13 de enero de 2009

En memoria de Geliberto Mendrugo Porretas, alma de Dios

En estos momentos de pesadumbre considero obligado aportar mi pequeño granito de arena a la secular tradición obituaria que tantos huecos ha llenado en las prensas locales y provinciales (empero ninguna de las cuales, por el momento, ha decidido lanzar un suplemento necrológico, un Especial Recordatorios y Esquelas, por decirlo de alguna manera, que rindiese merecido tributo a nuestros difuntos). He de reconocer que, tras varios años de espera, por fin he encontrado el motivo perfecto para realizar una crónica de este tipo. Que mi dolor no enturbie la limpieza prosística de las presentes líneas. Así sea.
Un océano de tristeza inunda nuestra muy noble, leal, liberal y heroica ciudad. Sí, amigos: ha fallecido Geliberto Mendrugo Porretas, de todos más conocido como Sextangustia (mote familiar), o bien Testacarajo (simpático y exclusivo apodo referido a la peculiar anatomía de su cabeza). El exagerado suicidio, vaciándose el cargador de su querida Astra en la sien, ha constituido el digno remate a toda una vida de tesón rotundo, la última muestra de una excepcional fuerza de voluntad.
Ya en los años mozos, nuestro heroe destacó como campeón local de lanzamiento de gargajos en Ceporrillos del Peñasco, su cuna, o sea pueblo natal. Geliberto fue, pues, uno de esos miles de bejaranos de adopción que, junto con algunos nativos, han hecho de nuestra población ombligo del mundo y último espejo de la ciudad ideal, epítome afortunado de la platónica Atlántida, la Civitas Dei agustiniana y la urbe solar retratada por Campanella. Ceporrillos del Peñasco, pese a la natural raigambre, se le quedó pequeño en la alborada de sus inquietudes de adolescencia, y las irreprimibles ansias cosmopolitas cuya frustración le atenazaba cual garrote vil se vieron exitosamente colmadas con su llegada a Béjar, donde en principio desarrolló su acervo profesional desempeñando varios oficios: castañero, capador, ropavejero, porquerizo, mamporrero, etc. Así hasta que una empresa cerrajera de la localidad contrató sus servicios, y a la cual Geliberto sirvió abnegadamente durante cuarenta años sin ningún tipo de contrato, pues nuestro hombre, heredero de una nobleza antigua, siempre confió más en el apretón de manos que en los excesos obreristas.
Todos le recordamos, no obstante, custodiando con honestidad la barra de un bar, ferviente adalid de los supremos caldos de la tierra frente a la brutal invasión de Estolas, Cotos, Barros, Ylleras y otros vinos foráneos de sobrestimada calidad. Bien celebradas han sido sus dotes de animador sociocultural, cuando, ya consumidos tres o cuatro litros del zumo de Baco, regalaba a la concurrencia tabernaria lindos pases toreros, efectuados diestramente con su inseparable cazadora de plexiglás, e interpretaba, remedando el inconfundible toque nasal de Farina, esas viejas canciones enganchadas como anzuelos en el corazón hispano: La falsa moneda, María la portuguesa, La Tarara, Me subí a la verja... Siempre derrochando alegría, dando luz a sus congéneres.
Los designios del Señor son inescrutables, y, al igual que Irlanda, desde san Patricio, carece de serpientes, Béjar es la única ciudad del mundo que, como es sabido, jamás ha cobijado entre sus muros a alguien de condición homosexual, si exceptuamos a Geliberto Mendrugo Porretas. En el extraño fenómeno comentado debemos hallar las causas de su suicidio. La soledad acabo axfisiándole; no pudo encontrar su media naranja en nuestro pequeño reducto de bizarros machos ibéricos. La experimentación con múltiples sustancias estupefacientes no le sirivió de consuelo, del mismo modo que sus frustrados intentos de adaptación social visitando diversos clubes de alterne -bien conocidos y frecuentados por todos los amigos lectores, en especial por los casados- resultaron vanos. ¡Qué pesada cruz!. Y una bella persona, un bendito, un mártir, decidió agotar su sufrimiento balazo tras balazo.
Recemos todos una oración por su alma, y consolémonos en la certeza de que en estos momentos se hallará rodeado de tiernos serafines. ¡Aleluya!.

Gabriel Cusac
Béjar Información, 6 de mayo de 2000

NOTA: Este artículo dio lugar a ciertos equívocos, que espero no se repitan. Debo puntualizar: 1-Nuestro Geliberto nunca existió 2-El artículo pretende ridiculizar, más que la hipocresía necrológica, el machismo paleto imperante en la ciudad estrecha; un machismo que a su vez, triste y paradójicamente, es máscara cobarde o necesaria de algunos paisanos homosexuales 3-No todos los amigos lectores van de putas.





3 comentarios:

mojadopapel dijo...

jejejejeje, me ha encantado tu nota, genial.

juan de la cruz471 dijo...

Nunca me he disparado en la nuca, pero me parece que si me acertara a la primera, no creo que pudiera siquiera repetir un disparo con mi astra. Menos vaciar el cargador.

Gabriel Cusac dijo...

Sí, fue un suicidio muy exagerado. Ahora que me cuentas que tienes una astra, cuando quieras te enseño mi kalashnikov. Lo heredé de mi abuelo, que salía a los campos para cazar con eficacia jabalíes, corzos, gallinas, seminaristas y, en general, todo lo que se moviera.