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13 de abril de 2010

Cristino Laureano Cacho Pan, alias Lo Contrario


Cristino Laureano Cacho Pan, alias Lo Contrario, tiene cara de granuja pertinaz, con su sonrisa cariada haciendo juego al mirar en esto de la falsedad. Tampoco le adula la fama. No parece de fiar, no, pero con cinco o seis cañas de tinto a cuestas repasa entera su vida y se le sacan los trapos: el jugo de Baco le abre las alas de alma y le transforma en incansable contador de episodios autobiográficos. Es entonces, sólo entonces, cuando el Cristino parece mártir apaleado y sufridor vitalicio, pobre hombre en definitiva. Al cabo se hace cargante, por tanta tragedia en ristra, y sus palabras, con recurrencia de letanía, acaban desembocando en el presidio que habitó. Al nota, es de público conocimiento, le pillaron in fraganti amenazando con unas tijeras de pescadero al empleado de una gasolinera. Le movía, a lo que dice, la necesidad. Mas el autor no quiere enfatizar lo que únicamente constituye faceta hurtadora y tijerera de su personalidad, porque el Cristino es pródigo de ocupaciones, y se le puede contratar como capador o matarife, para surcar una huerta o de barrenador, para colocar azulejos y escayolas, para portes y mudanzas, para vendimiar o para el heno. También vende pájaros que atrapa con liga. Es como un hombre multiusos, pero lo que realmente le gusta, lo que parece causarle infantil emoción y deseo, es el errar infinito de los artistas circenses, y aparece como flecha en el solar al caso cuando llega la primera furgoneta de un circo ambulante. Del Gran Circo Internacional Ruso, del Olimpia Circus o del Gran Circo Italiano de las Fieras, por ejemplo, todos ellos de portugueses.
-La gente piensa que los leones de los circos estás drogados, por tanta mansedumbre y porque no echan un mísero rugido. Lo que están es apaleados, y con semejante tembleque en el cuerpo que se les espanta com un mu. Yo les he dado de comer en la mano, y hasta he lavado a los elefantes, Lo único que no he tocado son las cobras del Egipto, que me dan repelús. Ni los caimanes, que de un toque de dentadura te pueden partir por la mitad.
El autor se asombra del paso de tanta fauna exótica por estos lares, plaza tradicionalmente humilde en cuanto a atracciones y festejos cuales sean. Apúntese que la ciudad estrecha es el culo de la provincia que es el culo de la región autonómica que es el culo de España.
-Lo malo que tienen los cirqueros, como los feriantes, es que, de cien, noventa son engañadores, y hay que tener cuatro ojos con ellos porque a la menor te la juegan. Con los del Olimpia, por ejemplo, me pasé todo un día montando la carpa, y cuando fui a pedir cuentas me azuzaron los perros. Suerte que en todos los sitios hay buena gente, y el malabarista, un tal José Soares, me dio un pase. Este José era estrecho como un pitillo, pero todo músculo, con venas que de duras parecían alambre. Y buen corazón, lo digo por lo del pase. Si todos fueran como él... Estoy esperando el día que me encuentre una compañía seria y decente de verdad. Alguna vez tendrá que llegar, y por mis muertos que yo me engancho a la gira. Ya aprendería algún número por el camino; siempre hay espacio para una persona trabajadora y honrada -el autor se sorbe los mocos para ahogar en ellos la risa-, y con el tiempo saldría a actuar. Y tanto me da de payaso que de mozo de domador. De lo que fuera, porque esto es como el toreo: lo que cuenta es la devoción, y dejar el resto en la arena. ¡Oye, chico, otro vino! El circo es lo más bonito del mundo.
El autor cuenta que sólo fue una vez al circo, en Vallecas de los Madriles, y, aunque era muy chico, se acuerda de haber dado la mano a uno de los Tonneti (¿o Tonetti?), pero que sí, que lo más bonito y que ya lo dice el lema: el mayor espectáculo del mundo. El autor echa un poquito de leña al fuego por lo de avivar la conversación. Y el Cristino, fervientemente, echa mano de su anecdotario circense hasta que el vino saca a flote de su corazón una pena y un secreto.
-La verdad que yo a quien más espero está en el Gran Circo Mundial de las Naciones, que es un circo pobretón, a pesar del título, como les pasa a todos. Pasó por aquí hace mucho tiempo, y se dieron dos funciones en Los Praos, en la Plaza del Alagón... ¡Qué pedazo de bandera! ¡Qué mujer!... Se llamaba Camila, Camila Peláez, natural de Reus, pero en la profesión era la sensacional trapecista Marlene y hacía el número de la Austria. Había diez números distintos, cada uno de un país, aunque todo el personal fuera portugués, quitando la Camila y dos negros del África que estaban un poco para todo. Caí en gracia a la Camila desde que me vio en el montaje, y yo la invité a cenar después de la segunda función. Tendría sus cuarenta y pico, pero el cuerpo prieto y hermoso por la gimnasia. Una bandera. Tan buenas migas hicimos que estuvo en un casi de abandonar el Mundial para quedarse a vivir conmigo. Yo la dejé la dirección...
Al Cristino se le nublan los ojos, y saca de un bolsillo una carta amarillenta que no llega a desdoblar. El autor, también nublado en esos momentos por la pena y el peor vino del mundo, piensa que el Cristino, en el fondo, es un desgraciado falto de comprensión y cariño. Pese a que en el calcetín derecho, inequívocamente, se le marquen unas tijeras de pescadero.
¿Cuándo volverá el Gran Circo Mundial de las Naciones?

Gabriel Cusac

24 de febrero de 2010

Salustiana Talión Opúsculo, alias Rica Hembra


Las solteronas, según Jardiel Poncela, se pueden definir como "aquellas mujeres que habían pasado muchas navidades, pero ninguna noche buena". Ha llovido mucho desde Poncela, y los tiempos han cambiado que es una barbaridad, pero su afirmación sigue siendo bastante cierta si la aplicamos a solteronas de pueblos o de pequeñas ciudades, donde las paredes oyen, chismorrean y marcan higas. En la ciudad estrecha el problema se agrava porque los paisanos, entre sí, lo menos son primos, y en el panorama social de la localidad las solteronas, junto con las viudas, componen un nutrido grupo que al autor se le antoja comparar con una mina de difícil acceso y recursos nefastamente desaprovechados. El autor, dicho sea de paso, no recomienda la exploración de sus recovecos a ningún aventurero de la carne. El aventurero sólo conseguiría sufrir derrumbamientos y escapes de grisú; también sed y ridículo. En fin.
Como modelo cierto de esta soltería infranqueable y provinciana, el autor quiere citar a la señorita Salustiana Talión Opúsculo, alias Rica Hembra, solterona clásica (a mucha honra) y, como indica el apodo, mujer de buenos fundamentos anatómicos. La Salustiana también es señorita de posibles, de fructíferas rentas y amplia herencia, lo que sumado a su virtud natural la convierte en pieza de alta cotización. La Salustiana tiene crecida la altura y sostenidas las carnes, bello el rostro y traidora la mirada. La Salustiana echa de treinta y pico y el pico es pirenaico. Y el que nadie haya conseguido engarzar esta joya es aparentemente consecuencia de la mucha moralidad y mesura que siempre ha lucido, siendo la tal elementa afín a esparcimientos moderados y atentos a la buena imagen, la mayor parte considerados como métodos de ganar cielo. Luego están los entretenimientos aconfesionales; paseos de carretera, paseos de supermercado, conferencias, exposiciones, cine, visitas a la peluquería, al médico de cabecera... De sus goces más desmadrados se cuentan los vinitos mañaneros del sábado, algunas compras en la capital (es decir, Salamanca) y, de guindas a brevas, incluso algún viaje al extranjero. En definitiva, todo muy convencional; nos enfrentamos a una dama de buena crianza. Con tales aficiones es de comprender la dificultad que entraña la caza, pero hay opiniones que distan un tanto acerca de las causas de tan pertinaz autarquía sentimental (que no ya celibato). Opiniones como la de Casimiro Felices Perejil, alias Papojeras, que opta por una teoría marxista a la hora de explicar la situación.
El autor trabajó como peón a las órdenes del Casimiro, oficial de albañil muy primoroso y cumplido, buen amigo del autor. El autor y su jefe, currantes de pro, vistieron con tejas nuevas el tejado de la Salustiana. El autor y su jefe (que, como buenos currantes de pro, no acostumbraban a prestar demasiadas atenciones al cuidado personal) acudían a la obra con las barbas afeitadas, muy repasados de peine y dejando una lujuriosa y unánime estela de Varón Dandy a su paso. El autor y su jefe, sobre el tejado, a veces se miraban de soslayo.
Acabado el retejar, el Casimiro, que había concedido muchas facilidades de pago a la dueña, de vez en vez se acerca al domicilio de la susodicha para cobrar un plazo. A fuerza de retrasos, el Casimiro ha conseguido verlo todo muy claro.
-El capital, el capital es lo que manda y lo que rebaja a las personas. Ni moral ni puñetas, ya veo por dónde flaquea la madame y por qué es tan estrecha. A esta rácana le tiemblan las cachas sólo de pensar que algún espabilado le chupe la fortuna.
Puede ser. Lo cierto es que el Casimiro lleva años intentándolo.

Gabriel Cusac

3 de enero de 2010

Odilón Zarrio Rabadilla, alias Poverello II


El Odilón es un anacronismo. El Odilón tenía que haber vivido en el XVIII o en el XIX, en todo caso no más allá de mediado el crudo siglo XX. La historia nunca ha sido dulce, la Edad de Oro nunca fue, pero corrieron unos tiempos en los que proliferaban los poetas nostálgicos y enfermizos, espantajos dedicados a presentar recital a todas las damas y a todos los crepúsculos, mamarrachos rousonianos que aún creían en la bondad natural del hombre, esperpentos dolosos que incluso estaban bien vistos. El Odilón habría sido por aquellos antaños muy feliz en su condición de vate triste, dichosamente ajeno a la insensibilidad que gobierna nuestros días. Y es que el Odilón es muy sensible, tan sensible que diríase papanatas o gilipollas, y de ahí que escriba bodrios tales:

Este lugar divinal,
suma gracia natural,
al que Dios, siempre acertado,
trajo mi paso cansado,
es edén que se me presenta
sin que en nada lo merezca.
Verdea el prado,
pace el ganado,
cantan los pájaros con alegría,
¡qué dichoso florece el día!


O parecidos. Es de público conocimiento que los poetas tristes escriben alegrías, para compensar, y viceversa. Queda dicho que el Odilón es poeta triste, más bien desgraciado, y su poética le sale empachosa y merengada, pastelera, lo que sumado a su verso desajustado y a tropezones, por lo demás leproso de religiosidad barata, es causa de tamañas aberraciones literarias. El Odilón iba para vestir sotana, pero dejó las teologías por entender honestamente que también habría Dios en los labios de una mujer. No obstante, del seminario le quedaron dos imborrables secuelas: el habla aflautada y semejante hambre de ganar cielo -pero sin el doloroso trance de la castidad, ahí no- que ya anda cercano a las nubes. Lo suyo, y no lo del padre Brown chestertoniano, sí que es candor. Un candor alucinado, un ultracandor, que le hace descubrir ángeles incólumes flotando en las pupilas femeninas, que le obliga doquiera camine al hallazgo de paraísos de amor y dicha. Para esta flor de santidad, para este inocente ciego, no es difícil sacarle enjundia metafísica a un picacho serrano que se eleva en gótico deseo, a una brizna de hierba que se inclina para contemplar seráficos cielos, a la hoja que el otoño derriba y que llega a las puertas de la iglesia para oir misa, al ruiseñor que en su secreto gorjeo obra plegarias, a la bosta que descuidadamente pisa, si le apuran.
Como es difícil que un poeta, más un poestastro, se gane la vida en la vocación, el Odilón es camarero de servir bodas, bautizos y comuniones. Pero mientras descarga los langostinos en el plato del ávido comensal, el Odilón piensa para sus adentros que cuando sus cuadernos pasen por imprenta quedarán atrás los prosaicos menesteres que se ve obligado a realizar cada fin de semana.
Un joven melancólico y de aspecto afeminado, no más allá de los veinticinco calendarios, pasea al borde de las carreteras cuando el sol comienza a sentir pereza. El joven tiene el mirar azul y beatífico, el andar sereno, las manos en los bolsillos. Va silbando invenciones. Bufan a su lado los camiones, ladran los perros de Palomares, se oyen voces distantes y no se cruza ninguna andarina con ángeles en las pupilas. Pero el Odilón sale a tonda de musas y retorna con nuevos apuntes en su libreta de gaya ciencia, donde se cobijarán encuentros con primorosas pastorcicas, con pájaros orantes, con el arco iris, con el cielo cárdeno y un aire perfumado de hierbabuena y romero. El Odilón es el último poetastro romántico.

Gabriel Cusac

11 de diciembre de 2009

Leopolda Torrejones Segura y su hermana la Carmela, de alias compartido Hermanas Opus


Leopolda Torrejones Segura, la mayor, y la Carmela, la menos mayor, al alimón conocidas como Hermanas Opus, pasan cuentas de un rosario con cuentas alternas de superstición y ultracatolicismo, medieval rosario que ciñe el mundo mefítico y oscuro donde decididamente se atrapan. Las Hermanas Opus, flores marchitas de la sesentena, tienen el cuerpo tan consumido como el alma, y de camino a su misa diaria parecen dos espigas negras y funestas, sombras de velatorio y mal augurio. Pálidas son como la muerte y flacas de tanto ayuno y sobrecuaresma, de tal modo que su soltería parece inapelable y hasta merecida, y uno no sabe dónde encajarían mejor, si en convento o en aquelarre, porque todos los extremos se tocan.
Habitan las Opus un siniestro cuchitril de Reinoso, antebrazo de la calle Mayor, más vela que bombilla y más estampa de santo que en museo beato. Santos hay como infalible botica para picazones y alergias, para cefaleas y estados carenciales, para úlceras y malas digestiones, para otitis, sinusitis y todas itis, para aojos y hechizamientos también, y de cierto que las Opus son crecidas hipocondríacas por la ilusión que les da el ser curadas a base de rogativas santoralistas. Del mismo modo coleccionan, por mor de su salvación, mensajes tremebundos de Fátimas y Garabandales, y de vez en vez salen de madrugada como apóstoles carteros para buzonear tal o cual apocalipsis de estas milagrosas revelaciones. También pagan anuncios a la prensa que invitan a rezar un total de ochenta y un avemarías para conseguir el más difícil deseo del lector, siempre y cuando sea pío.
Son éstas de las señoritas escrupulosas dispuestas a analizar si un grano de arena tiene ángel o demonio, de resultas a lo cual comparten visiones a la menor. Y aunque tienen las cuatro esquinas de sus habitaciones sembradas de sal por alejar a los malos espíritus, esto no impide que ocasionalmente reciban la visita de algún íncubo perverso o, también, de un brujo que tienen por vecino, rojo y masonazo, que cuando las encuentra en las escaleras se baja los pantalones por norma y les enseña las asentaderas con mucha burla y desvergüenza. Este denunciable suceso, por lo que se contará ahora, posiblemente no vuelva a repetirse, pues quizá haya quedado el satánico escarmentado del santo varapalo de las Opus.
Ocurrió no hace mucho que su feudo de bendición, su santuario de Reinoso, fue invadido por la presencia maligna de un sapote gordo, gris y verrugoso, y expliquen ustedes el misterio de cómo un anuro puede colarse en una vivienda urbana cerrada poco menos que a cal y canto, siendo además un segundo de muchos y empinados escalones. No cabe duda, atendiendo a la lógica, que el sapo era nigromántico transformado, y más concretamente el vecino, don Timoteo Verdaguer Jineta, alias Escarnio, acaparador de grimorios y literatura marxista y veterano pactador con Belcebú al sincero decir de las Opus.
Interrumpió el Timoteo ensapado la sesión matinal, o maitinal, de plegarias que cada día desayunan las dos inocentes damiselas, plantándose con descaro en la mesa del comedor, entre las imágenes de santa Prisca y san Antonio Abad, y sobre mantel con cosida estampa del santo Cristo de Cabrera. Fue primero el susto y el griterío de las hermanas, pero muy seguida la conclusión de quién era el horrendo visitante. Armada de valor cristiano, Carmela Torrejones Segura, la menos mayor, empuñó entonces la escoba que la Divina Providencia puso al alcance de su mano, y arremetió con justa furia contra el sapo profanador, el cual, dando un brinco reflejo, escapó por pelos del escobazo. Mas no pudo hacerlo del segundo, que le pilló de plano tan cargado como iba de ira paladina, y al que siguió un fregonazo de manos de la Leopolda, prestamente movilizada en la búsqueda de herramienta disuasoria. Maltrecho y babeante, sacando fuerzas de flaqueza, el demoníaco engendro pudo alcanzar la puerta del balcón, que se hallaba entreabierta, y lanzarse desde éste a los ruinosos jardincillos que aún perduran en la trasera de Reinoso, dando así por finalizada la purificadora epopeya de las Opus, quienes a posteriori encenderían dos cirios frente a la estatua gallarda de san Miguel, vencedor de demonios adragonados y, sin duda, auxiliador invisible en el trance.
Lo cierto es que el Timoteo, aquel mismo día, acudió a Urgencias. Lo hizo por su propio pie, pero salpicado de moratones y con el paso atrancado del diablo cojuelo. Dijo haberse caído por las escaleras del murallón. Actualmente guarda reposo absoluto.
Por este motivo las hermanas Opus están tranquilas y satisfechas, ellas que saben que lo de las escaleras es falaz. En todo caso han repartido gruesos bastones por toda la casa, conocedoras de que el Demonio es insistente y malo. Amén.

Gabriel Cusac

25 de noviembre de 2009

Zacarías Gurruchaga Prepucio y su hermano el Lucrecio, juntos alias Los Finos, Los Cucuruchos o El Dúo Dinámico, a elegir


Tan inseparables eran que hasta aquí van de la mano, aunque el Zacarías, el pequeño, montase sin embargo más que el Lucrecio, el mayor, porque el primero, de tendencias relajadas, dormía cuando no soñaba, mientras el segundo se afanaba en la tasca de sol a sol y algo más. El Zacarías, el onírico, hacía los recados, sesteaba tras la compra y de vez en vez atendía el comedor y la barra. Sus ojos, desorbitados y venosos, inflamados por Morfeo (no por su ausencia), parecían a punto de estallar sobre las bandejas de los pinchos, en verdad dantescas. No desentonarían. El Zacarías lucía ciertas habilidades en el manejo de las botellas, volteándolas temerariamente antes de servir, y también en la modificación al alza de las tarifas cuando aparecía algún extranjero en la casa. El Lucrecio tenía naríz judía, barba rasposa y ojillos hampones que no hacían justicia a la calidad de su espíritu ingenuo y bondadoso. Estaba célibe, a diferencia de su hermano, y era el alma mater del negocio, cafetería-bar-restaurante-hostal donde se parlaba franchute y se espikaba inglés siempre y cuando el turista no fuese de acento cerrado, cosa que ocurría las más de las veces (a no ser que dudemos de las capacidades políglotas de Los Cucuruchos).
Los Cucuruchos, de mozos, partieron a Australia -luego pasarían por las Galias, muy universales ellos- recién saliditos de su pueblo natal, al que a veces, ya establecidos en el Manchester de las Castillas, o sea Béjar -¡juá, juá!-, iban de cacería. Cazaban, todo sea dicho, gallinas pendonas que se alejaban del pueblo. En tales safaris se pertrechaban con mucha dedicación, portando cada uno sendas escopetas y botas de vino. En alguna ocasión salieron a tiros con los paisanos, no se sabe muy bien por qué.
-En Sydney quienes tenían todo eran los "masons"; yo allí trabajé en mucho lugares y el jefe siempre era "masons" -revelaba el Lucre con mucho secretismo y mirada acechante-. Son los más poderosos del mundo.
El Lucre decía un "masons" como un "champiñons". Uno, o los que fueran. Era de usos lingüísticos muy avanzados.
Los Cucuruchos volvieron a la patria con bastantes duros en la talega para establecerse en el prestigioso ramo de la hostelería, consiguiendo al cabo mantener un floreciente negocio. A Los Cucuruchos les llamaban también Los Finos, muy chuscamente, por su no excesivo amor a la pulcritud, aunque este detalle constituía un efecto de cálida familiaridad para la clientela, en general poco dada a exquisiteces y tratos palaciegos. El autor recuerda ahora la cálida broma que un día le gastó el Lucre sirviéndole un café con chapa de Pepsi en el fondo de la taza. En otra ocasión, una rata osada entró por la puerta del bar y corrió a refugiarse en el fango de los retretes.
-Déjala, ya saldrá -comentó, impasible, el Zacarías.
No salió.
Los Cucuruchos vestían chaquetillas rojas y a lamparones que eran de la misma tela que los manteles del comedor, por lo de hacer juego o quizá por lo de economizar, no se sabe. Bajo las chaquetillas, como sobre los manteles, tampoco había mucha muda ni pitiminí. Los Cucuruchos, ante todo, fueron para el autor grata compañía a sus mocedades felices, cuando devotamente iniciaba sus conocimientos enológicos y coleccionaba revistas de mujeres malas; el autor, in illo témpore expectante e ilusionado, era flor en capullo que se abría al mundo. El autor es hoy zarza mustia que ve el mundo como un tiesto meado. Pero el autor siempre recordará con una sonrisa a aquellos entrañables sucios que le invitaban a la cuarta botella de vino.
Los Cucuruchos vendieron el negocio y marcharon al sur para fundar un restaurante de carretera. Que los Hados les sean propicios.

7 de mayo de 2008

Grotescario Bejarano


El Grotescario es una galería de paisanos excéntricos sometidos al juego -a menudo favorecedor- de los espejos deformantes. Como los espejos también deforman sus nombres, el lector local juega del mismo modo a descubrir su identidad, lo que no significa que sea una obra dedicada en exclusiva al ínclito pueblo bejarano. Porque estos queridos esperpentos, con otras caras y otros nombres, son ubícuas pinceladas de color en el lienzo universal. Es decir, todos tenemos un retazo de alma, siquiera camuflado, que nos identifica con estos grotescos, por cierto nada despreciables, porque, como expresa una de las citas iniciales, lo sublime y lo ridículo siempre van cogidos de la mano.
Del Grotescario se dijeron cosas maravillosas. Fue descrito como genial, descojonante, quevedesco, ejemplo de realismo mágico...No engaño a nadie. Hoy, visto desde una clarificadora distancia, me parece un tanto inmaduro en su construcción narrativa; fue uno de mis primeros textos publicados. Pero a su vez aprecio, nostálgico, que ese defecto de literato principiante se ve compensado por una alegría creativa y una espontaneidad que los años, con su corrosivo orín de desencanto, han borrado. Si en estos momentos tuviera que escribir algo parecido no escogería modelos reales (aunque en el Grotescario se confunden realidad e imaginación); por el contrario, intentaría tomar el camino de la fantasía radical, al estilo -salvando las distancias- de las ilustres Vidas imaginarias de Marcel Schwob.La edición, con dibujos de Ricardo Martín Vázquez, papel carísimo y portada y contraportada a todo color -¡qué ingenuo!- fue, amén de un congreso de los llamados duendes de imprenta, tremendo derroche a cargo de este escarmentado amanuense. Aún se pueden encontrar algunos ejemplares en las librerías Studio y Barataria, oasis salvadores de la literatura autóctona.


Gabriel Cusac