo en una probeta. Sostiene un cigarro con la otra mano -en La Venus Sexy, ínsula libertaria, se permite fumar, esnifar y hablar en voz alta-, y cada vez que da una calada parece que va a sacarse los ojos. Como una noche de sábado cualquiera, de no ser porque el prostíbulo alberga una clientela bastante distinta a la parada de los monstruos habitual, y tanto a su lado pide un cubata el de Frankenstein que Quasimodo se mete en el reservado con la mulata Marlene, o entran en el garito Michael Jackson y Mick Jagger; el hombre lobo, con un chándal del Athletic, siempre está echando a la tragaperras. Suena una canción de Los Chunguitos una y otra vez, una y otra vez bebe como los peces del villancico sin que el sol y sombra se agote, fuma el cigarro infinito. Y despierta Chuchi sudoroso, sediento y abatido, sintiéndose más freak que nunca. Luego se pregunta por qué el hombre lobo viste chándal del Athletic, si el fútbol le trae al pairo, pero este enigma, al fin y al cabo, es baladí.

    Al asunto de las hechuras, de su fealdad teratológica, deben añadirse dos problemas secundarios: la propia estrechez de la ciudad estrecha, donde todas las mujeres solteras, si no están comprometidas, lo parecen, y un oficio que, acaso debido a cierto recelo supersticioso, no favorece precisamente el establecimiento de las relaciones amatorias. Contrariedades que nos ofrecen la oportunidad, por fin, de utilizar la palabra tesitura, del mismo modo que, con anterioridad (y, modestia aparte, también con buen tino), hemos recurrido a otro vocablo culmen de nuestro léxico: periplo. Pues bien, ante esta tesitura, Chuchi lleva algunos años desarrollando una respuesta que hasta el momento no ha dado los frutos deseados, pero en la que confía ciertamente. Se trata de publicitar su belleza interior, de compensar, digamos, los estragos prosopográficos  con las virtudes etopéyicas. Hablando más claro: Chuchi busca la notoriedad, la fama. Aunque no la fama per se, fatua aspiración sintomática del complejo de inferioridad, sino la praxis de la fama, ésta como inefable reclamo de su media salustiana, valencia o navelina. Existen, al caso, varios caminos. Caminos fatigosos, como la gesta deportiva; caminos impúdicos, como la política (donde la competencia es aún más feroz); caminos inanes, como el regicidio; caminos de ancho acceso, pero que la masificación convierte en intransitables, como el voluntariado heroico; y trochas más que caminos, cuajadas de tropiezos, barrancos, sumisiones y decepciones, como las que conducen al caro Olimpo literario. Pues bien, Chuchi ha decidido atrochar.

    Chuchi pretende ser un gran escritor. Aunque acaso sazonada de tópico y esperanza, Chuchi tiene la certeza de que todas las mujeres sienten admiración por los escritores; sostiene Chuchi que es este un oficio muy vistoso y seductor, con más gancho incluso que otras profesiones tan bien consideradas a la estima femenina como médico, bombero o policía. A un escritor, solo por serlo, se le atribuyen virtudes estupendas, como la sensibilidad y la inteligencia; un escritor es un ser maravilloso capaz de extasiarse con los amaneceres y los ocasos, e incluso entre medias, a cualquier hora del día, puede regalar los oídos de una dama con ternuras y lindezas. Dos o tres metáforas bien dichas, y a la dama ya le están haciendo los ojos chiribitas… ¡Qué praxis! ¡Menuda bicoca!

   Sí, ser escritor, prosista o poeta. A los efectos tanto da, aunque quizá  lo de poeta suene bastante mejor (dramaturgo también suena fabuloso, pero, de teatro, sólo conoce  La venganza de don Mendo) y, además, Chuchi ya ha hecho sus pinitos líricos. La gente parece que no se ha enterado, pero en estos papeles estamos hablando del eximio ganador de las tres últimas ediciones de las Justas Poéticas Fúnebres, concurso dotado con 250 euros y Calavera de Oro para el vencedor, que patrocinan conjuntamente la Asociación Nacional de Enterradores y la empresa funeraria Suspiros de España. Las calaveras no son de oro, esto se puede considerar una licencia poética. Son de escayola y están pintadas de purpurina, pero muy logradas y a tamaño natural. Chuchi, apañado como él mismo, ha logrado integrarlas armónicamente en el conjunto de la decoración doméstica, colocando una a cada lado del televisor y otra, alzada sobre dos cajas de zapatos y un tarugo zagueros, asomando por encima de la pantalla. A este conjunto bizarro, Chuchi, que es todo un Góngora, lo denomina Podio Fúnebre, y ya está pensando en cómo no romper la armonía decorativa si gana la siguiente edición.

   Con tales precedentes, cabe confiar en el potencial lírico de Chuchi, quien aspira a dar el salto presentándose a concursos literarios de más renombre y, por qué no, de más remuneración. Como él dice, el éxito está en ciernes/como lo está del jueves el viernes. Y es que ser poeta es una opción vital.  Otra cosa es ganarse los garbanzos, claro. Pero en tanto llegan los preciados laureles de la dea Fama, Chuchi va formándose, y, de momento,  ya es  todo un erudito en cuanto a poesías  fúnebres, macabras,  necrófilas y similares. Un necrolírico, podría decirse. Muy pocas personas (entre las que indudablemente, empero, se cuentan los miembros del ilustre y soberano jurado) están versadas en la materia. ¿Quién conoce los Epitafios de Villon y de Corbière? ¿Y las Tumbas de Mallarmé? ¿Y Como un lejano estanque de Jean Lorrain, El lecho de la muerte de Montesquieu, el Testamento de Charles Cros o La primera noche de Jules Laforgue? ¿Pero quién coño ha leído todo esto, eh, quién coño?

   Chuchi sí. A nuestro vate sepulcral quizá sólo le faltaría ser enterrador en un camposanto de postín, el  Père-Lachaise, el Histórico de Londres, el romano de los poetas, para que el caudal de su inspiración, de su particular y, de momento, modesta Castalia, aflore a borbotones. Sin embargo, el cielo de sus esperanzas se ve entorpecido por los sombríos nubarrones de la duda. Y la duda versa sobre su propio talento. Porque, aunque no dejase de acumular calaveras de purpurina, aunque convirtiera el comedor en una versión casera y áurea de la cripta  dei capuccini o de la capela des ossos, su poesía tiene la transparencia del agua. Es decir, se le entiende todo. En cambio, a todos los de antes… ¡a veces parece que hay que darles de comer aparte! Lee los versos de sus maestros, de tales sepultureros máximos, y hay algunas cosas que entiende, otras que cree entender y muchas que son jeroglíficos insolubles. Lee los suyos, y echa de menos tanta mandanga y retorcimiento. Tienen, los susodichos, un estro complejo y sutil, un estro de agárrate y no te menees. Todos, además, de los tiempos de Maricastaña, unas auténticas momias… ¿No habrá escogido una especialidad trasnochada? ¿No serán, además,  las Justas Poéticas Fúnebres, un concurso -acaso, nunca mejor dicho- de mala muerte?  ¿Por ende, no serán, sus aspiraciones líricas, más fatuas que los fuegos fatuos? ¿Y no supone el colmo de la hipocresía meter, a la primera de cambio, el sic transit gloria mundi en todos sus poemas, cuando precisamente lo que busca es la gloria mundi a toda costa?

   Además del sic transit gloria mundi le preocupa el tempus fugit. Ya corrido, muy de largo, el medio siglo, Chuchi cree que ha llegado el momento de tomar decisiones, de emprender la revolución personal (de hecho, por ejemplo, no hace ni tres días que pidió por internet una pala americana, una de esas palas estrechas y de mango largo que usan todos los sepultureros y profanadores de las películas); el cambio debe suceder ahora o nunca.

    Chuchi ya ha dado el paso, y muda a la prosa. Lo hace, por añadidura, presentándose a un concurso de enjundia y solera. Ha construido un texto sincero, una gavilla de folios a medias entre la confesión y la instancia, una suerte de microbiografía con sus adjetivos, sus metáforas y sus preceptivas atenciones prosopográficas y etopéyicas. Ahora, espera el fallo.

 

 III. Adónde conduce toda esta milonga: el desenlace.

   Que depende de los ilustres y soberanos miembros del jurado, a quienes, gentilmente, se ofrece la inédita conclusión de esta historia.



[1] Observe el ilustre y soberano jurado la calidad y el sentido dramático imperantes en este párrafo.