9 de enero de 2007

Chismes sobre mi vecina de enfrente

Lo primero que llama la atención de mi vecina de enfrente, doña Perfecta Parca Putabruja, es el culo, un culo como Castilla, ancho, muy ancho. Cuando doña Perfecta Parca Putabruja comadrea en el parque mientras virtuosos de la banda municipal tocan La Bejarana, su gran culo, visto por detrás, desborda el grueso de la tabla y diríase del banco que cría cojones. Cuando doña Perfecta Parca Putabruja camina presurosamente hacia la cartelera del barrio en busca de un nuevo óbito -ha palmado un señor que era un santo, pero, cuidado, no te creas, también algo pendejo- parecen existir dos frentes de serrana avalancha bajo su falda. Servidor piensa que si su vecina de enfrente cayera de espaldas no podría levantarse sin ayuda, sería un escarabajo pelotero patas arriba, un tentetieso. Tales son sus asentaderas, muy desbordantes, muy imperialistas, muy incontestables. Y la verdad sea dicha, servidor desearía contemplar el culo desnudo de doña Perfecta Parca Putabruja por curiosidad, pues siempre le han fascinado los desórdenes y excesos de la naturaleza.
Defecto peor que la desmedida exuberancia de su nalgamen es, sin embargo, la afición forofa e inextinguible de la referida hacia las habladurías, los chismorreos, las consejas, los cuentos de boca a oreja donde el paisanaje queda espulgado y se rifan invisibles sambenitos; hacia la devastadora ola de rumores que diariamente baña los graníticos asientos del foro popular bejaraní, empapando hoy a un ciudadano, mañana a otro y pasado a todos, por muy ajeno que Fulano quiera ser, por muy libre, independiente y desoyedor que se crea. Mi vecina de enfrente, patológica trotaconventos, celestina de cuidado, de cara es camandulera y surtidora de cumplidos, pero pobre de servidor, de sus lectores y de quienes no lo son cuando abre la puerta de su casa al escuchar una tos en el portal, cuando espía tras las esquinas los morreos y metemanos de novios y novietes, cuando saca las antenas en el mercado de abastos, cuando cambia consuetudinariamente comentos telefónicos con otras parladoras, cuando se disfraza de pena y es plañidera de los velatorios, cuando va a misa por infiltrarse en los postreros corrillos informativos, como igualmente iría, si existiesen, a nocturnos aquelarres en Peña Negra. Todo fuera por estar enterada.
Tienen los de la pérfida Albión un nombre para este tipo de dañina eva: Mrs. Grundy. Doña Perfecta Parca Putabruja es la Grundy pañosa, la Grundy local, la Grundy que acecha nuestros gestos, nuestras palabras, nuestros pasos, nuestros actos, como si en ello le fuera la vida. Vampira de sucesos impropios, implacable parlanchina, feroz ripiosa, doña Perfecta Parca Putabruja cumple con rigor todos los requisitos de las/los de su calaña, y es, por tanto, hipocondríaca consumada. Es decir, cuando anda escasa de comidilla la entran ardores, cefaleas o flatulencias, y en la infalible hora de espera previa a la consulta médica huronea nuevas a lo largo y ancho del hospital; de ahí que siempre salga curada por partida doble, completando al cabo el equilibrio de su salud con un repaso a los mentideros que topa de vuelta a casa, porque donde haya dos o tres, también se para ella. Me conoce a mí, al de más allá y a usted, estimado lector.
Pero aún me resta contar lo más sorprendente. Quizá no sea creído, mas yo sé que lo vi, juro que lo vi. Sepan que cuando doña Perfecta Parca Putabruja habla siempre lo hace en bisbiseo, apenas sin separar los labios, con la boca casi cerrada. Yo lo tomaba por deformación profesional, algo así como la chepa de los ciclistas o la facilidad de mentira de los políticos, un producto de la especialización en el rumoreo. No; ella se guarda muy bien de mostrar su horrible secreto.
Hará seis días, quiso la Providencia que yo saliese a la terraza para regar mis ornamentales plantas de marihuana. Ella estaba enfrente, bostezando espantosamente tras la ventana. Antes de cerrar la boca sacó la lengua. Fue tan sólo un instante, pero pude apreciar perfectamente su lengua larga y delgada, dividida en el extremo. Una lengua literalmente viperina. Lo juro.
Y no desearía acabar esta crónica sin contar...¡No!...¡Doña Perfecta!...¡Pero cómo coños ha entrado!...¡Dios mío! ¿A dónde va con ese cuchillo de matarife?...¡No, se equivoca! ¡Soy inocente! ¡Soy joven! ¡Señora! ¡Señoraaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa...!
Gabriel Cusac Sánchez
(R.I.P.)

La Colmena Bejarana, octubre de 1993

1 comentario:

Lola dijo...

jajajajajaaaa, joder con la Putabruja esa,¿aún vive?