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| Piadoso consigo mismo (y quizá alienígena), Torres Villarroel decía tener "catadura germánica" |
3 de abril de 2026
Torres Villarroel y los duendes de la calle Fuencarral
28 de septiembre de 2025
El anciano de aspecto venerable
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| "Autorretrato como Zeuxis riendo", Rembrandt |
Hace
poco tiempo decidí encontrar a un anciano de aspecto venerable. Porque me di
cuenta de que no conocía ninguno, a pesar de que tal expresión, “anciano de aspecto venerable”, parecía
repetirse infinitamente de forma oral o escrita. No obstante, para fundamentar
este texto de una forma elegante, busqué ejemplos. Es decir, recurrí a internet
y a la IA, instrumentos que nos convierten en una especie de dioses cuñados y
permiten la referencia culta incluso a
quien solo lee prospectos o prensa deportiva. Pues la IA, que es la hostia,
solo pudo localizar dos ejemplos literarios, uno en una novela de García Márquez y otro en un cuento de
Unamuno. Al respecto, tengo que añadir dos puntualizaciones: a) a pesar de la
escasez de ejemplos, es obvio que la expresión goza de bastante popularidad, de
otro modo no se explica que me lleve
agusanando la cabeza desde chinorri b) os jodéis y buscáis vosotros mismos los
textos de Gabo y del brasas de Unamuno.
Primero
en política, como concejal de Urbanismo, y luego en la cárcel, aprendí una
importante lección: es necesario cuestionarse todo, absolutamente todo. Y, en
el asunto que nos ocupa: ¿cómo cojones se explica que en toda mi puta vida no
recuerde a ningún anciano de aspecto venerable? ¿Acaso se trata de un mito, de
un arquetipo jungiano, de una quimera universal? ¿Una mentira obscena como la
del “molt honorable” Jordi Pujol?
Aprovechando
que, con motivo de una de tantas celebraciones casposas, el Ayuntamiento
repartía comida gratis en la Plaza Mayor, decidí acercarme al foro para
solucionar el enigma entre los cientos de jubilados que a buen seguro se
concentraban allí. Qué decepción. Fue una experiencia traumática. Únicamente
hallé ceños fruncidos, mandíbulas descolgadas, miradas rapaces, gestos de
desconfianza, bocados desbocados y chismes maledicentes. También panceta,
sudor y cubiertos de plástico.
Con
una extraña sensación de aturdimiento, lo primero que hice al llegar a casa fue
ducharme. Luego, frente al espejo, aplasté los cuatro pelos que crecen en mi
cabeza a modo de matorral estepario. Y fue así, frente al espejo, cuando me di
cuenta de que estaba mirando a un anciano de aspecto venerable.
Os
vais a cagar.
Gabriel
Cusac Sánchez
9 de marzo de 2024
Retirado el cartelón del Puente de La Malena
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| Antes |
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| Después |
27 de octubre de 2023
NETANYAHU: VEINTE DÍAS DE VENGANZA CRIMINAL, artículo de José Muñoz Domínguez
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| Ubicación ideal del Estado de Israel |
Hace veinte días que los fanáticos de Hamás sembraron el terror en territorio de Israel causando 1400 muertos y tomando más de 200 cautivos. Hace veinte días que la población palestina de Gaza sufre el éxodo y el exterminio –como en Auschwitz– por el azote del Gobierno sionista de Israel más el apoyo de gran parte de la población judía local y de la diáspora, de algunos países con la conciencia retrospectiva muy sucia y, como siempre, del amigo americano, adalid de la infamia.
Veinte días de horror y masacre de inocentes a razón de centenares de víctimas por jornada (mucho peor que Putin en Ucrania y en la senda criminal de Stalin y de Hitler); veinte días de destrucción masiva en ciudades y arrabales, en campos de refugiados, hospitales, mezquitas; veinte días de reacciones desmedidas y tramposas, como provocar el éxodo desde el norte y bombardear también el sur; de negar las mínimas condiciones de asistencia y subsistencia a la población civil indefensa; de acorralar a quienes ya eran víctimas hasta su extinción por sed, por hambre, por enfermedad o por miedo insuperable.
Veinte días ya, se dice pronto, matando moscas a cañonazos, como si un estado que se autoproclama democrático pudiera utilizar los mismos medios terroristas de su enemigo. Incluso si lleva décadas abusando de la población palestina y provocando reacciones descontroladas de quienes lo han perdido casi todo, Israel tiene derecho a defenderse de una agresión, pero no puede hacerlo fuera de los límites establecidos por el Derecho Internacional Humanitario, o habrá de ser considerado un estado terrorista y tratado como tal por una comunidad internacional que, hasta ahora, sólo ha demostrado indecisión, cinismo, doble rasero o directamente cobardía: el amigo americano y los tibios de la vieja Europa serán cómplices de este genocidio sobre la población palestina. Ya lo son de facto: a día de hoy, más de 5000 muertos sobre su conciencia.
Israel desconoce la grandeza de la democracia e ignora deliberadamente el estado de derecho en favor del designio divino: sus gobernantes llevan ciscándose en el derecho internacional desde la abrupta creación de Israel como estado en 1947, algo que no se habría producido sin el impulso de las Naciones Unidas, ¡pero todavía se permiten la impudicia de incumplir una tras otra sus resoluciones o, recientemente, de recusar a su secretario general, António Guterres, por decirles a la cara algunas verdades! Aunque no pierden el tiempo: mientras se rasgan las vestiduras como fariseos en la ONU, siguen bombardeando ese campo de exterminio que es Gaza, uno de los lugares con mayor densidad de población del planeta, sólo para cobrarse la vida de un puñado de fanáticos.
Imaginen que, en España, durante los años de plomo de la banda terrorista ETA, se hubiera decidido bombardear el territorio del País Vasco –tan vulnerable como la Franja de Gaza, aunque veinte veces más extenso– para descabezar esa organización y acabar con sus miembros y red de apoyo. Imaginen un nuevo desastre de Guernika en cada una de las ciudades donde pudiera anidar alguna célula de la banda y con el mismo resultado de aquel holocausto nazi de 1937 contra la población civil: miles de muertos, heridos y desplazados para la más desproporcionada victoria sobre una minoría terrorista, la sangre de miles de inocentes como medio para acabar con unas pocas decenas de extremistas. Sabemos que hubo intentos de actuar al margen de la Ley (aquella ignominia de los GAL) y no faltaron errores y represión, pero, en términos generales, el Estado intervino quirúrgicamente, mediante largas y pacientes investigaciones policiales hasta detener a la mayor parte de los responsables y llevarlos a juicio, sin apenas algún daño colateral, sin arrasar con la población entera. Aunque todavía queden centenares de casos pendientes de esclarecer, nada discurrirá por vías extrajudiciales porque, a diferencia de Israel, vivimos en un estado de derecho. ETA causó más de 850 muertos en 43 años de violencia armada, con miles de heridos y víctimas familiares que todavía reclaman memoria, justicia y reparación, pero el Estado español nunca actuó contra el terrorismo como lo hace ahora el Estado de Israel, demostrando así la inmensa distancia moral entre una verdadera democracia (imperfecta, manifiestamente mejorable) y un estado sionista y terrorista, vengativo, perverso hasta incurrir en crímenes iguales o peores que los provocados por el fanatismo de sus enemigos, indistinguibles ya de quienes fueron los verdugos de su pueblo en Sefarad, en la Rusia zarista y soviética, en la Alemania nazi.
Las cifras más recientes que ofrece UNRWA son del 23 de octubre pasado, pero demuestran la desmesurada carnicería de Israel contra la población civil de Gaza, una masacre aún mayor a día de hoy: para acabar con unas pocas decenas de terroristas, el sionista Netanyahu y sus perros de la guerra han asesinado a 5087 personas (2055 eran niños), causado 15.273 heridos y 1,4 millones de desplazados que tampoco han conseguido librarse de las bombas ni de un asedio peor que en tiempos medievales. Con su versión amplificada de la Ley del Talión, el Estado de Israel se cobra ya casi cuatro muertos palestinos por cada judío asesinado el 7 de octubre, y no se detendrá la progresión hasta que la sangre desborde el cáliz, hasta que el Mar Muerto se confunda con el Rojo y cumplan la macabra promesa de sus nombres. Qué justos parecen ahora aquellos hebreos bíblicos que sólo exigían ojo por ojo, diente por diente. Qué resentidos carniceros, qué depravados impíos, qué antisemitas sanguinarios los desquiciados sionistas de hoy.
Sólo tengo mi voz y mi libertad de expresión, así que, como Blas de Otero, “Pido la paz y la palabra” y quiero hacer uso de ella –públicamente, ingenuamente, desesperadamente– para solicitar del Estado español lo único que cabe hacer contra la indignidad criminal de Netanyahu y los suyos, pero también contra los responsables de Hamás y otras organizaciones terroristas implicadas en esta barbarie: iniciar las gestiones para declarar a Israel como estado terrorista y promover un procedimiento penal contra todos ellos por crímenes contra la Humanidad, de modo que sean llevados ante la Corte Penal Internacional (o ante un tribunal creado ad hoc), para que puedan ser procesados y, en su caso, condenados tras un juicio universal con garantías.
José Muñoz Domínguez
20 de noviembre de 2022
LOMLOE: LA MALA EDUCACIÓN, José Muñoz Domínguez
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| El laberinto, William Kurelek (imagen tomada de nodoarte) |
Pocas cosas condicionan tanto el futuro de un país como la legislación educativa. Hoy abro mi blog para compartir un artículo de José Muñoz Domínguez sobre la Lomloe. No soy docente, pero soy ciudadano y padre. Y lo que se explica aquí eriza la piel.
Léanlo, por favor. Nos jugamos mucho.
LOMLOE:
LA MALA EDUCACIÓN
REFLEXIONES DE UN PROFESOR CABREADO, A
PROPÓSITO DE LA NUEVA LEY EDUCATIVA
Si
no lo digo, reviento. Como tantos colegas profesores, me encuentro en el trance
de elaborar la programación didáctica para este curso aciago, lidiando con el
imperativo legal de la LOMLOE, y les juro que no puedo más.
Pongo
en antecedentes a los lectores para que nadie se llame a engaño: no busquen
ninguna intencionalidad partidista en estas opiniones, pues me considero una
persona de ideas progresistas que, supuestamente, debería estar de acuerdo con
esta ley (pero va a ser que no); tampoco soy ningún novato ni hablo sin
conocimiento de causa: después de casi 35 años de experiencia como docente en Educación
Secundaria, me he tenido que tragar todas las reformas educativas que se han
sucedido desde la LOGSE, cada una peor que la anterior hasta llegar a esta cosa
llamada LOMLOE, un engendro pseudo-pedagógico, disruptivo, fuera de quicio, que
se me antoja ya puro delirio lisérgico; tampoco me tengo por idiota ni creo
tener menos sesera que los redactores de la ley, y a pesar de ello no comprendo
nada, ni jota, del galimatías que inunda sus páginas, escritas en esa jerga retorcida
y tramposa, neolengua casi orwelliana, tan de moda entre los iluminados que se
dicen pedagogos; y aún digo más, como activista en defensa del Patrimonio y del
Medio Ambiente me ha tocado manejar numerosos textos legales y normativos
complejos, planes de ordenación urbana, evaluaciones de impacto ambiental y expedientes
de todo tipo que, sin embargo, he sido capaz de comprender y contestar con
argumentos: ¿cómo puede ser que una ley educativa, la que afecta al desempeño
de mi profesión, me resulte completamente incomprensible?, ¿cómo es que después
de 35 años dando clase me vea incapaz de redactar una programación y, todavía
peor, de poder aplicarla?, ¿no les parece que algo huele mal en todo esto? Apenas
me sirve el consuelo de compartir esta frustrante sensación con otros
compañeros profesores, pero lo cierto es que no conozco a ningún colega que
sepa verdaderamente de qué va esta ley, y aquellos que admiten entender algo se
deshacen como un azucarillo en cuanto les formulas alguna pregunta mínimamente
comprometida, también los supuestos "expertos", entregados enseguida a
la verborrea hueca de la norma como quien repite las consignas de una secta.
Si
no me creen, ármense de valor y prueben a leer el texto legal. Ya les advierto
que hay que tener estómago. Encontrarán perlas como las "Competencias clave",
las "Competencias específicas", los "Descriptores
operativos", los "Saberes básicos", las "Situaciones de
aprendizaje", los "Proyectos interdisciplinarios", los
"Indicadores de logro", las "Evaluaciones de diagnóstico" o
los "Perfiles de salida", arcanos de pomposo significante y abstruso significado
con las patas bien cortas: ¿entienden ustedes algo de todo esto? Yo tampoco.
Pero no se trata sólo de una sustitución de "palabros" sobre los
escombros de leyes anteriores, aunque no deja de ser curioso que aquellos "Estándares
de aprendizaje evaluables", aquellas "Rúbricas", aquellas
"Ponderaciones" y otras ocurrencias neoliberales de la ley derogada
(la ridícula LOMCE o Ley Wert), que hasta hace bien poco eran la repera
limonera y fueron defendidas por sus acólitos como lo más de lo más en
innovación educativa, ya sean restos de un naufragio, chatarra conceptual, pasto
del olvido. No, la LOMLOE es mucho peor que cambiar de nombres o de secta, es
una trama perversa de conceptos imbricados, relacionados, entrelazados,
ramificados, retorcidos hasta lo enfermizo, un maremágnum perpetrado por malos
tecnócratas y peores pedagogos que el docente se verá obligado a seguir a pies
juntillas a la hora de calificar a sus alumnos y que le llevará a manejar miles
de datos sobre decenas y decenas de aspectos, a cual más pintoresco y
variopinto, muy lejos de la verdadera educación. Valga como ejemplo la
estimación realizada por una compañera, profesora de Tecnología, en la que
demuestra lo que le aguarda a quien se someta al dictado de la ley: en esa
misma materia, tal docente acabará manejando hasta 81.600 calificaciones por
trimestre (han leído bien: ochenta y una mi seiscientas notas parciales), a
razón de 680 cada estudiante, como resultado de multiplicar los 34 descriptores
operativos por 20 criterios de evaluación y por 120 alumnos. Ni el
estajanovista más convencido y canalla se atrevería a exigir semejante estupidez,
así que comprenderán que, sólo por este motivo, la LOMLOE ya es tan inoperante
como inaplicable, por mucho que se empeñen los ideólogos lumbreras que la han
elaborado. Por cierto, no estaría de más que todos supiéramos quiénes son y a
qué se dedican, aparte de parir leyes imposibles como esta, pues sería un dato
crucial para cuando haya que reunir un buen equipo docente (y decente) capaz de
redactar una ley educativa cabal y duradera: cualquiera menos ellos en tal
equipo, desde luego.
Hasta
ahora me he referido únicamente a cuestiones nominales y cuantitativas, pero en
lo que se refiere a lo cualitativo, a ese anhelo social por la calidad de la
enseñanza, me temo que la LOMLOE también hace aguas: se menosprecia el
conocimiento y se sustituye por ese mantra intangible de las "competencias"
sin atender a lo importante. Spoiler:
se avecina otro naufragio como el de las leyes anteriores, o incluso peor. En
una reciente entrevista en El
Confidencial (https://www.elconfidencial.com/cultura/2022-11-14/lomloe-reforma-educativa-ocre-episteme-profesores_3520591/),
la profesora Irene Murcia explicaba este absurdo en términos coloquiales (¡sin
utilizar la funesta neolengua de los pedagogos!) para decir que, gracias a la
nueva ley, nuestros "competentes" alumnos quizá alcancen a hacer la
"O" con un canuto, pero ignorando qué es la "O" y sin saber
qué es un canuto. Tómenlo como símil de lo que está por venir en la formación
de nuestros chavales, porque así será el futuro, amigos: ¿y para este viaje a
ninguna parte tendremos que manejar tantos miles de datos y consideraciones?,
¿para tan magro resultado hemos de prescindir de lo que de verdad importa?, ¿en
esta miseria educativa vamos a gastar sus impuestos y los míos?
Para
que vean el nivel de sinsentido al que llega la nueva norma, les muestro un
ejemplo mínimo de lo que se ha previsto para quienes hayan conseguido hacer la
"O" con el canuto tras la devaluada ESO, pasando de curso en curso
como si de verdad hubieran aprendido algo. Según nuestros lumbreras leguleyos,
al acabar el Bachillerato y sólo en relación con una de las ocho competencias
clave (concretamente la "Competencia en conciencia y expresiones
culturales"), uno de los seis descriptores operativos asociados establece
que el alumno debería demostrar que "Planifica, adapta y organiza sus
conocimientos, destrezas y actitudes para responder con creatividad y eficacia
a los desempeños derivados de una producción cultural o artística, individual o
colectiva, utilizando diversos lenguajes, códigos, técnicas, herramientas y
recursos plásticos, visuales, audiovisuales, musicales, corporales o escénicos,
valorando tanto el proceso como el producto final y comprendiendo las
oportunidades personales, sociales, inclusivas y económicas que ofrecen".
Así, con un par. Se ve que los redactores se vinieron arriba y, como suele
decir mi hermana, se tiraron el pedo más alto que el culo, ebrios de lo suyo
hasta el infinito y más allá. Miren ustedes, soy profe de Dibujo con formación
en Bellas Artes (licenciatura), estudios de Diseño (un curso), de Geografía e
Historia (cuatro cursos de la antigua licenciatura) y de doctorado en
Arquitectura en su última fase (algún día acabaré la tesis), he trabajado como
ilustrador y participado como actor y escenógrafo en varias formaciones
teatrales; pues bien, con esa mochila vital a cuestas les aseguro que ni de
lejos conseguiría demostrar mi competencia en tal "Descriptor
operativo", y no es más que uno de los seis exigibles para una sola de las
ocho competencias clave establecidas. Pues así con todo: multipliquen y
resuelvan ustedes la cantidad de disparates que nos veremos obligados a evaluar
si cumplimos la legalidad vigente, por no mencionar el tiempo que tales
cuestiones van a consumir: estupor en la redacción de las programaciones
didácticas, desconcierto en la práctica docente del día a día y muchas horas
extra en casa para no avanzar ni de aquí a la esquina. Viva la educación
"moderna".
Por
otra parte, la nueva ley es un verdadero insulto a la inteligencia y a la
capacidad de los docentes, pues constituye una intromisión inaceptable en la
libertad metodológica del profesor: ¿por qué ha de ser mejor seguir el dictado
de estos pedagogos ensimismados y sus ocurrencias teóricas, ajenas a la
compleja dinámica de las aulas, que el buen hacer de quienes llevamos décadas
enseñando, es decir, constatando la eficacia de nuestro trabajo?, ¿dónde quedó
aquello del librillo del maestrillo y la libertad de cátedra? Solo﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽ librillo del maestrillo? de
nuestro trabajoensimismados que el buen hacer de quienes llevamos dólo
pedimos que nos dejen trabajar honestamente, sin la tiranía de la burocracia,
sin injerencias dimanadas de la supuesta superioridad moral e intelectual de
los (malos) pedagogos, sin el corsé de una ley mal planteada, insensata, excesiva
y sectaria.
La
nueva ley educativa es imposible de aplicar y todos lo saben (todos menos los
lumbreras de la secta, supongo), pero casi nadie se atreve a decirlo dentro del
rebaño. Pertenezco a dos sindicatos progresistas y nadie dice ni mu, otro
rebaño dócil ante una ley absurda y desquiciada (si esto sigue así, me tendré
que dar de baja y donar el importe de mis cuotas sindicales a alguna oenegé menos acomodaticia).
En
mi opinión, lo único decente que se puede hacer con esta colección de sandeces
legislativas llamada LOMLOE es retirarla cuanto antes y llevar a reciclar el
papel en el que se ha impreso. No tengo muy claro que el profesorado necesite
ninguna ley para hacer bien su trabajo; es más, nuestros alumnos llevan
aprendiendo lo que debían aprender gracias a que sus profesores cumplieron con
esa responsabilidad, aun en contra de las leyes nefastas que se han sucedido
durante décadas, pero si finalmente nos arremangamos para elaborar un marco
educativo coherente y útil a la sociedad (exactamente lo contrario de lo que ofrece
la LOMLOE y su mala, malísima educación), dejemos a los pedagogos entretenidos
con sus cosas, absortos en sus torrecitas de marfil trinando la neolengua, y
contemos con quienes saben educar de verdad: los profesores bien fajados, con muchos
cursos a sus espaldas y enorme experiencia humana lejos de excrecencias
lingüísticas como las "Competencias clave", las "Competencias
específicas", los "Descriptores operativos", los "Saberes
básicos", las "Situaciones de aprendizaje", los "Proyectos
interdisciplinarios", los "Indicadores de logro", las
"Evaluaciones de diagnóstico", los "Perfiles de salida" y
otros inescrutables desatinos. Y entonces se demostrará que para garantizar una
educación excelente a nuestras generaciones más jóvenes sólo se necesitan
cuatro cosas: una buena relación de contenidos socialmente consensuados, distribuidos
en materias (el temario de toda la vida: ¡adquirir conocimiento no es pecado,
oiga!), aunque sin olvidar las destrezas, las actitudes y los valores; unos
criterios de evaluación y de calificación precisos y sencillos de aplicar (nunca
este laberinto atroz de la LOMLOE); una ratio
razonable para atender a la diversidad (muy por debajo de los treinta alumnos
por grupo: quince, por ejemplo) y suficiente asignación presupuestaria para
dotar de medios al profesorado (no se pueden esperar resultados finlandeses o
coreanos con presupuestos de la fallida Senegambia, ustedes ya me entienden). Y
poco más: se lo juro por lo más sagrado –por la sagrada buena educación– con
la perspectiva que dan 35 años de brega en este oficio.
Así
pues, ¿volvemos a las barricadas para desactivar esta ley absurda o seguimos en
el redil perfeccionando las diversas competencias del balido?
José Muñoz Domínguez / DNI
nº 08.104.629-G / Profesor de Dibujo
5 de junio de 2022
In honorem José Muñoz Domínguez
Pepe Muñoz (imagen tomada de Salamanca al día)
Faltó un pelo, hace treinta años, para que El Bosque quedase amputado sustancialmente gracias a una recalificación de terrenos salvaje: chalés en el Prado Alto, viviendas en el Prado Bajo. Solo unas pocas voces críticas, encabezadas por el Grupo Cultural San Gil, se alzaron contra aquella tropelía urbanística. Hoy, valiente, terco y diezmado, el Grupo San Gil sigue en pie y disparando, a modo de Tercio de la Sangre o últimos de Filipinas en batallas patrimoniales, y, ayer como hoy, Pepe Muñoz sigue enarbolando rasgadas banderas. Lucha desde que le conozco.
A
veces este hombre es más agobiante que su propio currículo. Del mismo modo que
un Testigo de Jehová puede relacionar el relleno de los profiteroles con el
Armagedón, Pepe deriva a la referencia culta patológicamente, aunque le hayas
dicho que te ha salido un uñero. La diferencia entre ambos fanatismos, no exentos
de una larvada lujuria, es que Pepe razona. Lúcido, competente, enciclopédico,
no se me ocurre ejemplo más cercano para la definición de humanista. Como
muestra, un botón: cualquiera que se interese por la historia bejarana –no
digamos por El Bosque- descubrirá un nombre ubicuo: el suyo. Pero hablo de
humanismo en un sentido amplio, más allá de la suma de conocimientos. Hablo de
la implicación social, de entregarse gratuitamente, de ofrecer y de mojarse.
En
el podrido ámbito de la intelectualidad –que es un mundo ofidio-, gobernado por
las insidias, las prebendas, los plagios disimulados y los silencios ominosos,
Pepe siempre ha ido de frente, divulgando lo que sabe, atendiendo a la verdad y
procurando que el saber no sea un privilegio, sino un instrumento de libertad
al servicio de todos. Por eso le han caído hostias como panes. Y, sin embargo,
frente a quienes cada vez más optan por el confort -me incluyo: la salud mental es
una estupenda coartada-, Pepe sigue manteniendo el acerado lema de frangar, non flectar como ley de vida.
Contra la indolencia reinante, contra las derechas y las izquierdas, contra
Crono y contra las arrobas de desengaño en filiaciones o afiliaciones casi
reducidas a un prurito sentimental.
Querido
Pepe, buen amigo, no eres el heroico Lucifer libertador del Génesis. Cabe
reprocharte, como Adso reprochó a fray Guillermo de Baskerville, cierto orgullo
intelectual. A mitad de la fiesta puedes convertirte en el erudito -o sea
muermo profundo- y creo que te haría bien despejar tu compacta agenda: tomar
aire, playa, montaña, mojitos leyendo El
Jueves, sacar de paseo al muñeco como si no hubiera un mañana. Pero eres un
tipo íntegro. Y van quedando pocos.
Un
abrazo.
Gabriel Cusac
23 de octubre de 2021
El relato "Desde el suceso, Olimpio saluda a los pájaros", premio "Víctor Chamorro" 2021
Cuadros cardíacos flanqueando la entrada de los aseos de la Hospedería Valle del Ambroz (Hervás)
Repito premio en Hervás, esta vez con un cuento tan exagerado e iconoclasta que debo alabar la valentía del jurado. Aviso: solo para lectores audaces.
Desde
el suceso, Olimpio saluda a los pájaros
I. El cacho Cristo.
Perpetrado en 1953 y donado con ciego altruismo por el curandero, matarife y artista local Cosme Lapela Grimmelshausen, el innombrable pero nombrado Cristo del Sagrado Corazón o, según los lugareños, el Cristo echao p´alante, se alza fatídicamente en el Cerro Escurrebragas, un pintoresco paraje de robles centenarios a las afueras del también pintoresco pueblo cacereño de Herguijuela de Cetrinos. En fábrica de cemento sobre un mínimo pedestal de sillares graníticos -donde se incluye, a juzgar por las inscripciones que presenta, un ara votiva dedicada a Júpiter, conjugando una funcional y carpetovetónica muestra de economía o reciclaje constructivo-, hablamos de un cacho Cristo de casi tres metros de altura, un Cristo ceniciento como un nublado, largo a lo Greco, microcéfalo y de cabellera tentacular, como si le hubiese caído un pulpo encima de la cabeza. Parece el Cristo del Chute, de lo escurrido que está, disparada su exangüe faz sobre un gaznate de canalón, mirando por cuévanos como el dómine Cabra, aspirándose los carrillos, con pómulos yunque, labios solapa, barbita hípster que no logra disimular un mentón cascanueces, y gran nariz aguzada que acentúa la caída toxicómana del interfecto (o Interfecto). No se trata de un Ecce Homo, pero como si lo fuera; tal carga de dramatismo atesora.
De cuello para abajo, aun sin
abandonar la calamidad, el resultado parece más aceptable. Sagradamente, un Corazón
descascarillado y arribista le brota de la zona anatómicamente correspondiente
a la carina traqueal[1]. La Santa
Víscera se rodea de unas muescas que, como elemento característico de la
iconografía religiosa, intentan representar una irradiación metafísica; sin
embargo, no se sabe muy bien porqué, el efecto conseguido es muy terrenal, y más
parece un broche ciñendo la túnica del Salvador que un Corazón luminoso. No
menos agresiva, por otra parte, resulta la grieta que, por un fallo en el
proceso de fraguado, recorre la zona pélvica del Cristo a modo de cesárea o
harakiri cruentos. Otro error, esta vez en el anclaje, provoca la amenazante
inclinación de la estatua, la cual, con sus brazos abiertos en gesto ecuménico,
hace el amago suicidante de tirarse en plancha; un cable tensor uniendo el
dorso del Cristo echao p´alante a una peña trasera evita el
descendimiento (o Descendimiento). Por fortuna, el Cristo no tiene cruz a la
espalda, evitando males mayores y otras metáforas de Pasión. Unas manos
desproporcionadas, unas manos de pelotari contumaz, salen disparadas de las
mangas como dispuestas a arrear guantazos a diestro y siniestro. Podría, el Redentor,
rascarse cualquier parte de la espalda.
Críticos pánfilos, benevolentes o lisérgicos
insertan esta obra en la escuela expresionista; no obstante, la opinión más
extendida señala una chapuza de órdago, un espantajo a la altura del engendro
de Borja o del altar portátil descrito por el glorioso soldado Svejk, donde un
nebuloso cuadro de la Virgen era interpretado por la tropa como “un paisaje
lírico de Bohemia”. Da tanto miedo, el cacho Cristo, que podría ser el mascarón
de proa en un barco pirata.
Hermano tarado de otras imágenes
monumentales que, recuperando el frenesí cardíaco de 1919 -cuando el adúltero,
pornófilo y chupacirios convulsivo Alfonso XIII se postró en el Cerro de los
Ángeles-, el nacionalcatolicismo se encargaría de emboscar por toda España, el cacho
Cristo de Cetrinos de la Herguijuela fue consagrado oficialmente la mañana de San
Sátiro, San Eubulio, San Revocato, Santa Perpetua, etcétera (o Etcétera) de
1953, coincidiendo con una ciclogénesis de agárrate y no te menees, un temporal
(voz antigua que definía el fenómeno meteorológico en aquellos remotos años) de
tres pares de cojones convocante de la blasfemia y abreviador de protocolos, de
tal modo que, entre discursos y misa de campaña, la ceremonia no se alargó más
de un cuarto de hora (para salud de los circunstantes). Dicen que el obispo de
Plasencia, tras retirar con solemnidad la funda de percal que cubría clementemente
la estatua como un perizonium extremo, soltó un “¡Aaaaángela María!” de
admiración o acaso de puro espanto. Luego pontificaría, durante la supersónica
misa, que era un marzo venturoso, por la inauguración del Cristo y porque había
muerto el diablo Stalin. Feliciano Gónadas Gallaruto quiso ofrecer digno
colofón a la ceremonia arrancándose por una saeta extremeña al Nazareno, pero una
solidaria ráfaga de collejas aplacó puntualmente el fervor devocional del
herguijueleño, cretino profundo.
Como en las películas yanquis donde el
policía, el criminal o el amante secreto (a veces, las tres cosas a la vez) acude
de extranjis a un funeral, el protagonista de nuestra historia presenció o
espió el acto en discreto apartamiento del público. Su estampa, eso sí, tenía
un profundo cariz ibérico. Cobijado bajo el Roble Gordo, con sus esparteñas y
su pantalón de pana, su camisa de lienzo y su zamarra, encasquetada a presión
la boina como defensa frente al vendaval, se hallaba Olimpio Trápala Buñuelo, alias
Zamacuco, quien poco antes había retirado las ovejas del paraje, sembrado por
ende de oscuras y blandas oblaciones que se pegaban a las suelas de la
concurrencia como un bucólico souvenir del magno evento. No sospechaba el
humilde zagal -de inquietante parecido fisonómico con el cacho Cristo, por
cierto- qué curiosa aventura propiciaría el nuevo habitante del Cerro
Escurrebragas.
II. Se equivocó la Paloma, se
equivocaba.
Como para sospecharlo. Si a uno le
conocen como “el hijo del faísta” más que por su propio nombre; si sabe que su
padre murió en la batalla de Sierra Guadarrama cinco meses antes de que él
naciera; si sabe que su madre le parió con la cabeza rapada; si desde chinorri
ha crecido entre los montes, cuidando y follando el rebaño del cacique; si toda
su puta vida ha sido un traganabos, este desgraciado no va escuchando serafines
y peyendo aleluyas, ni puede ser muy receptivo a felices intervenciones de la
Divina Providencia. Digamos, de paso, que en la ocasión tampoco la Divina
Providencia estuvo fina, escogiendo como factores del prodigio a un ganapán
salvaje como un fauno y a un traumático Cristo de cemento, pero pase lo que
pase siempre nos queda el consuelo, la coartada o el equilicuá de que los
designios del Señor son inescrutables, y punto pelota. ¡Cuán maravillosa es la primera
de las virtudes teologales!
Solo había transcurrido una semana
desde la inauguración del mamotreto. Ya no quedaba rastro del temporal, mediaba
marzo con júbilo de pajaritos y preludios primaverales, y un sol gozoso
bendecía aquella mañana de Santa Matilde, San Afrodisio, San Leobino y una larga
recua (o Recua), cuando, surgiendo del cacho Cristo y de su Sagrado Corazón
talmente como brotaría de la chistera de un ilusionista, advino la blanca Paloma.
Incognosciblemente, fabulosamente, milagrosamente, macanudamente, Deo
volente. Se trataba del Espíritu Santo, encarnado en níveo plumífero para
transmitir al pastorcillo un mensaje de paz y amor, una profecía escatológica o
cualquier otra mandanga que nunca conoceremos, porque no hubo ocasión para desarrollar
el milagro. Lo que se explica a continuación.
- ¡Gorda como una gallina, la pajarraca!
La vida montaraz propicia agudos
reflejos y rústicas habilidades. El cayado de Olimpio salió despedido de su
mano con un preciso vuelo helicoidal, arreando tal bastonazo al infortunado
Paráclito que este cayó derribado a plomo entre un énfasis de plumas y una
especie de chirrido agónico.
- ¡Toma hostiazo, pochola!
Que la Paloma pareciera haber aflorado
directamente del pecho del Cristo del Sagrado Corazón, para Olimpio, diríase
baladí, un detalle insustancial, algo sin importancia (al contrario que el
hambre, asunto de mucha enjundia). En aquellos tiempos, para millones de
españoles, las palomas no eran las ratas del aire, sino las perdices de los
pobres, del mismo modo que los gatos sí eran liebres y las mondas de las
patatas, fritas en manteca, cumplían como suculentos snacks. Sublevadas,
despegándose en voluptuosa algarabía, a Olimpio le borboteaban las tripas, sus
contemplativas tripas, sus austeras tripas, proclamando el triunfo cinegético y
su consiguiente gaudeamus culinario.
- ¡Ave que vuela, a la cazuela!
-sentenció.
Coja y descalabrada, sangrando por
una herida abierta que le había partido un ala, la Paloma se trompicaba en la
hierba, como borracha. Entre una estela de babas, con el galopar descoyuntado,
ya llegaba el mastín Pichote como una flecha, dispuesto a arrebatar el trofeo a
su amo, aún más famélico; ya el buen pastor, advertido, se tiró de bruces al
suelo, dispuesto a rematar la faena retorciendo el pescuezo a la viviente dádiva,
cuando, en una súbita ascensión (o Ascensión) vertical, como a reacción, la
Paloma consiguió encaramarse en un brazo del Cristo. ¡Cloc! Testa contra testa,
el brutal encontronazo de Olimpio y Pichote tuvo reminiscencias de rebecos en
celo, de tragicomedia picaresca y de cartoon viejuno. El perro lanzó un
aullido lastimero, el hombre soltó un emotivo “¡cacho puta!” y la susodicha (o
Susodicha), entre el alivio y la burla, cacareó, más que zureó, con regodeo
victorioso. Era un preludio teatral. Chulesca, altiva, con el cabeceo
característico de la especie, la Paloma comenzó a recorrer de lado a lado el
brazo cristiano sin dejar de mirar admonitoriamente al frustrado cazador. Una mise
en scène a lo Aristóteles, peripatética en sentido estricto, pero también
plenamente patética desde el momento en que la cojera y el ala jodida restaban majestad
al desfile. Tanta pose y tanto dramatismo no afectó demasiado al sentido
práctico de Olimpio, quien volvió a empuñar el cayado con querencia
colombófila. Le detuvo una voz.
- ¡Quieto, hombre de poca fe, gañán, zurriburri,
mostrenco!
Era una voz atiplada, como de alguien
medio estrangulado, talmente la vocecita feble del mismo Generalísimo. Los
designios del Señor son inescrutables, y quien sabe si el Señor escogió esta
voz por afinidad política, por casualidad o por retranca. Porque se había
manifestado el Paráclito. Lo cual implica, a nivel narrativo, que a partir de
este momento hablemos del Palomo (procurando, eso sí, evitar el calificativo de
cojo, lo que daría lugar a controvertidas interpretaciones).
El mastín y las merinas salieron
disparados como un cohete, pero Olimpio quedó petrificado, aunque, por no se
sabe qué automatismo defensivo, cruzó sus manos delante de la entrepierna.
-Sí, soy Yo -continuó el Palomo-. ¡Olimpio,
Olimpio, ¿por qué me has propinado un trancazo, mentecato? Escucha, pelanas, te
habla el Espíritu Santo. Quítate las zarpas de la bragueta y prostérnate.
- ¿Mande?
-Que te arrodilles, cojones, porque
esta es una ocasión solemne y tienes un espelde que quita el hipo, algarrobo. Y
ahora bien atento, saltabardales. De cierto, de cierto te digo que, oh, cuán infinita
bondad, tuve el detalle de fijarme en ti, espantajo de higuera, para difundir
en el orbe unas revelaciones de tomo y lomo. Entre en tu escaso conocimiento
que mi figura lleva siglos devaluada. ¿Quién coño se acuerda hoy del Espíritu
Santo? En cambio, tienes apariciones marianas para aburrir, un show detrás de
otro. Llegado el momento de dar un golpe de efecto, he pensado que sería el
súmmum, el no va más, escoger como testigo y mensajero de mi revolucionaria
manifestación a un desecho humano de tu calaña, bocarrayo como un ácrata beodo,
con el vello púbico con más lana que una estambrera, saqueador de huertos,
profanador que en los últimos años solo ha pisado la iglesia con nocturnidad y
alevosía, reventando el sagrario y montándose una comunión pagana a base de
vino y hostias, para más inri dejando de recuerdo un zurullo de rosca en el
confesionario, como el artista que firma su obra… Se te suben los colores, ¿eh?
¿No has oído hablar del Ojo Panóptico, el que todo lo ve? ¿De la Omnisciencia?
¿No sabes que ningún acto humano escapa al divino escrutinio? ¡Oh, triste de
ti, necio, oveja descarriada, cazcarrioso!
En este punto de la filípica calló el
Palomo, introduciendo una pausa retórica. Olimpio, cabizbajo y trémulo,
postrado sobre sus rodillas, parecía encogerse como un suflé sacado del horno.
Grave momento para que un desconsiderado hombre, un energúmeno, saliese dando
voces de entre dos piedras feroces. Trascendente momento para ser aderezado por
la nada retórica banda sonora de una flatulencia descomunal, uno de estos pedos
goliats, estruendosos y en rosario, emparentados con las tracas falleras; un
cuesco sísmico que escapó de las entrañas de Olimpio con la turbulencia del
viento tramontano y la furia del martillo de Thor. Inopinada ráfaga que
sobresaltó al Palomo, quien en gracioso salto reflejo quedó encaramado en la
cabeza del cacho Cristo. No pasó un ángel (ya es lo que faltaba), pero calló el
mundo y transcurrieron unos tensos segundos de silencio que rompió el rústico artillero
con una disculpa elemental.
-Perdón, son los nervios.
Miró al cielo el Palomo, como
buscando auxilio en otra persona hipostática. Sus ojos, antes cárdenos, se
habían mudado a puro fuego. Pareció tomar aire, hinchando el pecho, para
reanudar su perorata.
- ¡Y ahora dispara la salva, el
cascaciruelas! ¡Tuba mirum spargens sonum! ¡Pero si sube hasta aquí el
tufo a cadaverina! ¡Quién me mandará a Mí meterme en estos berenjenales!
¡Menudo churro de epifanía! En fin, qué clase, Olimpio: el Diablo hizo en ti
maravillas. Tú, por lo menos, deberías salir en el Antiguo Testamento, estás
muy desperdiciado: el mejor amigo de Job, o algo así. Bueno, bellotero,
mazorral, definitivamente has dejado pasar el tren, has perdido la ocasión que
cambiaría tu vida del anonimato a la fama, de la cagarruta agropecuaria a la
beatitud, de la dehesa a la conserjería de la Universidad de Navarra, porque ya
estaba todo el plan diseñado. Pero se acabó, alea jacta est. Ni buenas
nuevas ni leches; no hay duda de que otro ceporro cualquiera sería mejor
heraldo que tú a la hora de transmitir el mensaje revelado. Misión abortada. ¡Hala,
descansa, se acabó el pestiño! La paz sea contigo, zoquete, comepellejos,
mendrugo.
-Y con tu espíritu [o Espíritu] -respondió
mansamente Olimpio.
El Palomo alzó el vuelo y, tras
ejecutar un tirabuzón algo truncado, bombardeó un blanquinegro excremento
gigante, una cagada más propia de la especie ciconia ciconia, que condecoró
la boina de Olimpio como un marchamo de recochineo empíreo. Súbitos nubarrones
en vuelo rasante clausuraron una porción muy concreta del antes diáfano cielo, rayos
y centellas ensayaron una esgrima intermitente, truenos cabreados multiplicaron
a rebato el cuesco olímpico y goterones formidables como lágrimas de Dolorosa
se cernieron sobre el Cerro Escurrebragas, y solo sobre el Cerro Escurrebragas,
en una especie de vengativa y microclimática performance de Dios.
III. El
Cuervo: un giro mefistofélico.
Preverá el amable e incluso el misántropo lector un desenlace
ejemplarizante, como mandan los cánones. Pero entre los hermosos pensiles
literarios a veces brota un cardo arisco, un pérfido estramonio o una
olivardilla grosera, dándose la casualidad de que en este relato díscolo y
cunetero no se respetan ni cánones ni parábolas al uso ni pollas en vinagre,
qué le vamos a hacer. El imparcial narrador, siquiera sufridamente, se debe a
la verdad, por heterodoxa que esta sea, y, como notario de los hechos, debe
constatar que a los pocos días Olimpio era un decente hacendado, con ovejas propias,
pastor a su servicio y finquita muy aparente. Olimpio, desde el suceso, emprendió
la huida del bando de los desheredados para instalarse en el señorío y la respetabilidad,
a la postre afeitándose y comiendo en mesa, tomando café y cagando en un váter,
como un marqués. El nuevo Olimpio, ya don Olimpio, dijo adiós al borborigmo claustral
de unas tripas sans culottes, al frío de la cencellada fantasmagórica y
al sofoco de canícula entre algarabía de chicharras, a la roña pertinaz y a la
estela de tufo chotuno que dejaba tras su paso, a la mirada difidente de maqui
al acecho y al coito levítico. Por desgracia, querido lector, y a pesar de
nuestros deseos, no podemos hacer uso del prestigiado y tan en boga concepto de
“catarsis”, ya que, stricto sensu, no sería correcto, pero gustosamente
desvelaremos la causa de tan espectaculares vicisitudes. Para lo que debemos
volver al amparo del Roble Gordo.
Se desató la tempestad sacra como expresión furiosa de un dios
paradójico, infantil y todopoderoso al tiempo; Ira Dei que “se revela
contra toda impiedad y justicia de los hombres”, en este caso desplegando un
fanfarrón espectáculo de pirotecnia atmosférica y conato diluvial. A su vez, el
Roble Gordo, como un modesto, pero firme e impertérrito dios penate, cubrió
bajo su copa centenaria a un hato temeroso y a unos no menos acojonados Olimpio
y Pichote. Cesó el turbión al cuarto de hora, quedaron el Cerro Escurrebragas
escurriendo arroyos, el cacho Cristo ya negro de tanto remojo, y Olimpio orinando
interminablemente, como Pantagruel después de la purga, sobre el tronco del
roble tutor, descargando con alivio lenitivo una vejiga pletórica, acaso sobreabastecida
de simpatía pluvial y miedo pánico. Pero si el miedo es potente diurético, no
cabe duda de que un susto -otro- en plena meada puede cortar el chorro rigurosamente.
Como ocurrió.
- ¡Guárdate la minga, Zamacuco!
El espasmo de Olimpio provocó una aspersión indiscreta e ilustradora de
esparteñas y pantalones. En esta ocasión la voz, radicalmente distinta a la del
Palomo, era grave y cavernosa, como preñada de un eco propio. Nuestro sufrido
pastor, sintiéndose las manos de arcilla, se abotonó la bragueta trémulamente e
intentó localizar al ordenante moviendo la cabeza como un suricato, porque la
voz había sonado con calidad ubicua.
- ¡Eh, arriba!
El Cuervo estaba posado en una rama baja del roble; el uso de mayúscula
se debe a una elemental regla de paridad. Era un ejemplar lustroso, de plumaje
ubérrimo, gordo también como una gallina, como si fuera moda entre los
sobrenaturales la desmesura a la hora de encarnaciones aviares. A su lado,
desbordándose sobre la rama, reposaba una talega de terciopelo, negra e
iridiscente como el propio Cuervo. Olimpio, ya con la lección aprendida, se
puso de hinojos por si acaso. Con las alas cruzadas sobre la pechuga, carcajeó
el alado como debe carcajear un orfeón de ogros.
- ¡Levántate, no jodas! ¡No tengo yo la soberbia del palomino [o
Palomino]! ¡Ni sus intenciones! Oye, Zamacuco, te lo digo de verdad: hacía
siglos que no me descojonaba de esta manera. Eres un puto crack, machote, un
nuevo Fausto; a lo garrulo, tipo Sancho Panza, pero con dotes innatas. ¡Al
Anticristo le vendría bien un hombre de confianza como tú, figura!
Volvió a reír el Diablo, y su risa arrastraba memorias de acantilado o
sima airona. Tiritaba el suelo y tiritaban las meninges de Olimpio, a punto de fundirse
y manar por los oídos como mantequilla líquida. Cesó la risotada satánica tan
súbitamente como había brotado y el Cuervo, muy sentido, retomó la palabra
llorando de alegría.
-Hoy ha sido un gran día, monstruo, has marcado una efeméride. Y de este Menda
se podrán decir muchas cosas malas, pero los que me conocen saben que soy
agradecido con los amigos. Esto es tuyo.
El Cuervo empujó la talega con una pata. Al caer a los pies de Olimpio,
el saquito se abrió en una sonrisa áurea y benefactora, como un rayo de sol
después de la borrasca. El republicanismo relicto del ovejero no fue óbice para
que sintiera un vislumbre de felicidad ante la multiplicada efigie de un rey
barbudo; como un rayón de tiza en la pizarra, otra sonrisa renueva se abrió
paso entre otras barbas forajidas.
-Amadeos de cien, oro amarillo del bueno, flor de cuño: un potosí -dijo
el Malo-. A hacer puñetas la miseria, Zamacuco. Aquí no acaba la cosa. Sé que
tienes menos mundo que un escarabajo pelotero. Como los únicos viajes de tu
paupérrima existencia han sido al mercado de Ahigal, te cagarías patas abajo
solo de pensar que está esperándote la metrópoli. Tranquilo, no hay problema. Mañana
conocerás a mi propio tesorero, Mammón. Un tipo legal, pongo la mano en el
fuego. Pero esto es importante, quédate con la copla. Cuando te dirijas a Él no
le llames “Mamón”, por favor: eso le sienta fatal y se pone, valga la redundancia,
hecho un demonio. Tienes que pronunciar su nombre partiéndolo como si fueran
dos: mam-mon, mam-mon; descuelga la mandíbula para que se estire
la eme, aunque parezcas retrasado o un buey mugiendo. Repito, métetelo bien en
la molondra: si se te escapa un “Mamón” vamos apañados, porque monta la de Dios
es Cristo y todo puede acabar como el rosario de la aurora. Mammón será tu
secretario, tu asistente, tu diablo de la guardia, tu amparo y fortaleza. Nada
has de temer. La cita es a las siete de la mañana a las puertas del cementerio.
Y ponte guapo. ¿Capisci?
- ¿Mande?
Volvió a retumbar la carcajada horrísona. El Cuervo echó a volar sin
decir adiós (naturalmente) y, tras ejecutar un tirabuzón perfecto, bombardeó un
blanquinegro excremento gigante, una cagada más propia de la especie ciconia
ciconia, que condecoró la cabeza del Cristo como un marchamo de recochineo
inframundano. Cuando el Cuervo ya era un garabato en el horizonte, todavía
llegaban ecos de su risa con memorias de acantilado o sima airona.
IV. Epílogo y santas pascuas.
A la mañana siguiente Mammón aparcó el Hispano Suiza a las puertas
del cementerio. Del mismo modo que el humilde zagal guardaba un inquietante
parecido fisonómico con el cacho Cristo, era el tesorero avernal tal Errol
Flynn en La dinastía de los Forsythe, felicísima circunstancia que evita
onerosos trámites prosopográficos. No descuidaría su delicado nombre Olimpio,
estirando la eme como retrasado o buey mugiendo, y la estancia capitalina se
desarrolló a las mil maravillas (aunque no divinamente). Alojarse en el Ritz,
comer en el Salón Gayarre del Lhardy y desembarazar la talega de un
puñado de amadeos (el resto quedaba en reserva) a cambio de medio millón de
duros en la joyería Villanueva y Laiseca fueron los primeros pasos de
una agresiva terapia de choque contra el paletismo profundo de Olimpio Trápala
Buñuelo, alias Zamacuco, a la postre don Olimpio, y también el cenotafio
lustral donde quedó encerrada para siempre una pobreza obscena.
Por lo demás, la manía, aparte de inofensiva, es perdonable. Vuelva al
título el atento lector.
Gabriel Cusac Sánchez
[1] Sobre
la latría cardíaca, apúntense las palabras de Nuestro Señor Jesucristo
dirigidas, a pecho descubierto, a la salesa Santa Margarita María de Alacoque,
origen de la milonga: “Mi Divino Corazón está tan apasionado de amor por los
hombres, y por ti en particular, que no pudiendo ya contener en sí mismo las
llamas de su caridad ardiente, le es preciso comunicarlas por tu medio, y
manifestarse a todos para enriquecerlos con los preciosos tesoros que te
descubro, y los cuales contienen las gracias santificantes y saludables
necesarias para separarles del abismo de perdición”. Añádase que sor Margarita recibió
esta tórrida revelación acostada tiernamente sobre el pecho del Hijo; un pecho
abridero del que eclosionó como una seta el dichoso (o Dichoso) Corazón. Y ya
de paso, para no quedarnos cortos, venga también el comentario -dicho de todo
corazón- de Giacomo Casanova sobre la obra apologética del jesuita Claude de la
Colombière Devoción del Sagrado Corazón: “De todas las partes humanas de nuestro Divino Mediador,
era esta la que, según nuestro autor, debía adorarse de forma especial; idea
singular de un loco ignorante, cuya lectura me indignó desde la primera página,
porque el corazón no me parecía una víscera más respetable que el pulmón”. Que
por referencias cultas no sea, qué hostias. Tampoco por el uso de recursos
estilísticos: adelante con la aliteración, la anáfora y el calambur (valórese,
en consecuencia, por el ilustre y soberano jurado de este certamen).
3 de octubre de 2021
Puta vida
Balcón de casa colonial, Francisco Mangialardi (imagen tomada del blog Paisajes y bodegones al óleo)
“Cuanto más viejo, más pellejo”, se dice. Y, pese a la popularidad de este refrán, su interpretación no es unívoca. Pero yo siempre he entendido que el paso de los años te hace más cabrón, idea que comparto simplemente fijándome en los demás y, sobre todo, en mí. Bien superada la media centuria -que ha pasado como pasa un tren-, el escorial del desengaño gana terreno al jardín de las ilusiones, y, ya perro viejo, no me reconozco en aquel joven noble, idealista y valiente que fui. Quizá sea un mecanismo natural de autodefensa, quizá madurar implique por necesidad una delimitación muy concreta de los afectos, una merma de la empatía y un llamado constante a la prudencia. Quizá tenga que ser así por huevos, lo desconozco. Solo sé que, efectivamente, cada día soy más cabrón. Y, sin embargo, de vez en cuando ocurren cosas que traspasan mi coraza de insensibilidad. Les cuento.
Si
me devolvieran toda la pasta que he fundido en copas y farlopa, quizá viviera
en la Castellana. No se da el caso. Habito una casa humilde en un barrio
humilde de una pequeña ciudad empero orgullosa, un orgullo similar al de esos
hidalgos de ropas parcheadas que aparecen en la novela picaresca. Vivo más solo
que la una, porque no me aguanta ni Dios. Trabajo en un matadero, donde descargo
toda mi violencia a cuchilladas sin tener que infringir la ley. Diez horas,
seis días a la semana, ganando en B casi tanto como en A, como mandan los
cánones del sector. Hace poco me he comprado un Audi gigantesco para dar por
culo a los vecinos; aunque viva en un piso barato y viaje menos que un
espantapájaros, trabajar despiezando cochinos a destajo me permite algunos
lujos, por más que mi vida sea una auténtica mierda. Me levanto a las cinco de
la mañana y llego a mi simulacro de hogar a media tarde, arrastrando los
cojones y dejando una estela chotuna que se ha hecho famosa en el barrio: “Ya
viene don Tifus”, bisbisean las comadres del corrillo vecinal, una especie de
aquelarre en guata. Me he duchado al acabar el curro y vuelvo a ducharme en
casa, con la vana esperanza de que la peste a matadero desaparezca; después, como
cualquier porquería precocinada, veo cualquier pijada en la tele y caigo en la
cama más derrengado que el caballo de Miguel Strogoff. A medio prospecto estoy
roque. Mi desahogo, una irracional huida catártica, llega los sábados por la
noche: un furioso maratón de rayas, cubatas y tabaco que me deja los domingos
de córpore insepulto. A los alicientes de esta apasionante existencia súmese
que peso cien kilos, soy calvorota integral y tengo tal careto de mala hostia que
a mi lado Agustín González parecería un príncipe de Disney. Ya ven que soy una
joya.
Pese
a todo lo dicho, ella me pretende. Pobrecita, se me cae el alma a los pies. Se
trata de Belinda, la vecina del bajo derecha. Belinda enviudó hace dos años;
desde entonces, vive tan sola como yo. Y, desde hace unos meses, quiere
remediarlo; se da además la rara circunstancia de que somos perfectamente coetáneos:
como una señal del destino, nacimos el mismo día del pródigo 66. Belinda, de
madrugada, está puntualmente apostada en su balcón de geranios, posando con alguna
prenda en las manos para tender, como si fuera normal hacerlo a las seis menos
cuarto de cada mañana. “Buenos días, Crisanto”, me saluda con su dulce voz,
sonriente, poniéndome ojitos, y parece que me saluda el mundo. A mí, a este
desgraciado. “Buenos días, Belinda”, respondo con un nudo en la garganta,
enternecido. El cariñoso protocolo se repite a la vuelta del trabajo: allí está ella, como una centinela,
en su garita florecida: “Buenas tardes, Crisanto”. “Buenas tardes, Belinda”.
Incluso algunas mañanas de domingo, cuando aparezco por la calle indecente como
un zombi, ella permanece de guardia, esperándome, fiel y abnegada, disculpando
mi evidente mamaera con su meloso y lenitivo saludo. En estas ocasiones, subo
las escaleras soltando lagrimones como una Magdalena. ¡Triste de mí!
Ustedes
se preguntarán: ¿Y a qué esperas, Crisanto?
No
puedo, lo siento. No puedo.
Porque
la cara de Belinda es un calco de la de Benny Hill, ese que corría a tres mil
revoluciones detrás de chicas en minifalda.
Puta
vida.
P.D.:
Como soy un carcamal, las referencias de este texto quedan algo anticuadas;
ruego al joven lector que se esfuerce en la búsqueda internáutica acerca de
Miguel Strogoff, Agustín González y, sobre todo, para entender la magnitud de
la tragedia, de Benny Hill.
Gabriel
Cusac




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