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3 de abril de 2026

Torres Villarroel y los duendes de la calle Fuencarral

Piadoso consigo mismo (y quizá alienígena), Torres Villarroel decía tener "catadura germánica"



Dos galeones colosales rompen la mar llana del panorama literario español del XVIII, siglo de latón que sucedió al de oro. A uno se le considera el introductor del ensayo en las letras patrias; al otro, de la autobiografía. Uno, gallego; el otro, salmantino. Uno, Benito por partida doble, de pila y benedictino temprano, a los 14 años; el otro, Diego, cura tardío, a los 52 abriles. Como somos el inescrutable país de la contradicción, ambos ilustrados y racionalistas. Ambos también sabios y polígrafos y, como somos el puñetero país de Caín (y ya estaba agotada la zozobra de culteranismo y conceptismo), ambos a la gresca.
Sobrado de razones, atacó Benito Feijoo en el primer tomo de su Teatro crítico universal (1726) los auspicios estelares, o sea la llamada astrología judiciaria, como forma de superstición. Y el Gran Piscator de Salamanca, bastante más espabilado y científico que el fraile, pero que había encontrado un filón en sus Almanaques y Pronósticos (al fin y al cabo divertimentos Nostradamus style), entendió como una estupenda maniobra de márquetin alimentar una polémica artificial apelando, con más retórica y mala leche quevedescas que con argumentos reales, a la libertad creativa y el derecho a la fantasía, sobre todo si a través de ella se llegaba a los garbanzos. Ya demuestra el pícaro Torres Villarroel ser un cabronazo de cuidado en su artera Vida (1743-1751, publicada por entregas): un ejercicio de buena prosa a la par que de cinismo acrobático, donde jesuíticamente se difuminan, cuando no se ignoran, sus andanzas más controvertidas.
Tienen los buscadores de rarezas un tesoro ameno en los escritos de Feijoo y Torres Villarroel. Por ejemplo, comenta el gallego en la vigésima de las Cartas eruditas y curiosas (1742-1760) el famoso tratado de su colega Dom Calmet, coincidiendo los benedictinos en lo fabuloso del tema vampírico (aunque les hemos de suponer creyentes en otros misterios inconmensurables, tales la Inmaculada Concepción, la Santísima Trinidad o la Transubstanciación, ya saben). Pero es en el enciclopédico Teatro donde se halla desplegado todo un verdadero catálogo de prodigios: personas que no duermen nunca, combustiones espontáneas, endemoniados, fantasmas… Y pese a que predomina el buen criterio en sus conclusiones, Feijoo a veces se deja engatusar por la falsa certificación que antes sustentaron las mirabilia medievales o los tratados de monstruos renacentistas: la autoridad de los historiadores clásicos grecolatinos o la no menos importante de los doctores canónicos. Así, cree en nereidas y tritones, o en sátiros y faunos, como fruto de “concúbitos infames” entre humanos y animales, algo que sin duda provocaría la risa del nada ingenuo Torres Villarroel. 
Efectivamente, el salmantino es un campeón del escepticismo. En Juicio y pronóstico del globo y tres columnas de fuego (1730) aborda un extraño fenómeno atmosférico producido en España, posiblemente una aurora boreal, pero en ningún momento se desvía de la perspectiva científica. Sus almanaques son un juego literario lucrativo. Además de médico (pero renegando, por básicos y dispares, de los conocimientos científicos al respecto) y catedrático de Matemáticas en la Universidad de Salamanca, fue astrólogo y mago de pega, imposturas donde alcanzó el éxito a la par que ridiculizaba la credulidad de las gentes. Suya es la cita: “Las brujas, las hechiceras, los duendes, los espiritados [endemoniados] y sus relaciones, historias y chistes, me arrullan, me entretienen y me sacan al semblante una burlona risa, en vez de introducirme el miedo y el espanto. Varias veces he proferido en las conversaciones que traigo siempre en mi bolsillo un doblón de a ocho, que en esta era vale más de trescientos reales, para dárselo a quien me quiera hechizar, o regalársele a una bruja, a una espiritada que yo examine, o al que me quisiere meter en una casa donde habite un duende. Me he convidado a vivir en ella sin más premio que el ahorro de los alquileres; y hasta ahora he pagado las que he vivido, y discurro que mi doblón me servirá para misas, porque ya creo que me he de morir sin verme hechizado ni sorbido [puede entenderse como endemoniado o loco]. 
Pero esta frase, extractada del “trozo tercero” de su Vida, ya anticipa, en eso del ahorro de los alquileres, el motivo de la presente entrada: una escalofriante aventura que relatará al final del mismo capítulo o “trozo”, y que a nuestros ojos modernos se revela antecedente verídico y temprano de las ficciones del género de terror donde aparece la figura del “investigador psíquico”, como La maldición de Hill House o La casa infernal (cito mis dos muestras preferidas). Porque Torres Villarroel, ni más ni menos, es invitado a pernoctar en una mansión con el objetivo de que la desencante. 
Disfruten de la curiosidad en palabras del Gran Piscator: 
…una tarde muy cercana al día de nuestra delincuente resolución, encontré en la calle de Atocha a don Julián Casquero, capellán de la excelentísima señora condesa de los Arcos. Venía este en busca mía, sin color en el rostro, poseído del espanto y lleno de una horrorosa cobardía. Estaba el hombre tan trémulo, tan pajizo y tan arrebatado como si se le hubiera aparecido alguna cosa sobrenatural. Balbuciente y con las voces lánguidas y rotas, en ademán de enfermo que habla con el frío de la calentura, me dio a entender que me venía buscando para que aquella noche acompañase a la señora condesa, que yacía horriblemente atribulada con la novedad de un tremendo y extraño ruido que tres noches antes había resonado en todos los centros y extremidades de las piezas de la casa. Ponderome el tristísimo pavor que padecían todas las criadas y criados, y añadió que su ama tendría mucho consuelo y serenidad en verme y en que la acompañase en aquella insoportable confusión y tumultuosa angustia. Prometí ir a besar sus pies sumamente alegre, porque el padecer yo el miedo y la turbación era dudoso, y de cierto aseguraba una buena cena aquella noche. Llegó la hora; fui a la casa; entráronme hasta el gabinete de su excelencia en donde la hallé afligida, pavorosa y rodeada de sus asistentas, todas tan pálidas, inmobles y mudas que parecían estatuas. Procuré apartar, con la rudeza y desenfado de mis expresiones, el asombro que se les había metido en el espíritu; ofrecí rondar los escondites más ocultos y, con mi ingenuidad y mis promesas, quedaron sus corazones más tratables. Yo cené con sabroso apetito a las diez de la noche, y a esta hora empezaron los lacayos a sacar las camas de las habitaciones de los criados, las que tendían en un salón donde se acostaba todo el montón de familiares para sufrir sin tanto horror, con los alivios de la sociedad, el ignorado ruido que esperaban. Capitulose a bulto, entre los tímidos y los inocentes, a este rumor por juego, locura y ejercicio de duende, sin más causa que haber dado la manía, la precipitación o el antojo de la vulgaridad este nombre a todos los estrépitos nocturnos. 
Apiñaron en el salón catorce camas, en las que se fueron mal metiendo personas de ambos sexos y de todos estados. Cada una se fue desnudando y haciendo sus menesteres indispensables con el recato, decencia y silencio más posible. Yo me apoderé de una silla, puse a mi lado una hacha de cuatro mechas y un espadón cargado de orín y, sin acordarme de cosa de esta vida ni de la otra, empecé a dormir con admirable serenidad. A la una de la noche resonó con bastante sentimiento el enfadoso ruido; gritaron los que estaban empanados en el pastelón de la pieza; desperté con prontitud y oí unos golpes vagos, turbios y de dificultoso examen en diferentes sitios de la casa. Subí, favorecido de mi luz y de mi espadón, a los desvanes y azoteas, y no encontré fantasma, esperezo [ser sobrenatural] ni bulto de cosa racional. Volvieron a mecerse y repetirse los porrazos; yo torné a examinar el paraje donde presumí que podían tener su origen, y tampoco pude descubrir la causa, el nacimiento ni el actor. Continuaba, de cuarto en cuarto de hora, el descomunal estruendo y, en esta alternativa, duró hasta las tres y media de la mañana. Once días estuvimos escuchando y padeciendo a las mismas horas los tristes y tonitruosos golpes. Y, cansada su excelencia de sufrir el ruido, la descomodidad y la vigilia, trató de esconderse en el primer rincón que encontrase vacío, aunque no fuese abonado a su persona, grandeza y familia dilatada. Mandó adelantar en vivas diligencias su deliberación, y sus criados se pusieron en una precipitada obediencia, ya de reverentes, ya de horrorizados con el suceso de la última noche, que fue el que diré. 
Al prolijo llamamiento y burlona repetición de unos pequeños y alternados golpecillos, que sonaban sobre el techo del salón donde estaba la tropa de los aturdidos, subí yo, como lo hacía siempre, ya sin la espada, porque me desengañó la porfía de mis inquisiciones que no podía ser viviente racional el artífice de aquella espantosa inquietud. Y al llegar a una crujía, que era cuartel de toda la chusma de librea, me apagaron el hacha, sin dejar en alguno de los cuatro pábilos una morceña de luz, faltando también en el mismo instante otras dos que alumbraban en unas lamparillas, en los extremos de la dilatada habitación. Retumbaron, inmediatamente que quedé en la obscuridad, cuatro golpes tan tremendos, que me dejó sordo, asombrado y fuera de mí lo irregular y desentonado de su ruido. En las piezas de abajo, correspondientes a la crujía, se desprendieron en este punto seis cuadros de grande y pesada magnitud, cuya historia era la vida de los siete infantes de Lara, dejando en sus lugares las dos argollas de arriba y las dos escarpias de abajo, en que estaban pendientes y sostenidos. Inmóvil y sin uso en la lengua, me tiré al suelo y, ganando en cuatro pies las distancias, después de largos rodeos, pude atinar con la escalera. Levanté mi figura y, aunque poseído del horror, me quedó la advertencia para bajar a un patio, y en su fuente me chapucé y recobré algún poco del sobresalto y el temor. Entré en la sala, vi a todos los contenidos en su hojaldre abrazados unos con otros y creyendo que les había llegado la hora de su muerte. Supliqué a la excelentísima que no me mandase volver a la solicitud necia de tan escondido portento, que ya no era buscar desengaños, sino desesperaciones. Así me lo concedió su excelencia, y al día siguiente nos mudamos a una casa de la calle del Pez, desde la de Foncarral, en donde sucedió esta rara, inaveriguable y verdadera historia”. 
“No podía ser viviente racional el artífice de aquella espantosa inquietud”. Pues ya ven cómo se la envaina ahora nuestro balandrón y a la vez cartesiano personaje. Nunca es descartable el fraude, por supuesto; se han apuntado posibles intereses para obligar al desalojo de la condesa de Arcos del caserón de la calle Fuencarral. Pero, con tantos “encamados en aquel hospital del aturdimiento y del espanto” (Villarroel dixit), donde se contrata ex profeso al Gran Piscator para solucionar el misterio, donde se repiten los ruidos noche tras noche, donde las velas se apagan y seis cuadros de gran tamaño caen simultáneamente (¡qué bueno, el de los efectos especiales!) y donde, por añadidura, se pueden sumar más detalles del caso a cargo de otros testigos y también del mismo Torres Villarroel en una obra anterior, Anatomía de todo lo visible e invisible (1738)… A veces es más lógico reconocer que el suceso paranormal se ha producido. Más cuando el sobrado salmantino, el engañador, el que se ríe de la credulidad de sus congéneres, encuentra la horma del zapato y queda obligado a admitir su miedo y su fracaso, aunque unas páginas antes se mostrara tan gallito evocando la sonrisa burlona al oír de brujas y duendes. 
No me digan que no ha sido interesante este “trozo” del trozo tercero de la Vida del español a su vez más interesante del siglo XVIII. Y, por favor, no se crean que me he estibado el infinito Teatro crítico universal; lo he transitado tramposamente, en una edición antológica moderna y recurriendo, a demanda, a las pesquisas internáuticas concretas. Entre nuestros contemporáneos, es muy posible que la hazaña de la lectura íntegra del mamotreto solo la haya cumplido Luis Alberto de Cuenca, quien, como el padre de Feijoo, fue bendecido con el envidiable don de la memoria fotográfica.
 
Gabriel Cusac Sánchez

28 de septiembre de 2025

El anciano de aspecto venerable

 

"Autorretrato como Zeuxis riendo", Rembrandt


Hace poco tiempo decidí encontrar a un anciano de aspecto venerable. Porque me di cuenta de que no conocía ninguno, a pesar de que tal  expresión, “anciano de aspecto venerable”, parecía repetirse infinitamente de forma oral o escrita. No obstante, para fundamentar este texto de una forma elegante, busqué ejemplos. Es decir, recurrí a internet y a la IA, instrumentos que nos convierten en una especie de dioses cuñados y permiten la referencia culta  incluso a quien solo lee prospectos o prensa deportiva. Pues la IA, que es la hostia, solo pudo localizar dos ejemplos literarios, uno en una novela  de García Márquez y otro en un cuento de Unamuno. Al respecto, tengo que añadir dos puntualizaciones: a) a pesar de la escasez de ejemplos, es obvio que la expresión goza de bastante popularidad, de otro modo no se explica que me  lleve agusanando la cabeza desde chinorri b) os jodéis y buscáis vosotros mismos los textos de Gabo y del brasas de Unamuno.

Primero en política, como concejal de Urbanismo, y luego en la cárcel, aprendí una importante lección: es necesario cuestionarse todo, absolutamente todo. Y, en el asunto que nos ocupa: ¿cómo cojones se explica que en toda mi puta vida no recuerde a ningún anciano de aspecto venerable? ¿Acaso se trata de un mito, de un arquetipo jungiano, de una quimera universal? ¿Una mentira obscena como la del “molt honorable” Jordi Pujol?

Aprovechando que, con motivo de una de tantas celebraciones casposas, el Ayuntamiento repartía comida gratis en la Plaza Mayor, decidí acercarme al foro para solucionar el enigma entre los cientos de jubilados que a buen seguro se concentraban allí. Qué decepción. Fue una experiencia traumática. Únicamente hallé ceños fruncidos, mandíbulas descolgadas, miradas rapaces, gestos de desconfianza, bocados desbocados y chismes maledicentes. También panceta, sudor y cubiertos de plástico.

Con una extraña sensación de aturdimiento, lo primero que hice al llegar a casa fue ducharme. Luego, frente al espejo, aplasté los cuatro pelos que crecen en mi cabeza a modo de matorral estepario. Y fue así, frente al espejo, cuando me di cuenta de que estaba mirando a un anciano de aspecto venerable.

Os vais a cagar.

 

Gabriel Cusac Sánchez

9 de marzo de 2024

Retirado el cartelón del Puente de La Malena

Antes

Después


Ya. Por fin. 

Después de que, pasados más de 15 años, algún espabilado -no lo duden- encargase un cartel de dimensiones colosales para publicitar unas obras “de conservación de nuestro patrimonio histórico”, creando así la grosera paradoja, tan carpetovetónica, de plantar kilos de chatarra junto al Puente de La Malena, en uno de los tramos más impresionantes de la Vía de la Plata, precisamente para anunciar la restauración de la misma. Un tramo gozoso, donde la historia y el paisaje se maridan para provocar una punzada de privilegio en el caminante. Un tramo para el disfrute de cualquiera que no sea un cazurro (y lo digo pese a que, desde el taburete de bar a los escaños parlamentarios, este país parece dividirse morbosamente entre la militancia sanchopancista y el postureo cultureta).

Después de ingenuas apelaciones a la sensibilidad, siendo voz que clamaba en el desierto, ridículo autor de escritos fugaces, pobrecito hablador, tonto del culo.

Después de que en octubre de 2021 ya lo hubiera solicitado formalmente al Ayuntamiento de Puerto de Béjar, promotor de la obra, obteniendo la callada como respuesta. 

Después de que en agosto de 2023 volviese a intentarlo.

Después de que en octubre del mismo año, ante un nuevo episodio de silencio administrativo, recurriera al altavoz de la prensa y al amparo del Procurador del Común. 

Después de que resultara “acreditado que esta Administración [Ayuntamiento de Puerto de Béjar] está incumpliendo la obligación de auxiliar, con carácter preferente y urgente, al Procurador del Común en sus investigaciones…y está dificultando la labor encomendada a esta Institución”. 

Después de que asimismo se advirtiera de la “inclusión de ese Ayuntamiento en el Registro de Administraciones y Entidades no colaboradoras con el Procurador del Común y, en su momento, de persistir en su negativa de informar, se hará constar la falta de colaboración en el Informe Anual de las Cortes de Castilla y León”. 

Después de tan gallarda y dilatada exhibición de democracia municipal: el 8 de marzo de 2024, tras medio año largo de haberse registrado la (2ª) solicitud, el Ayuntamiento de Puerto de Béjar me comunica que ha retirado el cartelón del Puente de la Malena. 

Hoy, después de Dios y ayuda, después de todo, la Vía de la Plata es un poco más bella. 









                                                                                                                            Gabriel Cusac Sánchez

27 de octubre de 2023

NETANYAHU: VEINTE DÍAS DE VENGANZA CRIMINAL, artículo de José Muñoz Domínguez

 

Ubicación ideal del Estado de Israel

Hace veinte días que los fanáticos de Hamás sembraron el terror en territorio de Israel causando 1400 muertos y tomando más de 200 cautivos. Hace veinte días que la población palestina de Gaza sufre el éxodo y el exterminio –como en Auschwitz– por el azote del Gobierno sionista de Israel más el apoyo de gran parte de la población judía local y de la diáspora, de algunos países con la conciencia retrospectiva muy sucia y, como siempre, del amigo americano, adalid de la infamia.  

Veinte días de horror y masacre de inocentes a razón de centenares de víctimas por jornada (mucho peor que Putin en Ucrania y en la senda criminal de Stalin y de Hitler); veinte días de destrucción masiva en ciudades y arrabales, en campos de refugiados, hospitales, mezquitas; veinte días de reacciones desmedidas y tramposas, como provocar el éxodo desde el norte y bombardear también el sur; de negar las mínimas condiciones de asistencia y subsistencia a la población civil indefensa; de acorralar a quienes ya eran víctimas hasta su extinción por sed, por hambre, por enfermedad o por miedo insuperable.  

Veinte días ya, se dice pronto, matando moscas a cañonazos, como si un estado que se autoproclama democrático pudiera utilizar los mismos medios terroristas de su enemigo. Incluso si lleva décadas abusando de la población palestina y provocando reacciones descontroladas de quienes lo han perdido casi todo, Israel tiene derecho a defenderse de una agresión, pero no puede hacerlo fuera de los límites establecidos por el Derecho Internacional Humanitario, o habrá de ser considerado un estado terrorista y tratado como tal por una comunidad internacional que, hasta ahora, sólo ha demostrado indecisión, cinismo, doble rasero o directamente cobardía: el amigo americano y los tibios de la vieja Europa serán cómplices de este genocidio sobre la población palestina. Ya lo son de facto: a día de hoy, más de 5000 muertos sobre su conciencia.  

Israel desconoce la grandeza de la democracia e ignora deliberadamente el estado de derecho en favor del designio divino: sus gobernantes llevan ciscándose en el derecho internacional desde la abrupta creación de Israel como estado en 1947, algo que no se habría producido sin el impulso de las Naciones Unidas, ¡pero todavía se permiten la impudicia de incumplir una tras otra sus resoluciones o, recientemente, de recusar a su secretario general, António Guterres, por decirles a la cara algunas verdades! Aunque no pierden el tiempo: mientras se rasgan las vestiduras como fariseos en la ONU, siguen bombardeando ese campo de exterminio que es Gaza, uno de los lugares con mayor densidad de población del planeta, sólo para cobrarse la vida de un puñado de fanáticos. 

Imaginen que, en España, durante los años de plomo de la banda terrorista ETA, se hubiera decidido bombardear el territorio del País Vasco –tan vulnerable como la Franja de Gaza, aunque veinte veces más extenso– para descabezar esa organización y acabar con sus miembros y red de apoyo. Imaginen un nuevo desastre de Guernika en cada una de las ciudades donde pudiera anidar alguna célula de la banda y con el mismo resultado de aquel holocausto nazi de 1937 contra la población civil: miles de muertos, heridos y desplazados para la más desproporcionada victoria sobre una minoría terrorista, la sangre de miles de inocentes como medio para acabar con unas pocas decenas de extremistas. Sabemos que hubo intentos de actuar al margen de la Ley (aquella ignominia de los GAL) y no faltaron errores y represión, pero, en términos generales, el Estado intervino quirúrgicamente, mediante largas y pacientes investigaciones policiales hasta detener a la mayor parte de los responsables y llevarlos a juicio, sin apenas algún daño colateral, sin arrasar con la población entera. Aunque todavía queden centenares de casos pendientes de esclarecer, nada discurrirá por vías extrajudiciales porque, a diferencia de Israel, vivimos en un estado de derecho. ETA causó más de 850 muertos en 43 años de violencia armada, con miles de heridos y víctimas familiares que todavía reclaman memoria, justicia y reparación, pero el Estado español nunca actuó contra el terrorismo como lo hace ahora el Estado de Israel, demostrando así la inmensa distancia moral entre una verdadera democracia (imperfecta, manifiestamente mejorable) y un estado sionista y terrorista, vengativo, perverso hasta incurrir en crímenes iguales o peores que los provocados por el fanatismo de sus enemigos, indistinguibles ya de quienes fueron los verdugos de su pueblo en Sefarad, en la Rusia zarista y soviética, en la Alemania nazi.  

Las cifras más recientes que ofrece UNRWA son del 23 de octubre pasado, pero demuestran la desmesurada carnicería de Israel contra la población civil de Gaza, una masacre aún mayor a día de hoy: para acabar con unas pocas decenas de terroristas, el sionista Netanyahu y sus perros de la guerra han asesinado a 5087 personas (2055 eran niños), causado 15.273 heridos y 1,4 millones de desplazados que tampoco han conseguido librarse de las bombas ni de un asedio peor que en tiempos medievales. Con su versión amplificada de la Ley del Talión, el Estado de Israel se cobra ya casi cuatro muertos palestinos por cada judío asesinado el 7 de octubre, y no se detendrá la progresión hasta que la sangre desborde el cáliz, hasta que el Mar Muerto se confunda con el Rojo y cumplan la macabra promesa de sus nombres. Qué justos parecen ahora aquellos hebreos bíblicos que sólo exigían ojo por ojo, diente por diente. Qué resentidos carniceros, qué depravados impíos, qué antisemitas sanguinarios los desquiciados sionistas de hoy.  

Sólo tengo mi voz y mi libertad de expresión, así que, como Blas de Otero, “Pido la paz y la palabra” y quiero hacer uso de ella –públicamente, ingenuamente, desesperadamente– para solicitar del Estado español lo único que cabe hacer contra la indignidad criminal de Netanyahu y los suyos, pero también contra los responsables de Hamás y otras organizaciones terroristas implicadas en esta barbarie: iniciar las gestiones para declarar a Israel como estado terrorista y promover un procedimiento penal contra todos ellos por crímenes contra la Humanidad, de modo que sean llevados ante la Corte Penal Internacional (o ante un tribunal creado ad hoc), para que puedan ser procesados y, en su caso, condenados tras un juicio universal con garantías.  

 

José Muñoz Domínguez  

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20 de noviembre de 2022

LOMLOE: LA MALA EDUCACIÓN, José Muñoz Domínguez


El laberinto, William Kurelek (imagen tomada de nodoarte)

Pocas cosas condicionan tanto el futuro de un país como la legislación educativa. Hoy abro mi blog para compartir un artículo de José Muñoz Domínguez sobre la Lomloe. No soy docente, pero soy ciudadano y padre. Y lo que se explica aquí eriza la piel. 

Léanlo, por favor. Nos jugamos mucho.


LOMLOE: LA MALA EDUCACIÓN

REFLEXIONES DE UN PROFESOR CABREADO, A PROPÓSITO DE LA NUEVA LEY EDUCATIVA

 

Si no lo digo, reviento. Como tantos colegas profesores, me encuentro en el trance de elaborar la programación didáctica para este curso aciago, lidiando con el imperativo legal de la LOMLOE, y les juro que no puedo más.

Pongo en antecedentes a los lectores para que nadie se llame a engaño: no busquen ninguna intencionalidad partidista en estas opiniones, pues me considero una persona de ideas progresistas que, supuestamente, debería estar de acuerdo con esta ley (pero va a ser que no); tampoco soy ningún novato ni hablo sin conocimiento de causa: después de casi 35 años de experiencia como docente en Educación Secundaria, me he tenido que tragar todas las reformas educativas que se han sucedido desde la LOGSE, cada una peor que la anterior hasta llegar a esta cosa llamada LOMLOE, un engendro pseudo-pedagógico, disruptivo, fuera de quicio, que se me antoja ya puro delirio lisérgico; tampoco me tengo por idiota ni creo tener menos sesera que los redactores de la ley, y a pesar de ello no comprendo nada, ni jota, del galimatías que inunda sus páginas, escritas en esa jerga retorcida y tramposa, neolengua casi orwelliana, tan de moda entre los iluminados que se dicen pedagogos; y aún digo más, como activista en defensa del Patrimonio y del Medio Ambiente me ha tocado manejar numerosos textos legales y normativos complejos, planes de ordenación urbana, evaluaciones de impacto ambiental y expedientes de todo tipo que, sin embargo, he sido capaz de comprender y contestar con argumentos: ¿cómo puede ser que una ley educativa, la que afecta al desempeño de mi profesión, me resulte completamente incomprensible?, ¿cómo es que después de 35 años dando clase me vea incapaz de redactar una programación y, todavía peor, de poder aplicarla?, ¿no les parece que algo huele mal en todo esto? Apenas me sirve el consuelo de compartir esta frustrante sensación con otros compañeros profesores, pero lo cierto es que no conozco a ningún colega que sepa verdaderamente de qué va esta ley, y aquellos que admiten entender algo se deshacen como un azucarillo en cuanto les formulas alguna pregunta mínimamente comprometida, también los supuestos "expertos", entregados enseguida a la verborrea hueca de la norma como quien repite las consignas de una secta.

Si no me creen, ármense de valor y prueben a leer el texto legal. Ya les advierto que hay que tener estómago. Encontrarán perlas como las "Competencias clave", las "Competencias específicas", los "Descriptores operativos", los "Saberes básicos", las "Situaciones de aprendizaje", los "Proyectos interdisciplinarios", los "Indicadores de logro", las "Evaluaciones de diagnóstico" o los "Perfiles de salida", arcanos de pomposo significante y abstruso significado con las patas bien cortas: ¿entienden ustedes algo de todo esto? Yo tampoco. Pero no se trata sólo de una sustitución de "palabros" sobre los escombros de leyes anteriores, aunque no deja de ser curioso que aquellos "Estándares de aprendizaje evaluables", aquellas "Rúbricas", aquellas "Ponderaciones" y otras ocurrencias neoliberales de la ley derogada (la ridícula LOMCE o Ley Wert), que hasta hace bien poco eran la repera limonera y fueron defendidas por sus acólitos como lo más de lo más en innovación educativa, ya sean restos de un naufragio, chatarra conceptual, pasto del olvido. No, la LOMLOE es mucho peor que cambiar de nombres o de secta, es una trama perversa de conceptos imbricados, relacionados, entrelazados, ramificados, retorcidos hasta lo enfermizo, un maremágnum perpetrado por malos tecnócratas y peores pedagogos que el docente se verá obligado a seguir a pies juntillas a la hora de calificar a sus alumnos y que le llevará a manejar miles de datos sobre decenas y decenas de aspectos, a cual más pintoresco y variopinto, muy lejos de la verdadera educación. Valga como ejemplo la estimación realizada por una compañera, profesora de Tecnología, en la que demuestra lo que le aguarda a quien se someta al dictado de la ley: en esa misma materia, tal docente acabará manejando hasta 81.600 calificaciones por trimestre (han leído bien: ochenta y una mi seiscientas notas parciales), a razón de 680 cada estudiante, como resultado de multiplicar los 34 descriptores operativos por 20 criterios de evaluación y por 120 alumnos. Ni el estajanovista más convencido y canalla se atrevería a exigir semejante estupidez, así que comprenderán que, sólo por este motivo, la LOMLOE ya es tan inoperante como inaplicable, por mucho que se empeñen los ideólogos lumbreras que la han elaborado. Por cierto, no estaría de más que todos supiéramos quiénes son y a qué se dedican, aparte de parir leyes imposibles como esta, pues sería un dato crucial para cuando haya que reunir un buen equipo docente (y decente) capaz de redactar una ley educativa cabal y duradera: cualquiera menos ellos en tal equipo, desde luego.

Hasta ahora me he referido únicamente a cuestiones nominales y cuantitativas, pero en lo que se refiere a lo cualitativo, a ese anhelo social por la calidad de la enseñanza, me temo que la LOMLOE también hace aguas: se menosprecia el conocimiento y se sustituye por ese mantra intangible de las "competencias" sin atender a lo importante. Spoiler: se avecina otro naufragio como el de las leyes anteriores, o incluso peor. En una reciente entrevista en El Confidencial (https://www.elconfidencial.com/cultura/2022-11-14/lomloe-reforma-educativa-ocre-episteme-profesores_3520591/), la profesora Irene Murcia explicaba este absurdo en términos coloquiales (¡sin utilizar la funesta neolengua de los pedagogos!) para decir que, gracias a la nueva ley, nuestros "competentes" alumnos quizá alcancen a hacer la "O" con un canuto, pero ignorando qué es la "O" y sin saber qué es un canuto. Tómenlo como símil de lo que está por venir en la formación de nuestros chavales, porque así será el futuro, amigos: ¿y para este viaje a ninguna parte tendremos que manejar tantos miles de datos y consideraciones?, ¿para tan magro resultado hemos de prescindir de lo que de verdad importa?, ¿en esta miseria educativa vamos a gastar sus impuestos y los míos?

Para que vean el nivel de sinsentido al que llega la nueva norma, les muestro un ejemplo mínimo de lo que se ha previsto para quienes hayan conseguido hacer la "O" con el canuto tras la devaluada ESO, pasando de curso en curso como si de verdad hubieran aprendido algo. Según nuestros lumbreras leguleyos, al acabar el Bachillerato y sólo en relación con una de las ocho competencias clave (concretamente la "Competencia en conciencia y expresiones culturales"), uno de los seis descriptores operativos asociados establece que el alumno debería demostrar que "Planifica, adapta y organiza sus conocimientos, destrezas y actitudes para responder con creatividad y eficacia a los desempeños derivados de una producción cultural o artística, individual o colectiva, utilizando diversos lenguajes, códigos, técnicas, herramientas y recursos plásticos, visuales, audiovisuales, musicales, corporales o escénicos, valorando tanto el proceso como el producto final y comprendiendo las oportunidades personales, sociales, inclusivas y económicas que ofrecen". Así, con un par. Se ve que los redactores se vinieron arriba y, como suele decir mi hermana, se tiraron el pedo más alto que el culo, ebrios de lo suyo hasta el infinito y más allá. Miren ustedes, soy profe de Dibujo con formación en Bellas Artes (licenciatura), estudios de Diseño (un curso), de Geografía e Historia (cuatro cursos de la antigua licenciatura) y de doctorado en Arquitectura en su última fase (algún día acabaré la tesis), he trabajado como ilustrador y participado como actor y escenógrafo en varias formaciones teatrales; pues bien, con esa mochila vital a cuestas les aseguro que ni de lejos conseguiría demostrar mi competencia en tal "Descriptor operativo", y no es más que uno de los seis exigibles para una sola de las ocho competencias clave establecidas. Pues así con todo: multipliquen y resuelvan ustedes la cantidad de disparates que nos veremos obligados a evaluar si cumplimos la legalidad vigente, por no mencionar el tiempo que tales cuestiones van a consumir: estupor en la redacción de las programaciones didácticas, desconcierto en la práctica docente del día a día y muchas horas extra en casa para no avanzar ni de aquí a la esquina. Viva la educación "moderna".

Por otra parte, la nueva ley es un verdadero insulto a la inteligencia y a la capacidad de los docentes, pues constituye una intromisión inaceptable en la libertad metodológica del profesor: ¿por qué ha de ser mejor seguir el dictado de estos pedagogos ensimismados y sus ocurrencias teóricas, ajenas a la compleja dinámica de las aulas, que el buen hacer de quienes llevamos décadas enseñando, es decir, constatando la eficacia de nuestro trabajo?, ¿dónde quedó aquello del librillo del maestrillo y la libertad de cátedra? Solo﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽ librillo del maestrillo? de nuestro trabajoensimismados que el buen hacer de quienes llevamos dólo pedimos que nos dejen trabajar honestamente, sin la tiranía de la burocracia, sin injerencias dimanadas de la supuesta superioridad moral e intelectual de los (malos) pedagogos, sin el corsé de una ley mal planteada, insensata, excesiva y sectaria.

La nueva ley educativa es imposible de aplicar y todos lo saben (todos menos los lumbreras de la secta, supongo), pero casi nadie se atreve a decirlo dentro del rebaño. Pertenezco a dos sindicatos progresistas y nadie dice ni mu, otro rebaño dócil ante una ley absurda y desquiciada (si esto sigue así, me tendré que dar de baja y donar el importe de mis cuotas sindicales a alguna oenegé menos acomodaticia).

En mi opinión, lo único decente que se puede hacer con esta colección de sandeces legislativas llamada LOMLOE es retirarla cuanto antes y llevar a reciclar el papel en el que se ha impreso. No tengo muy claro que el profesorado necesite ninguna ley para hacer bien su trabajo; es más, nuestros alumnos llevan aprendiendo lo que debían aprender gracias a que sus profesores cumplieron con esa responsabilidad, aun en contra de las leyes nefastas que se han sucedido durante décadas, pero si finalmente nos arremangamos para elaborar un marco educativo coherente y útil a la sociedad (exactamente lo contrario de lo que ofrece la LOMLOE y su mala, malísima educación), dejemos a los pedagogos entretenidos con sus cosas, absortos en sus torrecitas de marfil trinando la neolengua, y contemos con quienes saben educar de verdad: los profesores bien fajados, con muchos cursos a sus espaldas y enorme experiencia humana lejos de excrecencias lingüísticas como las "Competencias clave", las "Competencias específicas", los "Descriptores operativos", los "Saberes básicos", las "Situaciones de aprendizaje", los "Proyectos interdisciplinarios", los "Indicadores de logro", las "Evaluaciones de diagnóstico", los "Perfiles de salida" y otros inescrutables desatinos. Y entonces se demostrará que para garantizar una educación excelente a nuestras generaciones más jóvenes sólo se necesitan cuatro cosas: una buena relación de contenidos socialmente consensuados, distribuidos en materias (el temario de toda la vida: ¡adquirir conocimiento no es pecado, oiga!), aunque sin olvidar las destrezas, las actitudes y los valores; unos criterios de evaluación y de calificación precisos y sencillos de aplicar (nunca este laberinto atroz de la LOMLOE); una ratio razonable para atender a la diversidad (muy por debajo de los treinta alumnos por grupo: quince, por ejemplo) y suficiente asignación presupuestaria para dotar de medios al profesorado (no se pueden esperar resultados finlandeses o coreanos con presupuestos de la fallida Senegambia, ustedes ya me entienden). Y poco más: se lo juro por lo más sagrado ­­–por la sagrada buena educación– con la perspectiva que dan 35 años de brega en este oficio.

Así pues, ¿volvemos a las barricadas para desactivar esta ley absurda o seguimos en el redil perfeccionando las diversas competencias del balido?

 

José Muñoz Domínguez / DNI nº 08.104.629-G / Profesor de Dibujo

5 de junio de 2022

In honorem José Muñoz Domínguez

 

                                                Pepe Muñoz (imagen tomada de Salamanca al día)

Faltó un pelo, hace treinta años, para que El Bosque quedase amputado sustancialmente gracias a una recalificación de terrenos salvaje: chalés en el Prado Alto, viviendas en el Prado Bajo. Solo unas pocas voces críticas, encabezadas por el Grupo Cultural San Gil, se alzaron contra aquella tropelía urbanística. Hoy, valiente, terco y diezmado, el Grupo San Gil sigue en pie y disparando, a modo de Tercio de la Sangre o últimos de Filipinas en batallas patrimoniales, y, ayer como hoy, Pepe Muñoz sigue enarbolando rasgadas banderas. Lucha desde que le conozco.

A veces este hombre es más agobiante que su propio currículo. Del mismo modo que un Testigo de Jehová puede relacionar el relleno de los profiteroles con el Armagedón, Pepe deriva a la referencia culta patológicamente, aunque le hayas dicho que te ha salido un uñero. La diferencia entre ambos fanatismos, no exentos de una larvada lujuria, es que Pepe razona. Lúcido, competente, enciclopédico, no se me ocurre ejemplo más cercano para la definición de humanista. Como muestra, un botón: cualquiera que se interese por la historia bejarana –no digamos por El Bosque- descubrirá un nombre ubicuo: el suyo. Pero hablo de humanismo en un sentido amplio, más allá de la suma de conocimientos. Hablo de la implicación social, de entregarse gratuitamente, de ofrecer y de mojarse.

En el podrido ámbito de la intelectualidad –que es un mundo ofidio-, gobernado por las insidias, las prebendas, los plagios disimulados y los silencios ominosos, Pepe siempre ha ido de frente, divulgando lo que sabe, atendiendo a la verdad y procurando que el saber no sea un privilegio, sino un instrumento de libertad al servicio de todos. Por eso le han caído hostias como panes. Y, sin embargo, frente a quienes cada vez más optan por el confort -me incluyo: la salud mental es una estupenda coartada-, Pepe sigue manteniendo el acerado lema de frangar, non flectar como ley de vida. Contra la indolencia reinante, contra las derechas y las izquierdas, contra Crono y contra las arrobas de desengaño en filiaciones o afiliaciones casi reducidas a un prurito sentimental.

Querido Pepe, buen amigo, no eres el heroico Lucifer libertador del Génesis. Cabe reprocharte, como Adso reprochó a fray Guillermo de Baskerville, cierto orgullo intelectual. A mitad de la fiesta puedes convertirte en el erudito -o sea muermo profundo- y creo que te haría bien despejar tu compacta agenda: tomar aire, playa, montaña, mojitos leyendo El Jueves, sacar de paseo al muñeco como si no hubiera un mañana. Pero eres un tipo íntegro. Y van quedando pocos.

Un abrazo.

Gabriel Cusac

23 de octubre de 2021

El relato "Desde el suceso, Olimpio saluda a los pájaros", premio "Víctor Chamorro" 2021

 
Cuadros cardíacos flanqueando la entrada de los aseos de la Hospedería Valle del Ambroz (Hervás)


Repito premio en Hervás, esta vez con un cuento tan exagerado e iconoclasta que debo alabar la valentía del jurado. Aviso: solo para lectores audaces.

 

Desde el suceso, Olimpio saluda a los pájaros

 

I. El cacho Cristo.

Perpetrado en 1953 y donado con ciego altruismo por el curandero, matarife y artista local Cosme Lapela Grimmelshausen, el innombrable pero nombrado Cristo del Sagrado Corazón o, según los lugareños, el Cristo echao p´alante, se alza fatídicamente en el Cerro Escurrebragas, un pintoresco paraje de robles centenarios a las afueras del también pintoresco pueblo cacereño de Herguijuela de Cetrinos. En fábrica de cemento sobre un mínimo pedestal de sillares graníticos -donde se incluye, a juzgar por las inscripciones que presenta, un ara votiva dedicada a Júpiter, conjugando una funcional y carpetovetónica muestra de economía o reciclaje constructivo-, hablamos de un cacho Cristo de casi tres metros de altura, un Cristo ceniciento como un nublado, largo a lo Greco, microcéfalo y de cabellera tentacular, como si le hubiese caído un pulpo encima de la cabeza. Parece el Cristo del Chute, de lo escurrido que está, disparada su exangüe faz sobre un gaznate de canalón, mirando por cuévanos como el dómine Cabra, aspirándose los carrillos, con pómulos yunque, labios solapa, barbita hípster que no logra disimular un mentón cascanueces, y gran nariz aguzada que acentúa la caída toxicómana del interfecto (o Interfecto). No se trata de un Ecce Homo, pero como si lo fuera; tal carga de dramatismo atesora.

De cuello para abajo, aun sin abandonar la calamidad, el resultado parece más aceptable. Sagradamente, un Corazón descascarillado y arribista le brota de la zona anatómicamente correspondiente a la carina traqueal[1]. La Santa Víscera se rodea de unas muescas que, como elemento característico de la iconografía religiosa, intentan representar una irradiación metafísica; sin embargo, no se sabe muy bien porqué, el efecto conseguido es muy terrenal, y más parece un broche ciñendo la túnica del Salvador que un Corazón luminoso. No menos agresiva, por otra parte, resulta la grieta que, por un fallo en el proceso de fraguado, recorre la zona pélvica del Cristo a modo de cesárea o harakiri cruentos. Otro error, esta vez en el anclaje, provoca la amenazante inclinación de la estatua, la cual, con sus brazos abiertos en gesto ecuménico, hace el amago suicidante de tirarse en plancha; un cable tensor uniendo el dorso del Cristo echao p´alante a una peña trasera evita el descendimiento (o Descendimiento). Por fortuna, el Cristo no tiene cruz a la espalda, evitando males mayores y otras metáforas de Pasión. Unas manos desproporcionadas, unas manos de pelotari contumaz, salen disparadas de las mangas como dispuestas a arrear guantazos a diestro y siniestro. Podría, el Redentor, rascarse cualquier parte de la espalda.

Críticos pánfilos, benevolentes o lisérgicos insertan esta obra en la escuela expresionista; no obstante, la opinión más extendida señala una chapuza de órdago, un espantajo a la altura del engendro de Borja o del altar portátil descrito por el glorioso soldado Svejk, donde un nebuloso cuadro de la Virgen era interpretado por la tropa como “un paisaje lírico de Bohemia”. Da tanto miedo, el cacho Cristo, que podría ser el mascarón de proa en un barco pirata.

Hermano tarado de otras imágenes monumentales que, recuperando el frenesí cardíaco de 1919 -cuando el adúltero, pornófilo y chupacirios convulsivo Alfonso XIII se postró en el Cerro de los Ángeles-, el nacionalcatolicismo se encargaría de emboscar por toda España, el cacho Cristo de Cetrinos de la Herguijuela fue consagrado oficialmente la mañana de San Sátiro, San Eubulio, San Revocato, Santa Perpetua, etcétera (o Etcétera) de 1953, coincidiendo con una ciclogénesis de agárrate y no te menees, un temporal (voz antigua que definía el fenómeno meteorológico en aquellos remotos años) de tres pares de cojones convocante de la blasfemia y abreviador de protocolos, de tal modo que, entre discursos y misa de campaña, la ceremonia no se alargó más de un cuarto de hora (para salud de los circunstantes). Dicen que el obispo de Plasencia, tras retirar con solemnidad la funda de percal que cubría clementemente la estatua como un perizonium extremo, soltó un “¡Aaaaángela María!” de admiración o acaso de puro espanto. Luego pontificaría, durante la supersónica misa, que era un marzo venturoso, por la inauguración del Cristo y porque había muerto el diablo Stalin. Feliciano Gónadas Gallaruto quiso ofrecer digno colofón a la ceremonia arrancándose por una saeta extremeña al Nazareno, pero una solidaria ráfaga de collejas aplacó puntualmente el fervor devocional del herguijueleño, cretino profundo.

Como en las películas yanquis donde el policía, el criminal o el amante secreto (a veces, las tres cosas a la vez) acude de extranjis a un funeral, el protagonista de nuestra historia presenció o espió el acto en discreto apartamiento del público. Su estampa, eso sí, tenía un profundo cariz ibérico. Cobijado bajo el Roble Gordo, con sus esparteñas y su pantalón de pana, su camisa de lienzo y su zamarra, encasquetada a presión la boina como defensa frente al vendaval, se hallaba Olimpio Trápala Buñuelo, alias Zamacuco, quien poco antes había retirado las ovejas del paraje, sembrado por ende de oscuras y blandas oblaciones que se pegaban a las suelas de la concurrencia como un bucólico souvenir del magno evento. No sospechaba el humilde zagal -de inquietante parecido fisonómico con el cacho Cristo, por cierto- qué curiosa aventura propiciaría el nuevo habitante del Cerro Escurrebragas.

 

II. Se equivocó la Paloma, se equivocaba.

 

Como para sospecharlo. Si a uno le conocen como “el hijo del faísta” más que por su propio nombre; si sabe que su padre murió en la batalla de Sierra Guadarrama cinco meses antes de que él naciera; si sabe que su madre le parió con la cabeza rapada; si desde chinorri ha crecido entre los montes, cuidando y follando el rebaño del cacique; si toda su puta vida ha sido un traganabos, este desgraciado no va escuchando serafines y peyendo aleluyas, ni puede ser muy receptivo a felices intervenciones de la Divina Providencia. Digamos, de paso, que en la ocasión tampoco la Divina Providencia estuvo fina, escogiendo como factores del prodigio a un ganapán salvaje como un fauno y a un traumático Cristo de cemento, pero pase lo que pase siempre nos queda el consuelo, la coartada o el equilicuá de que los designios del Señor son inescrutables, y punto pelota. ¡Cuán maravillosa es la primera de las virtudes teologales!

Solo había transcurrido una semana desde la inauguración del mamotreto. Ya no quedaba rastro del temporal, mediaba marzo con júbilo de pajaritos y preludios primaverales, y un sol gozoso bendecía aquella mañana de Santa Matilde, San Afrodisio, San Leobino y una larga recua (o Recua), cuando, surgiendo del cacho Cristo y de su Sagrado Corazón talmente como brotaría de la chistera de un ilusionista, advino la blanca Paloma. Incognosciblemente, fabulosamente, milagrosamente, macanudamente, Deo volente. Se trataba del Espíritu Santo, encarnado en níveo plumífero para transmitir al pastorcillo un mensaje de paz y amor, una profecía escatológica o cualquier otra mandanga que nunca conoceremos, porque no hubo ocasión para desarrollar el milagro. Lo que se explica a continuación.

 - ¡Gorda como una gallina, la pajarraca!

La vida montaraz propicia agudos reflejos y rústicas habilidades. El cayado de Olimpio salió despedido de su mano con un preciso vuelo helicoidal, arreando tal bastonazo al infortunado Paráclito que este cayó derribado a plomo entre un énfasis de plumas y una especie de chirrido agónico.

- ¡Toma hostiazo, pochola!

Que la Paloma pareciera haber aflorado directamente del pecho del Cristo del Sagrado Corazón, para Olimpio, diríase baladí, un detalle insustancial, algo sin importancia (al contrario que el hambre, asunto de mucha enjundia). En aquellos tiempos, para millones de españoles, las palomas no eran las ratas del aire, sino las perdices de los pobres, del mismo modo que los gatos sí eran liebres y las mondas de las patatas, fritas en manteca, cumplían como suculentos snacks. Sublevadas, despegándose en voluptuosa algarabía, a Olimpio le borboteaban las tripas, sus contemplativas tripas, sus austeras tripas, proclamando el triunfo cinegético y su consiguiente gaudeamus culinario.

- ¡Ave que vuela, a la cazuela! -sentenció.

Coja y descalabrada, sangrando por una herida abierta que le había partido un ala, la Paloma se trompicaba en la hierba, como borracha. Entre una estela de babas, con el galopar descoyuntado, ya llegaba el mastín Pichote como una flecha, dispuesto a arrebatar el trofeo a su amo, aún más famélico; ya el buen pastor, advertido, se tiró de bruces al suelo, dispuesto a rematar la faena retorciendo el pescuezo a la viviente dádiva, cuando, en una súbita ascensión (o Ascensión) vertical, como a reacción, la Paloma consiguió encaramarse en un brazo del Cristo. ¡Cloc! Testa contra testa, el brutal encontronazo de Olimpio y Pichote tuvo reminiscencias de rebecos en celo, de tragicomedia picaresca y de cartoon viejuno. El perro lanzó un aullido lastimero, el hombre soltó un emotivo “¡cacho puta!” y la susodicha (o Susodicha), entre el alivio y la burla, cacareó, más que zureó, con regodeo victorioso. Era un preludio teatral. Chulesca, altiva, con el cabeceo característico de la especie, la Paloma comenzó a recorrer de lado a lado el brazo cristiano sin dejar de mirar admonitoriamente al frustrado cazador. Una mise en scène a lo Aristóteles, peripatética en sentido estricto, pero también plenamente patética desde el momento en que la cojera y el ala jodida restaban majestad al desfile. Tanta pose y tanto dramatismo no afectó demasiado al sentido práctico de Olimpio, quien volvió a empuñar el cayado con querencia colombófila. Le detuvo una voz.

- ¡Quieto, hombre de poca fe, gañán, zurriburri, mostrenco!

Era una voz atiplada, como de alguien medio estrangulado, talmente la vocecita feble del mismo Generalísimo. Los designios del Señor son inescrutables, y quien sabe si el Señor escogió esta voz por afinidad política, por casualidad o por retranca. Porque se había manifestado el Paráclito. Lo cual implica, a nivel narrativo, que a partir de este momento hablemos del Palomo (procurando, eso sí, evitar el calificativo de cojo, lo que daría lugar a controvertidas interpretaciones).

El mastín y las merinas salieron disparados como un cohete, pero Olimpio quedó petrificado, aunque, por no se sabe qué automatismo defensivo, cruzó sus manos delante de la entrepierna.

-Sí, soy Yo -continuó el Palomo-. ¡Olimpio, Olimpio, ¿por qué me has propinado un trancazo, mentecato? Escucha, pelanas, te habla el Espíritu Santo. Quítate las zarpas de la bragueta y prostérnate.

- ¿Mande?

-Que te arrodilles, cojones, porque esta es una ocasión solemne y tienes un espelde que quita el hipo, algarrobo. Y ahora bien atento, saltabardales. De cierto, de cierto te digo que, oh, cuán infinita bondad, tuve el detalle de fijarme en ti, espantajo de higuera, para difundir en el orbe unas revelaciones de tomo y lomo. Entre en tu escaso conocimiento que mi figura lleva siglos devaluada. ¿Quién coño se acuerda hoy del Espíritu Santo? En cambio, tienes apariciones marianas para aburrir, un show detrás de otro. Llegado el momento de dar un golpe de efecto, he pensado que sería el súmmum, el no va más, escoger como testigo y mensajero de mi revolucionaria manifestación a un desecho humano de tu calaña, bocarrayo como un ácrata beodo, con el vello púbico con más lana que una estambrera, saqueador de huertos, profanador que en los últimos años solo ha pisado la iglesia con nocturnidad y alevosía, reventando el sagrario y montándose una comunión pagana a base de vino y hostias, para más inri dejando de recuerdo un zurullo de rosca en el confesionario, como el artista que firma su obra… Se te suben los colores, ¿eh? ¿No has oído hablar del Ojo Panóptico, el que todo lo ve? ¿De la Omnisciencia? ¿No sabes que ningún acto humano escapa al divino escrutinio? ¡Oh, triste de ti, necio, oveja descarriada, cazcarrioso!   

En este punto de la filípica calló el Palomo, introduciendo una pausa retórica. Olimpio, cabizbajo y trémulo, postrado sobre sus rodillas, parecía encogerse como un suflé sacado del horno. Grave momento para que un desconsiderado hombre, un energúmeno, saliese dando voces de entre dos piedras feroces. Trascendente momento para ser aderezado por la nada retórica banda sonora de una flatulencia descomunal, uno de estos pedos goliats, estruendosos y en rosario, emparentados con las tracas falleras; un cuesco sísmico que escapó de las entrañas de Olimpio con la turbulencia del viento tramontano y la furia del martillo de Thor. Inopinada ráfaga que sobresaltó al Palomo, quien en gracioso salto reflejo quedó encaramado en la cabeza del cacho Cristo. No pasó un ángel (ya es lo que faltaba), pero calló el mundo y transcurrieron unos tensos segundos de silencio que rompió el rústico artillero con una disculpa elemental.

-Perdón, son los nervios.

Miró al cielo el Palomo, como buscando auxilio en otra persona hipostática. Sus ojos, antes cárdenos, se habían mudado a puro fuego. Pareció tomar aire, hinchando el pecho, para reanudar su perorata.

- ¡Y ahora dispara la salva, el cascaciruelas! ¡Tuba mirum spargens sonum! ¡Pero si sube hasta aquí el tufo a cadaverina! ¡Quién me mandará a Mí meterme en estos berenjenales! ¡Menudo churro de epifanía! En fin, qué clase, Olimpio: el Diablo hizo en ti maravillas. Tú, por lo menos, deberías salir en el Antiguo Testamento, estás muy desperdiciado: el mejor amigo de Job, o algo así. Bueno, bellotero, mazorral, definitivamente has dejado pasar el tren, has perdido la ocasión que cambiaría tu vida del anonimato a la fama, de la cagarruta agropecuaria a la beatitud, de la dehesa a la conserjería de la Universidad de Navarra, porque ya estaba todo el plan diseñado. Pero se acabó, alea jacta est. Ni buenas nuevas ni leches; no hay duda de que otro ceporro cualquiera sería mejor heraldo que tú a la hora de transmitir el mensaje revelado. Misión abortada. ¡Hala, descansa, se acabó el pestiño! La paz sea contigo, zoquete, comepellejos, mendrugo.

-Y con tu espíritu [o Espíritu] -respondió mansamente Olimpio.

El Palomo alzó el vuelo y, tras ejecutar un tirabuzón algo truncado, bombardeó un blanquinegro excremento gigante, una cagada más propia de la especie ciconia ciconia, que condecoró la boina de Olimpio como un marchamo de recochineo empíreo. Súbitos nubarrones en vuelo rasante clausuraron una porción muy concreta del antes diáfano cielo, rayos y centellas ensayaron una esgrima intermitente, truenos cabreados multiplicaron a rebato el cuesco olímpico y goterones formidables como lágrimas de Dolorosa se cernieron sobre el Cerro Escurrebragas, y solo sobre el Cerro Escurrebragas, en una especie de vengativa y microclimática performance de Dios.

 

III. El Cuervo: un giro mefistofélico.

 

Preverá el amable e incluso el misántropo lector un desenlace ejemplarizante, como mandan los cánones. Pero entre los hermosos pensiles literarios a veces brota un cardo arisco, un pérfido estramonio o una olivardilla grosera, dándose la casualidad de que en este relato díscolo y cunetero no se respetan ni cánones ni parábolas al uso ni pollas en vinagre, qué le vamos a hacer. El imparcial narrador, siquiera sufridamente, se debe a la verdad, por heterodoxa que esta sea, y, como notario de los hechos, debe constatar que a los pocos días Olimpio era un decente hacendado, con ovejas propias, pastor a su servicio y finquita muy aparente. Olimpio, desde el suceso, emprendió la huida del bando de los desheredados para instalarse en el señorío y la respetabilidad, a la postre afeitándose y comiendo en mesa, tomando café y cagando en un váter, como un marqués. El nuevo Olimpio, ya don Olimpio, dijo adiós al borborigmo claustral de unas tripas sans culottes, al frío de la cencellada fantasmagórica y al sofoco de canícula entre algarabía de chicharras, a la roña pertinaz y a la estela de tufo chotuno que dejaba tras su paso, a la mirada difidente de maqui al acecho y al coito levítico. Por desgracia, querido lector, y a pesar de nuestros deseos, no podemos hacer uso del prestigiado y tan en boga concepto de “catarsis”, ya que, stricto sensu, no sería correcto, pero gustosamente desvelaremos la causa de tan espectaculares vicisitudes. Para lo que debemos volver al amparo del Roble Gordo.

Se desató la tempestad sacra como expresión furiosa de un dios paradójico, infantil y todopoderoso al tiempo; Ira Dei que “se revela contra toda impiedad y justicia de los hombres”, en este caso desplegando un fanfarrón espectáculo de pirotecnia atmosférica y conato diluvial. A su vez, el Roble Gordo, como un modesto, pero firme e impertérrito dios penate, cubrió bajo su copa centenaria a un hato temeroso y a unos no menos acojonados Olimpio y Pichote. Cesó el turbión al cuarto de hora, quedaron el Cerro Escurrebragas escurriendo arroyos, el cacho Cristo ya negro de tanto remojo, y Olimpio orinando interminablemente, como Pantagruel después de la purga, sobre el tronco del roble tutor, descargando con alivio lenitivo una vejiga pletórica, acaso sobreabastecida de simpatía pluvial y miedo pánico. Pero si el miedo es potente diurético, no cabe duda de que un susto -otro- en plena meada puede cortar el chorro rigurosamente. Como ocurrió.

- ¡Guárdate la minga, Zamacuco!

El espasmo de Olimpio provocó una aspersión indiscreta e ilustradora de esparteñas y pantalones. En esta ocasión la voz, radicalmente distinta a la del Palomo, era grave y cavernosa, como preñada de un eco propio. Nuestro sufrido pastor, sintiéndose las manos de arcilla, se abotonó la bragueta trémulamente e intentó localizar al ordenante moviendo la cabeza como un suricato, porque la voz había sonado con calidad ubicua.

- ¡Eh, arriba!

El Cuervo estaba posado en una rama baja del roble; el uso de mayúscula se debe a una elemental regla de paridad. Era un ejemplar lustroso, de plumaje ubérrimo, gordo también como una gallina, como si fuera moda entre los sobrenaturales la desmesura a la hora de encarnaciones aviares. A su lado, desbordándose sobre la rama, reposaba una talega de terciopelo, negra e iridiscente como el propio Cuervo. Olimpio, ya con la lección aprendida, se puso de hinojos por si acaso. Con las alas cruzadas sobre la pechuga, carcajeó el alado como debe carcajear un orfeón de ogros.

- ¡Levántate, no jodas! ¡No tengo yo la soberbia del palomino [o Palomino]! ¡Ni sus intenciones! Oye, Zamacuco, te lo digo de verdad: hacía siglos que no me descojonaba de esta manera. Eres un puto crack, machote, un nuevo Fausto; a lo garrulo, tipo Sancho Panza, pero con dotes innatas. ¡Al Anticristo le vendría bien un hombre de confianza como tú, figura!

Volvió a reír el Diablo, y su risa arrastraba memorias de acantilado o sima airona. Tiritaba el suelo y tiritaban las meninges de Olimpio, a punto de fundirse y manar por los oídos como mantequilla líquida. Cesó la risotada satánica tan súbitamente como había brotado y el Cuervo, muy sentido, retomó la palabra llorando de alegría.

-Hoy ha sido un gran día, monstruo, has marcado una efeméride. Y de este Menda se podrán decir muchas cosas malas, pero los que me conocen saben que soy agradecido con los amigos. Esto es tuyo.

El Cuervo empujó la talega con una pata. Al caer a los pies de Olimpio, el saquito se abrió en una sonrisa áurea y benefactora, como un rayo de sol después de la borrasca. El republicanismo relicto del ovejero no fue óbice para que sintiera un vislumbre de felicidad ante la multiplicada efigie de un rey barbudo; como un rayón de tiza en la pizarra, otra sonrisa renueva se abrió paso entre otras barbas forajidas.

-Amadeos de cien, oro amarillo del bueno, flor de cuño: un potosí -dijo el Malo-. A hacer puñetas la miseria, Zamacuco. Aquí no acaba la cosa. Sé que tienes menos mundo que un escarabajo pelotero. Como los únicos viajes de tu paupérrima existencia han sido al mercado de Ahigal, te cagarías patas abajo solo de pensar que está esperándote la metrópoli. Tranquilo, no hay problema. Mañana conocerás a mi propio tesorero, Mammón. Un tipo legal, pongo la mano en el fuego. Pero esto es importante, quédate con la copla. Cuando te dirijas a Él no le llames “Mamón”, por favor: eso le sienta fatal y se pone, valga la redundancia, hecho un demonio. Tienes que pronunciar su nombre partiéndolo como si fueran dos: mam-mon, mam-mon; descuelga la mandíbula para que se estire la eme, aunque parezcas retrasado o un buey mugiendo. Repito, métetelo bien en la molondra: si se te escapa un “Mamón” vamos apañados, porque monta la de Dios es Cristo y todo puede acabar como el rosario de la aurora. Mammón será tu secretario, tu asistente, tu diablo de la guardia, tu amparo y fortaleza. Nada has de temer. La cita es a las siete de la mañana a las puertas del cementerio. Y ponte guapo. ¿Capisci?

- ¿Mande?

Volvió a retumbar la carcajada horrísona. El Cuervo echó a volar sin decir adiós (naturalmente) y, tras ejecutar un tirabuzón perfecto, bombardeó un blanquinegro excremento gigante, una cagada más propia de la especie ciconia ciconia, que condecoró la cabeza del Cristo como un marchamo de recochineo inframundano. Cuando el Cuervo ya era un garabato en el horizonte, todavía llegaban ecos de su risa con memorias de acantilado o sima airona.

 

IV. Epílogo y santas pascuas.

 

A la mañana siguiente Mammón aparcó el Hispano Suiza a las puertas del cementerio. Del mismo modo que el humilde zagal guardaba un inquietante parecido fisonómico con el cacho Cristo, era el tesorero avernal tal Errol Flynn en La dinastía de los Forsythe, felicísima circunstancia que evita onerosos trámites prosopográficos. No descuidaría su delicado nombre Olimpio, estirando la eme como retrasado o buey mugiendo, y la estancia capitalina se desarrolló a las mil maravillas (aunque no divinamente). Alojarse en el Ritz, comer en el Salón Gayarre del Lhardy y desembarazar la talega de un puñado de amadeos (el resto quedaba en reserva) a cambio de medio millón de duros en la joyería Villanueva y Laiseca fueron los primeros pasos de una agresiva terapia de choque contra el paletismo profundo de Olimpio Trápala Buñuelo, alias Zamacuco, a la postre don Olimpio, y también el cenotafio lustral donde quedó encerrada para siempre una pobreza obscena.

Por lo demás, la manía, aparte de inofensiva, es perdonable. Vuelva al título el atento lector.

Gabriel Cusac Sánchez

 



[1] Sobre la latría cardíaca, apúntense las palabras de Nuestro Señor Jesucristo dirigidas, a pecho descubierto, a la salesa Santa Margarita María de Alacoque, origen de la milonga: “Mi Divino Corazón está tan apasionado de amor por los hombres, y por ti en particular, que no pudiendo ya contener en sí mismo las llamas de su caridad ardiente, le es preciso comunicarlas por tu medio, y manifestarse a todos para enriquecerlos con los preciosos tesoros que te descubro, y los cuales contienen las gracias santificantes y saludables necesarias para separarles del abismo de perdición”. Añádase que sor Margarita recibió esta tórrida revelación acostada tiernamente sobre el pecho del Hijo; un pecho abridero del que eclosionó como una seta el dichoso (o Dichoso) Corazón. Y ya de paso, para no quedarnos cortos, venga también el comentario -dicho de todo corazón- de Giacomo Casanova sobre la obra apologética del jesuita Claude de la Colombière Devoción del Sagrado Corazón: “De todas las partes humanas de nuestro Divino Mediador, era esta la que, según nuestro autor, debía adorarse de forma especial; idea singular de un loco ignorante, cuya lectura me indignó desde la primera página, porque el corazón no me parecía una víscera más respetable que el pulmón”. Que por referencias cultas no sea, qué hostias. Tampoco por el uso de recursos estilísticos: adelante con la aliteración, la anáfora y el calambur (valórese, en consecuencia, por el ilustre y soberano jurado de este certamen).

3 de octubre de 2021

Puta vida

 

Balcón de casa colonial, Francisco Mangialardi (imagen tomada del blog Paisajes y bodegones al óleo)


“Cuanto más viejo, más pellejo”, se dice. Y, pese a la popularidad de este refrán, su interpretación no es unívoca. Pero yo siempre he entendido que el paso de los años te hace más cabrón, idea que comparto simplemente fijándome en los demás y, sobre todo, en mí. Bien superada la media centuria -que ha pasado como pasa un tren-, el escorial del desengaño gana terreno al jardín de las ilusiones, y, ya perro viejo, no me reconozco en aquel joven noble, idealista y valiente que fui. Quizá sea un mecanismo natural de autodefensa, quizá madurar implique por necesidad una delimitación muy concreta de los afectos, una merma de la empatía y un llamado constante a la prudencia. Quizá tenga que ser así por huevos, lo desconozco. Solo sé que, efectivamente, cada día soy más cabrón. Y, sin embargo, de vez en cuando ocurren cosas que traspasan mi coraza de insensibilidad. Les cuento.

Si me devolvieran toda la pasta que he fundido en copas y farlopa, quizá viviera en la Castellana. No se da el caso. Habito una casa humilde en un barrio humilde de una pequeña ciudad empero orgullosa, un orgullo similar al de esos hidalgos de ropas parcheadas que aparecen en la novela picaresca. Vivo más solo que la una, porque no me aguanta ni Dios. Trabajo en un matadero, donde descargo toda mi violencia a cuchilladas sin tener que infringir la ley. Diez horas, seis días a la semana, ganando en B casi tanto como en A, como mandan los cánones del sector. Hace poco me he comprado un Audi gigantesco para dar por culo a los vecinos; aunque viva en un piso barato y viaje menos que un espantapájaros, trabajar despiezando cochinos a destajo me permite algunos lujos, por más que mi vida sea una auténtica mierda. Me levanto a las cinco de la mañana y llego a mi simulacro de hogar a media tarde, arrastrando los cojones y dejando una estela chotuna que se ha hecho famosa en el barrio: “Ya viene don Tifus”, bisbisean las comadres del corrillo vecinal, una especie de aquelarre en guata. Me he duchado al acabar el curro y vuelvo a ducharme en casa, con la vana esperanza de que la peste a matadero desaparezca; después, como cualquier porquería precocinada, veo cualquier pijada en la tele y caigo en la cama más derrengado que el caballo de Miguel Strogoff. A medio prospecto estoy roque. Mi desahogo, una irracional huida catártica, llega los sábados por la noche: un furioso maratón de rayas, cubatas y tabaco que me deja los domingos de córpore insepulto. A los alicientes de esta apasionante existencia súmese que peso cien kilos, soy calvorota integral y tengo tal careto de mala hostia que a mi lado Agustín González parecería un príncipe de Disney. Ya ven que soy una joya.

Pese a todo lo dicho, ella me pretende. Pobrecita, se me cae el alma a los pies. Se trata de Belinda, la vecina del bajo derecha. Belinda enviudó hace dos años; desde entonces, vive tan sola como yo. Y, desde hace unos meses, quiere remediarlo; se da además la rara circunstancia de que somos perfectamente coetáneos: como una señal del destino, nacimos el mismo día del pródigo 66. Belinda, de madrugada, está puntualmente apostada en su balcón de geranios, posando con alguna prenda en las manos para tender, como si fuera normal hacerlo a las seis menos cuarto de cada mañana. “Buenos días, Crisanto”, me saluda con su dulce voz, sonriente, poniéndome ojitos, y parece que me saluda el mundo. A mí, a este desgraciado. “Buenos días, Belinda”, respondo con un nudo en la garganta, enternecido. El cariñoso protocolo se repite a la vuelta del trabajo: allí está ella, como una centinela, en su garita florecida: “Buenas tardes, Crisanto”. “Buenas tardes, Belinda”. Incluso algunas mañanas de domingo, cuando aparezco por la calle indecente como un zombi, ella permanece de guardia, esperándome, fiel y abnegada, disculpando mi evidente mamaera con su meloso y lenitivo saludo. En estas ocasiones, subo las escaleras soltando lagrimones como una Magdalena. ¡Triste de mí!

Ustedes se preguntarán: ¿Y a qué esperas, Crisanto?

No puedo, lo siento. No puedo.

Porque la cara de Belinda es un calco de la de Benny Hill, ese que corría a tres mil revoluciones detrás de chicas en minifalda.

Puta vida.

P.D.: Como soy un carcamal, las referencias de este texto quedan algo anticuadas; ruego al joven lector que se esfuerce en la búsqueda internáutica acerca de Miguel Strogoff, Agustín González y, sobre todo, para entender la magnitud de la tragedia, de Benny Hill.

Gabriel Cusac