La tragedia comenzó con la aparición súbita de aquellas dos extrañas protuberancias.
Don Príapo García-Crápula Jiménez-Íncubo y de los Dídimos, marqués de Pichabrava, no tenía reparos ni sonrojos en proclamar su condición de epicúreo, erotómano y sensual, pero como era rico y marqués todos lo veían muy bien y nadie le llamaba salido, que sería el término más llano y sincero de definirle.
Al poco, sobre las protuberancias, emergió un pequeño apéndice central.
Don Príapo nació como le habría gustado nacer a todo cristiano e incluso a todo infiel, es decir, con el pan debajo del brazo, y desde bien mozo se volvió lo que todo cristiano e infiel nacido con el pan debajo del brazo se vuelve al llegar a determinada edad si es que anda espabilado, es decir, se volvió un libertino.
Lo más molesto del inaudito fenómeno es que se manifestaba en la misma frente del marqués.
Don Príapo nunca pisó el pueblo de Palomares de Béjar, donde, como todo el mundo sabe, la vida es una fiesta, pero no se recuerda existencia más festera desde el tiempo de los césares que la de este sangre azul vicioso, trueno y follador.
Los prestigiosos galenos que estudiaron su mal confesaron ignorancia al respecto, y tampoco el método de la prestigiosa sanadora hurdana Petronila Zuruto Achicoria, consistente en emplastos de ortiga y helecho y estrangulamiento de las prominencias con hilo de oro, dio resultado.
Don Príapo bebía como un cosaco, comía como un Pantagruel, esnifaba más que un oso hormiguero y no envidiaba en gastos a un Boyer, pero de todos los placeres se volcaba al principal, lo que da pie a decir que también fornicaba como un Casanova, y no es baladí que cada amanecer salía de su gótico palacete tal torrente putero que diríanse esquilmadas las mancebías de toda la provincia.
Y aquello crecía y crecía de un modo alarmante, rodeándose además de una horrible pelambrera, hasta que hubo de aplicarse la solución radical: amputar.
Don Príapo, desde que le caparon sus peculiares genitales de testa, perdió por alguna desconocida correspondencia la fuerza vital de los de abajo, léase que quedó impotente, el peor castigo que podría sufrir un verraco de su especie. Palos que da la vida, jugarretas del jodido destino. Don Príapo García-Crápula Jiménez-Íncubo y de los Dídimos, marqués de Pichabrava, príncipe bohemio, flor de los vividores, hombre espermatozoide, decidió finar su medio siglo ahorcándose, por si era cierto el dicho y al menos palmaba con la botavara alzada. Dejó una nota para su epitafio: “Más vale morir que perder la vida”.
¿Qué vicios gastará en Pandemónium?
Gabriel Cusac
La Colmena Bejarana, agosto de 1993
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