El autor (cuyo ingenio y buen hacer, dicho sea de paso, le valió otrora ser pluma puntera de aquesta villa y tierra) tenía el encargo de señalar agudezas a propósito de las venideras glorias de don Carnal, y pensaba comenzar el discurso citando apuntes de Caro Baroja, hablando del traído y llevado carrus navalis y lanzando vivas al carnaval como la última de las grandes fiestas irreverentes, la última gran ceremonia colectiva de culto al desmadre en tiempos donde una humanidad encasillada hasta en sus divertimentos casi ha olvidado el encanto del ritual lúdico y, por tanto, de la magia. El autor, en olas de tinta, querría haber hecho un argonaútico viaje a través del tiempo en busca de dorados vellocinos forasteros, y así traer memoria de las procesiones del Gran Falo de la liga délfica, de las leneas báquicas, de los revolucionarios disantos congregados a Saturno, de las Fiestas de los Locos, de la cachonda filosofía goliarda, de las mascaradas renacentistas, tan licenciosas, que el pueblo celebra en las calles y los grandes señores en palacios o, bien frecuentemente, en cultos y aterciopelados burdeles con entrante de poesía erótica... Venturosa, consoladora, bella es la historia del libertinaje. Al cabo de la erudita y transgresora madeja, el autor saltaría al XIX para citar (ya verán ustedes por qué) uno de los relatos más intensos que ha leído, Los agujeros de la máscara, de Jean Lorrain, pieza de unos incontrolables Cuentos de un bebedor de éter –y, al hilo una curiosidad: el autor se enteró, no recuerda si a través de Primera Línea o de la ya desanarquizada y casi pija Ajoblanco, de que los brasileiros se ponen a tono esnifando éter en las sabrosonas carnestolendas de Río de Janeiro... cae en un profundo y doloroso suspiro-, donde el personaje central, tras un logrado desarrollo narrativo que mantiene la angustia in crescendo, descubre que el baile de máscaras en el cual participa es un festival de espectros, y él mismo, tras quitarse el capuchón que le cubre la cabeza, halla el vacío, halla su nueva condición. El autor ha encontrado en este cuento la metáfora de su propia situación, que al fin y al cabo, confiesa, es de lo que quería hablar. Desde el nacimiento de este febrerillo demente el autor ejerce de rudo peón a pico y pala, anda estas últimas jornadas enfundándose cobardemente su mono azul, su disfraz de diario, para quebrar los huesos de la tierra en un hoyo sombrío, anuncio sepulcral, donde se producen curiosos efectos térmicos en el cuerpo del profanador, quien inevitablemente siente un frío caprichoso en tres partes anatómicas bien diferenciadas: los pies, la cabeza y lo que cuelga en medio. Mientras el gran baranda no se despoja de su antifaz de gallarda inocencia, mientras Aznar se emboza de orgasmo pensando en mayo, mientras Sevilla viste de cortesana aguardando marzo, mientras millones de personas preparan sus caretas para ser un poco más libres a través del anonimato, el autor de disfraz azul tiene seca la imaginación y muy descabalado el arte de tejer escrituras. El autor, en tanto se recupera del maléfico influjo de su disfraz azul, pide disculpas a su legión de lectores colmeneros por citar tanto ingrediente sin llegar a completar el guiso como mandan los cánones, y entona un mea culpa con sentida y pagana devoción.
Gabriel Cusac
La Colmena Bejarana, marzo de 1995
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