8 de octubre de 2007

El paseo iniciático, o relato para un pervertido psicoanalista



El paseo iniciático, o relato para un pervertido psicoanalista 
Renegaba Jardiel Poncela (o eso cree el desmemoriado gazetillero) del celebérrimo adagio “A quien madruga, Dios le ayuda”, poniendo por caso el de las gallinas, que ahí están, tan decididamente a las de alba y sin embargo acarreando una vida monótona, cobarde y ponedora, atrapadas en su corral enmerdado y pasándose claros y nublados tras el triste grano de maíz. El refrán, a buen seguro, lo inventaría un patrono acosador o, en todo caso, algún individuo de mentalidad productiva y con intereses de por medio. Tamaña insensatez no la iba a ingeniar un poeta, un enamorado o un vago, tampoco un ser mínimamente compasivo con sí mismo y con sus semejantes. Muchos excesos se han pronunciado sobre el dormir; Sócrates, o acaso Aristóteles, o quizá Platón, vayan ustedes a saber, defendía que los hombres deberían dormir ocho horas en cada jornada, las mujeres nueve y los locos diez. Un tanto misógino, el sabio. En todo caso, el gazetillero, que es un fiel de la almohada, considera que la salud de la especie humana reposa en tres pilares fundamentales: comer bien, cagar sosegadamente y dormir sin racanería. Al gazetillero, cuando practica el marcial e insano ejercicio de madrugar, se le precipitan los ojos en insondables abismos y le salen pupas en la boca, unas pupas muy molestas y que además hacen feo. El gazetillero, sin embargo, no es ajeno a algunos acuciantes fenómenos del cuerpo, que a veces se declara en rebeldía contra su amo legítimo, obligándole, por ejemplo, a separarse de su gran amigo Morfeo a cambio de una temprana cita con el inodoro. Es entonces, tras la última gotita dorada, cuando el recién levantado, por algún oscuro misterio, suele considerar que ha perdido el sueño: esa peculiar sensación de que la cama ya empalaga, de que es preciso mantener la verticalidad.
Es domingo. El reloj de péndulo del pasillo, con su aire de solariego fantasmón, avisa las ocho. La barandilla del balcón está fría, más fría que el día nuevo. Un escupitajo inevitable y denso surge blasfemamente y acaba suicidándose en el asfalto, cuatro pisos más abajo. El espectador mañanero siente inmediata la solemne necesidad de inaugurar la jornada y despertar el sentido del gusto con el cigarrito amable, que abandona, voluptuoso, dispuesto, el macabro paquete donde las Autoridades Sanitarias se empeñan en estampar unas devastadoras y trágicas advertencias que ya de por sí provocan úlceras. Si las Autoridades Sanitarias decidieran extender sus avisos a todos los artículos de consumo, el país se convertiría en un gigantesco sanatorio. De momento, las susodichas se conforman con enfermar al pacífico fumador, pero en un futuro no muy lejano, cuando las Autoridades en general se adueñen de cada acto de nuestras vidas, un sorbo de café provocará ineludiblemente crisis nerviosas, y un trago de vino será el pasaje al paro cardíaco. Entre otros males fomentados por las instituciones que el firmante no quiere ni imaginar, no sea que le brote un tumor intradídimos.
Cuatro pegotes soñolientos de puré de patata se persiguen en un cielo azul y limpio. Pájaros anónimos lanzan rivales arias. Un pertinaz, inagotable, insomne frutero, descarga plátanos en su cochera/almacén. La vecina de enfrente, con un pálido seno por fuera del escote de la bata, limpia afanosamente los cristales de su ventana. Dos perros mil veces lapidados olisquean el contenedor de basura. Una persiana es abierta con manifiesta violencia, como si alguien tuviera prisa por suicidarse cual el escupitajo ya citado. A lo lejos, calle arriba, quince o veinte jóvenes beodos se agolpan frente a la churrería humeante y provocadora, la última parada, los churros como colofón a una jornada nocturna y viciosa, pero no victoriosa, de condón incólume, de licores de garrafón y papela apurada, de desencanto disfrazado por una euforia artificial. Dos mozas gorditas y en chandal corren a bajar culo camino del Ventorro Pelayo. El cigarro muere.
Una súbita e inexplicable vitalidad se adueña de las carnes del espectador, quien decide lavarse las legañas, colgarse cuatro trapos y salir a patear las calles de la villa no sin antes engullir, con hambrienta avaricia, el consuetudinario café migado, reparador invento poco conocido allende los Pirineos.
Los cuatro palmos del bar Recreo posiblemente llevan más de una hora a disposición del público. En el bar Recreo hay un calendario reversible y picarón. Una morena y una rubia, en meses alternos, muestran al cliente sus agraciados pechos, unos pechos que son como un corte de mangas a la ley de la gravedad y también son una alegría para la vista. Este mes, la morenaza. En el bar Recreo se sirve un aguardiente que abrasa las entrañas y aclara la voz. Quizá también despeje el olfato y avive el seso.
Cadáver ya el interno y enigmático gusanillo/fénix, el excepcional madrugador emprende el paseo con el ánimo encendido y la cabeza alta, corriéndole por las venas una crecidísima soflama. Soplo palmero. De sobras entiende el excepcional madrugador que no va a comerse el mundo, que ni tan siquiera va a desvirgar el dominical callejero bejaraní, pero para sus adentros siente -o se cree- que su paseo a emprender posee una buena pizca de camino iniciático, de ruta peregrina donde poco a poco se irá formando un cúmulo de pequeñas sorpresas.
El peregrino se asoma al Puente Viejo. El río dominguero lleva las aguas tan claras que incluso se puede ver toda la porquería acumulada en su lecho. Las basuras de la ribera añaden una nota multicolor y tóxica. Una rata gigante medita junto a un desagüe. ¡Cuerpo de Hombre, qué mal cuerpo! El peregrino abandona su breve éxtasis contemplativo y en dos pasos se planta en la calle Libertad, campo de batalla del desmadre sabatino. Por doquier aparecen los restos de la contienda: vasos de plástico, cristales rotos, varias vomitonas de cromatismo indefinido, alguna botella naúfraga y sin alma... La noche del sábado, en la calle Libertad, es un buen muestrario de las tonterías y las miserias humanas, un circo de absurdos donde la juventud -e incluso algunos elementos y elementas de una adelantada niñez- de la villa ha encontrado su patria y su religión. El peregrino, que no es más pecador porque no puede, piensa sin embargo que toda la ancestral metafísica de la borrachera y el desmadre ha degenerado en gilipollez y exhibicionismo, se ha desacralizado a favor de unos moldes vanos y superficiales donde impera una actitud de etiquetas. Niñatos haciendo caballitos con sus Yamahas rampantes. Niñatas/escaparate ansiosas de erigirse en princesas de la noche. Pueblerinos rijosos y maduros no menos rijosos que aún fabulan cuentos de eróticas hadas. Solteronas de flor mustia, contentas de dejarse ver. Veteranos de la noche con la fe apagada y el canuto encendido: la clase más respetable. El peregrino piensa que si, al menos, toda esa parafernalia desembocara en dionisíaca orgía ya sería algo que se sacase en claro. Pero ni eso; está visto que la humanidad va de mal en peor.
Limpiadoras de grandes caderas friegan los templos del vicio. El señor Rodríguez y el señor Pandereta llenan sus coches de hamacas, cestas e infantes, dispuestos a sentar sus fueros en cualquier cacho de campo que dé el sol. Saliendo de no se sabe dónde, resuena un cuesco apátrida. Una mocica de catorce o quince años con pantalón de ciclista, tetas fusiladoras y carita de ángel hace pensar al peregrino que nació en mala época. Un antiguo compañero de aulas tiene el capricho de hacerse simpático.
- ¡Coño, Cusat, qué tal!
Al peregrino le resultan odiosos los antiguos compañeros de aula, de curre o de pendencia que saludan a intermitencias, o, hablando más propiamente, cuando les apetece, cambiando para más inri la última letra de un apellido sin duda ilustre. El peregrino, que tiene mala conciencia de ser extremadamente pacífico, se abstiene de decorar la cara de su interlocutor con un gargajo verde y responde con diplomacia, pero igualmente con brevedad.
- Bien, hombre. Voy a ver si compro el periódico. Adiós.
(Que te den).
- Adiós.
(Igualmente).
El fraternal encuentro ha tenido lugar frente a la farmacia Poyo, donde el peregrino jamás pudo conseguir una caja de preservativos, quién sabe si por fatalidad o por objección de conciencia de los licenciados, que de todo hay en las viñas del Señor. Sin que apenas se hubiera percatado, la calle Libertad quedaba atrás entre cuatro pensamientos y un indeseable saludo. ¡Qué imposible ligereza!
En la Puerta de Ávila, cuatro viejos discutidores taponan media entrada a Reinoso y tratan a voces sobre patrios y políticos barandas.
Viejo A- ¡Que no, coño, que todos son unos chorizos! ¡Menudo mamoneo se traen! ¡Parece mentira que no os deis cuenta, cojones!
Viejo B- Pero unos más que otros, Vespasiano, unos más que otros.
Viejo A- Igual. Una merienda de negros.
Viejo C- Pero vamos a ver: ¿no haría cualquier tonto y cualquier listo lo mismo? Primero a ocuparse de la familia, que es lo más sagrado. Que si un enchufillo aquí, que si otro allá, hasta colocar a toda la parentela. Después, los amigos, que para eso lo son. Y luego, el país.
Viejo A- ¡Tócate las pelotas, Pascualín! ¡Pues vaya una justicia! Y si cabe la mano, ya mete el brazo.
Viejo B- Estos han metido hasta los huevos.
Viejo D- Tenemos lo que nos merecemos, no hay vuelta de hoja.
El peregrino se inclina ante las venerables canas y opina que todas las voces del cuarteto llevan su punto de razón. Lo que queda por ver, exceptuando honrosas excepciones, es si el poder corrompe o ya entran todos algo corrompidillos.
La calle Mayor es un compendio heterogéneo de varios siglos de excelente y pésima arquitectura. La calle Mayor se disfruta a cuello tieso, con el andar calmo y, a ser posible, con una mulata de cada brazo. La rúa principal, siendo una, se divide en tres -Reinoso, Sánchez-Ocaña y Pardiñas-, sutileza que nunca llegó a entender el peregrino; lo de hacerla peatonal a ratos es un acierto de nuestros ediles y una necesidad para el transeúnte, cada día más acorralado por el salvaje motorizado, qué horrible pareado. El peregrino respira hondo y enciende otro cigarro, todo sea por dar calidad al momento. Cree que la calle es suya, pero no en el sentido fascista que, vox pópuli, antaño aplicara un gallego, al menos tan listo como el Hambre, que lo mismo vale para un roto que para un descosido. Dos adolescentes patinadoras lo sobrepasan con rapidez y desparpajo. Bien se sabe que las películas yanquis están intoxicando a todo quisque. El peregrino hace un alto frente al escaparate de la vieja Studio. Los libros expuestos le confirman que ya no se puede escribir: la competencia es tremenda y aquí cada hijo de cristiano se ve capaz de hilvanar palabras con garbo y amenidad. El peregrino también piensa que la historia de Béjar es como una naranja a la que nunca se le acaba el zumo, aunque año tras año haya tres o cuatro eruditos dispuestos a exprimirla mediante artículos, libros o conferencias. Este abuso es bueno, no se vayan a creer Vds. La blanca dama y el blanco niño de González Macías, desde su trono esquinado, se inclinan para saludar al peregrino.
A medida que va creciendo la mañana, la gente sale de los portales, aparece en las bocacalles, emerge de las alcantarillas, salta de los aleros. El peregrino interrumpe el silbo de una canción que nunca escuchó para lanzar a diestro y siniestro adioses (más formales) y hastaluegos (más cordiales) dependiendo de los prójimos/as que le pasen al lado. Es bonito ver llenarse de vida la ciudad, como se llena la garrafa del agua de una fuente.
Capaz de enervar al más templado cartujo, sonríe la modelo de Intima Cherri entre sujetadores. El grifo que no se agota en la tienda de “todo a cien”. La casona exagerada de Juan Muñoz. El árbol que nunca se vacía de gorriones. El medio tuerto caño Comendador. La antigua y un tanto siniestra librería -ya cerrada, por desgracia- donde florecían revistas porno muy completas y bien de precio. El ahora polémico museo, custodiado por antañona torre de San Gil. Los portales de Pizarro, dispuestos a desplomarse cualquier día gracias a la incuria particular y oficial. El popularísimo bazar Aurora. El no menos popular bar Español. Una botella de anisete Mirtra a la entrada de la plaza comunera, una botella desvalida y huérfana cual mielera de Valero perdida a las doce de la noche en la Gran Vía matritense. La botella llena, como un tesoro.
El peregrino creía desaparecida, desde las brumas de su adolescencia, la ilustre etiqueta de nombre seudopagano, asociada a sus primeras trancas y a los descubrires del sexo, a años donde la alegría y la tristeza brotaban como el estallido de un volcán, impetuosas, intensas, ya invivibles.
El peregrino, sentado en un banco de la plaza, se ve asaltado entre trago y trago por un aluvión de recuerdos cuya transparencia resulta terrorífica. Los más traumáticos, los más dichosos, a cámara rápida. Cuando el pasado irrumpe bruscamente en el presente, cuando el hombre, a través de sus desnudos recuerdos, ya no se reconoce en aquél que fue, siente como la locura le roza tímidamente. El peregrino siempre tuvo más miedo al pasado que al presente, que al futuro, que a la muerte. Y rompe la botella contra el suelo, incapaz de asomarse al espejo de los años perdidos.
Una mujer súbita se sienta a su lado. Tiene el pelo largo y moreno, los ojos almendrados, enormes y negros como la piel de un murciélago, los labios excitantes y rojos como la sangre, las manos blancas y de ínfimas venas. Unas manos que se posan sobre las manos del peregrino.
Un timbre exasperante rompe el beso profundo de la vampiresa y el peregrino.
Maldito despertador.
Gabriel Cusac
La Colmena Bejarana, diciembre de 1993

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