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| Piadoso consigo mismo (y quizá alienígena), Torres Villarroel decía tener "catadura germánica" |
Dos galeones colosales rompen la mar llana del panorama literario español del XVIII, siglo de latón que sucedió al de oro. A uno se le considera el introductor del ensayo en las letras patrias; al otro, de la autobiografía. Uno, gallego; el otro, salmantino. Uno, Benito por partida doble, de pila y benedictino temprano, a los 14 años; el otro, Diego, cura tardío, a los 52 abriles. Como somos el inescrutable país de la contradicción, ambos ilustrados y racionalistas. Ambos también sabios y polígrafos y, como somos el puñetero país de Caín (y ya estaba agotada la zozobra de culteranismo y conceptismo), ambos a la gresca.
Sobrado de razones, atacó Benito Feijoo en el primer tomo de su Teatro crítico universal (1726) los auspicios estelares, o sea la llamada astrología judiciaria, como forma de superstición. Y el Gran Piscator de Salamanca, bastante más espabilado y científico que el fraile, pero que había encontrado un filón en sus Almanaques y Pronósticos (al fin y al cabo divertimentos Nostradamus style), entendió como una estupenda maniobra de márquetin alimentar una polémica artificial apelando, con más retórica y mala leche quevedescas que con argumentos reales, a la libertad creativa y el derecho a la fantasía, sobre todo si a través de ella se llegaba a los garbanzos. Ya demuestra el pícaro Torres Villarroel ser un cabronazo de cuidado en su artera Vida (1743-1751, publicada por entregas): un ejercicio de buena prosa a la par que de cinismo acrobático, donde jesuíticamente se difuminan, cuando no se ignoran, sus andanzas más controvertidas.
Tienen los buscadores de rarezas un tesoro ameno en los escritos de Feijoo y Torres Villarroel. Por ejemplo, comenta el gallego en la vigésima de las Cartas eruditas y curiosas (1742-1760) el famoso tratado de su colega Dom Calmet, coincidiendo los benedictinos en lo fabuloso del tema vampírico (aunque les hemos de suponer creyentes en otros misterios inconmensurables, tales la Inmaculada Concepción, la Santísima Trinidad o la Transubstanciación, ya saben). Pero es en el enciclopédico Teatro donde se halla desplegado todo un verdadero catálogo de prodigios: personas que no duermen nunca, combustiones espontáneas, endemoniados, fantasmas… Y pese a que predomina el buen criterio en sus conclusiones, Feijoo a veces se deja engatusar por la falsa certificación que antes sustentaron las mirabilia medievales o los tratados de monstruos renacentistas: la autoridad de los historiadores clásicos grecolatinos o la no menos importante de los doctores canónicos. Así, cree en nereidas y tritones, o en sátiros y faunos, como fruto de “concúbitos infames” entre humanos y animales, algo que sin duda provocaría la risa del nada ingenuo Torres Villarroel.
Efectivamente, el salmantino es un campeón del escepticismo. En Juicio y pronóstico del globo y tres columnas de fuego (1730) aborda un extraño fenómeno atmosférico producido en España, posiblemente una aurora boreal, pero en ningún momento se desvía de la perspectiva científica. Sus almanaques son un juego literario lucrativo. Además de médico (pero renegando, por básicos y dispares, de los conocimientos científicos al respecto) y catedrático de Matemáticas en la Universidad de Salamanca, fue astrólogo y mago de pega, imposturas donde alcanzó el éxito a la par que ridiculizaba la credulidad de las gentes. Suya es la cita:
“Las brujas, las hechiceras, los duendes, los espiritados [endemoniados] y sus relaciones, historias y chistes, me arrullan, me entretienen y me sacan al semblante una burlona risa, en vez de introducirme el miedo y el espanto. Varias veces he proferido en las conversaciones que traigo siempre en mi bolsillo un doblón de a ocho, que en esta era vale más de trescientos reales, para dárselo a quien me quiera hechizar, o regalársele a una bruja, a una espiritada que yo examine, o al que me quisiere meter en una casa donde habite un duende. Me he convidado a vivir en ella sin más premio que el ahorro de los alquileres; y hasta ahora he pagado las que he vivido, y discurro que mi doblón me servirá para misas, porque ya creo que me he de morir sin verme hechizado ni sorbido [puede entenderse como endemoniado o loco].
Pero esta frase, extractada del “trozo tercero” de su Vida, ya anticipa, en eso del ahorro de los alquileres, el motivo de la presente entrada: una escalofriante aventura que relatará al final del mismo capítulo o “trozo”, y que a nuestros ojos modernos se revela antecedente verídico y temprano de las ficciones del género de terror donde aparece la figura del “investigador psíquico”, como La maldición de Hill House o La casa infernal (cito mis dos muestras preferidas). Porque Torres Villarroel, ni más ni menos, es invitado a pernoctar en una mansión con el objetivo de que la desencante.
Disfruten de la curiosidad en palabras del Gran Piscator:
“…una tarde muy cercana al día de nuestra delincuente resolución, encontré en la calle de Atocha a don Julián Casquero, capellán de la excelentísima señora condesa de los Arcos. Venía este en busca mía, sin color en el rostro, poseído del espanto y lleno de una horrorosa cobardía. Estaba el hombre tan trémulo, tan pajizo y tan arrebatado como si se le hubiera aparecido alguna cosa sobrenatural. Balbuciente y con las voces lánguidas y rotas, en ademán de enfermo que habla con el frío de la calentura, me dio a entender que me venía buscando para que aquella noche acompañase a la señora condesa, que yacía horriblemente atribulada con la novedad de un tremendo y extraño ruido que tres noches antes había resonado en todos los centros y extremidades de las piezas de la casa.
Ponderome el tristísimo pavor que padecían todas las criadas y criados, y añadió que su ama tendría mucho consuelo y serenidad en verme y en que la acompañase en aquella insoportable confusión y tumultuosa angustia. Prometí ir a besar sus pies sumamente alegre, porque el padecer yo el miedo y la turbación era dudoso, y de cierto aseguraba una buena cena aquella noche.
Llegó la hora; fui a la casa; entráronme hasta el gabinete de su excelencia en donde la hallé afligida, pavorosa y rodeada de sus asistentas, todas tan pálidas, inmobles y mudas que parecían estatuas. Procuré apartar, con la rudeza y desenfado de mis expresiones, el asombro que se les había metido en el espíritu; ofrecí rondar los escondites más ocultos y, con mi ingenuidad y mis promesas, quedaron sus corazones más tratables. Yo cené con sabroso apetito a las diez de la noche, y a esta hora empezaron los lacayos a sacar las camas de las habitaciones de los criados, las que tendían en un salón donde se acostaba todo el montón de familiares para sufrir sin tanto horror, con los alivios de la sociedad, el ignorado ruido que esperaban. Capitulose a bulto, entre los tímidos y los inocentes, a este rumor por juego, locura y ejercicio de duende, sin más causa que haber dado la manía, la precipitación o el antojo de la vulgaridad este nombre a todos los estrépitos nocturnos.
Apiñaron en el salón catorce camas, en las que se fueron mal metiendo personas de ambos sexos y de todos estados. Cada una se fue desnudando y haciendo sus menesteres indispensables con el recato, decencia y silencio más posible. Yo me apoderé de una silla, puse a mi lado una hacha de cuatro mechas y un espadón cargado de orín y, sin acordarme de cosa de esta vida ni de la otra, empecé a dormir con admirable serenidad. A la una de la noche resonó con bastante sentimiento el enfadoso ruido; gritaron los que estaban empanados en el pastelón de la pieza; desperté con prontitud y oí unos golpes vagos, turbios y de dificultoso examen en diferentes sitios de la casa. Subí, favorecido de mi luz y de mi espadón, a los desvanes y azoteas, y no encontré fantasma, esperezo [ser sobrenatural] ni bulto de cosa racional. Volvieron a mecerse y repetirse los porrazos; yo torné a examinar el paraje donde presumí que podían tener su origen, y tampoco pude descubrir la causa, el nacimiento ni el actor. Continuaba, de cuarto en cuarto de hora, el descomunal estruendo y, en esta alternativa, duró hasta las tres y media de la mañana. Once días estuvimos escuchando y padeciendo a las mismas horas los tristes y tonitruosos golpes. Y, cansada su excelencia de sufrir el ruido, la descomodidad y la vigilia, trató de esconderse en el primer rincón que encontrase vacío, aunque no fuese abonado a su persona, grandeza y familia dilatada. Mandó adelantar en vivas diligencias su deliberación, y sus criados se pusieron en una precipitada obediencia, ya de reverentes, ya de horrorizados con el suceso de la última noche, que fue el que diré.
Al prolijo llamamiento y burlona repetición de unos pequeños y alternados golpecillos, que sonaban sobre el techo del salón donde estaba la tropa de los aturdidos, subí yo, como lo hacía siempre, ya sin la espada, porque me desengañó la porfía de mis inquisiciones que no podía ser viviente racional el artífice de aquella espantosa inquietud. Y al llegar a una crujía, que era cuartel de toda la chusma de librea, me apagaron el hacha, sin dejar en alguno de los cuatro pábilos una morceña de luz, faltando también en el mismo instante otras dos que alumbraban en unas lamparillas, en los extremos de la dilatada habitación. Retumbaron, inmediatamente que quedé en la obscuridad, cuatro golpes tan tremendos, que me dejó sordo, asombrado y fuera de mí lo irregular y desentonado de su ruido. En las piezas de abajo, correspondientes a la crujía, se desprendieron en este punto seis cuadros de grande y pesada magnitud, cuya historia era la vida de los siete infantes de Lara, dejando en sus lugares las dos argollas de arriba y las dos escarpias de abajo, en que estaban pendientes y sostenidos. Inmóvil y sin uso en la lengua, me tiré al suelo y, ganando en cuatro pies las distancias, después de largos rodeos, pude atinar con la escalera. Levanté mi figura y, aunque poseído del horror, me quedó la advertencia para bajar a un patio, y en su fuente me chapucé y recobré algún poco del sobresalto y el temor. Entré en la sala, vi a todos los contenidos en su hojaldre abrazados unos con otros y creyendo que les había llegado la hora de su muerte. Supliqué a la excelentísima que no me mandase volver a la solicitud necia de tan escondido portento, que ya no era buscar desengaños, sino desesperaciones. Así me lo concedió su excelencia, y al día siguiente nos mudamos a una casa de la calle del Pez, desde la de Foncarral, en donde sucedió esta rara, inaveriguable y verdadera historia”.
“No podía ser viviente racional el artífice de aquella espantosa inquietud”. Pues ya ven cómo se la envaina ahora nuestro balandrón y a la vez cartesiano personaje. Nunca es descartable el fraude, por supuesto; se han apuntado posibles intereses para obligar al desalojo de la condesa de Arcos del caserón de la calle Fuencarral. Pero, con tantos “encamados en aquel hospital del aturdimiento y del espanto” (Villarroel dixit), donde se contrata ex profeso al Gran Piscator para solucionar el misterio, donde se repiten los ruidos noche tras noche, donde las velas se apagan y seis cuadros de gran tamaño caen simultáneamente (¡qué bueno, el de los efectos especiales!) y donde, por añadidura, se pueden sumar más detalles del caso a cargo de otros testigos y también del mismo Torres Villarroel en una obra anterior, Anatomía de todo lo visible e invisible (1738)… A veces es más lógico reconocer que el suceso paranormal se ha producido. Más cuando el sobrado salmantino, el engañador, el que se ríe de la credulidad de sus congéneres, encuentra la horma del zapato y queda obligado a admitir su miedo y su fracaso, aunque unas páginas antes se mostrara tan gallito evocando la sonrisa burlona al oír de brujas y duendes.
No me digan que no ha sido interesante este “trozo” del trozo tercero de la Vida del español a su vez más interesante del siglo XVIII. Y, por favor, no se crean que me he estibado el infinito Teatro crítico universal; lo he transitado tramposamente, en una edición antológica moderna y recurriendo, a demanda, a las pesquisas internáuticas concretas. Entre nuestros contemporáneos, es muy posible que la hazaña de la lectura íntegra del mamotreto solo la haya cumplido Luis Alberto de Cuenca, quien, como el padre de Feijoo, fue bendecido con el envidiable don de la memoria fotográfica.
Gabriel Cusac Sánchez