5 de agosto de 2008

Doña Leonor, escrotomante moderna




En 1862, el asirólogo George Smith daba a conocer al mundo el hallazgo del “Enuma elish”, el génesis mesopotámico concebido dieciocho centurias antes de nuestra era. Noé se llamaba Ut-Napishtim. La librería de arcilla de Asurbanipal nos tenía reservadas más sorpresas, entre ellas una quincena de tablillas, hoy propiedad del British Museum, componentes de una pequeña crónica sobre la estadía de una hetera, una prostituta sagrada, en la corte de Asaradón, antecesor del rey bibliotecario, y de los oráculos que le hizo al monarca, porque además de puta divina la susodicha practicaba una de las tantas adivinaciones que ya florecieron entre el Tigris y el Eúfrates: oniromancia, hepatoscopia, astrología, extispicina... Puso la sacerdotisa a su majestad de conquistador de Egipto, que luego lo sería. Pero el receloso soberano, creyéndose diana de falsa adulación, liberando una gruesa carcajada, espetó: “¡Esta profecía me la paso yo por el forro de las turmas!”. Frase de humor directo que concluye este breve introito histórico con semejante hostia traicionera al lector, quien mejor entenderá a don Asaradón si se explica que la merlina pronosticaba por escrotomancia.
Hoy, traspasando los milenios con la fuerza rotunda de la superstición, la arcana ciencia se mantiene viva en manos de nuestra paisana Leonor Jiménez-Bermúdez de la Celada, quien escruta sin escrúpulo en los escrotos de su crédula clientela (divertimento: léase la frase en voz alta y de corrido). No haga planetas de sus ojos el bachiller suspicaz, ni surja el comento aguardentoso del crítico más próximo, pues nunca los futuros han estado más envueltos de engañifa y nunca ha existido tal vorágine de supercheros mánticos que agotándose este XX vil.
Al gabinete quimérico de doña Leonor, todo infestado de vírgenes y mártires, prendidos diez sahumerios de pachulí, debe acudirse con bolsín rapado, trance primero no exento de dificultad, como habrá comprobado, por ejemplo, el atento leedor alumbrado en las vanguardias del sexo. El otro bolsillo, el pecuniario, no debe ser moroso, que la consulta es cara (por trascendente) y el pago anticipado (por desconfianza del ama). Trance segundo es renunciar a toda pudibundez y despelotarse frente a la pitonisa, en un cuarto por lo demás empapelado de santas iconografías (tienen todas las brujas su ramalazo beato, del mismo modo que todas las beatas tienen su ramalazo brujo). Trance tercero es observar cómo una Leonor por lo común desmelenada y luciendo la misma sombra de ojos que la niña de el exorcista acerca sus uñas rapaces a tan delicadas partes, que es decir a los mismos cojones, y comienza a manipularlos en busca de los renglones del destino.
Pese a tales desventuras, que más parecen episodios de un rito de iniciación mistérico, la fama de la adivina no es escasa, y sus predicciones, utilizando la expresión en boga, abarcan un amplio espectro social (esto de amplio espectro social, como se sabe, no es lo mismo que un fantasma enorme y benefactor). Dídimos grandes, dídimos chicos, dídimos locales y foráneos, dídimos de toda condición han desfilado y siguen desfilando por el oráculo, y ante doña Leonor se han bajado los calzones tristes peones camineros, ya desengañados de afanes quinielísticos, que concentran todas sus esperanzas en un remoto puesto de capataz; funcionarios de ventanilla ansiosos del decreto que definitivamente les autorice escupir sobre toda esa chusma que, tras el cristal, les agobia cada jornada con sus pequeños problemas; constructores, como los retratados por Wenceslao Fernández Flórez, que preguntan si las grietas de su nuevo edificio surgirán a corto, medio o largo plazo; concejalillos rústicos que ven aparecer los leones de las Cortes en sus más dulces sueños; intelectualoides monolibro que inquieren por la cercanía del Planeta; decanos de la soltería, hastiados de clubes de carretera, que anhelan hallar su media naranja; pobres que quieren riqueza; ricos que quieren recuperar la conciencia; y un largo etcétera, porque el mundo es galería curiosa de penas y de deseos, y nadie que tenga nariz llame a otro mocoso.
Doña Leonor, que es doña por católico casamiento, tiene tantas presentaciones como la pícara Justina, y también es hetera, pero sin aditamentos sacros, y el amanuense ha contado todo esto porque la conoció de reciente y porque el asunto, a su modesto entender, tiene miga. Fine este relato con constancia de que el francés de doña Leonor resulta más módico que la consulta trascendente. Y de cierto que en esta faceta es hábil ventosa.
Gabriel Cusac
Béjar Información, 13 de febrero de 1999

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