LÍNEAS PARA UN RETRATO
Un fotógrafo sin alma, un excelente y cruel profesional, les condenó a ser eternos. Viven su fantasmagoría cerca del epicentro del terremoto sabatino, perdidos en un delicioso mare mágnum complejo de inventariar: aparatosas radios de onda muerta, viejos espejos que aterrorizarían a Borges, fotos de un Béjar vetusto y desaliñado, pretenciosos lamparones hoy inconcebibles, romanas que pesan el aire, retratos de antaño... Su retrato, el de los extraños hermanos, cuelga sobre las escaleras, convirtiéndolas en iniciáticas. Es enorme, como la tristeza que rebosa.
Entre grises y negros de fondo premeditado, les rodea un espectral aura blanquecina. Siguen al espectador con la mirada como la pícara Gioconda, pero sus labios no sonríen. Encorsetados en un ceremonial uniforme, con gorras de plato y botas de lustre pintado, los pequeños hermanos parecerían estar posando en la hora de su fusilamiento, salvo que no muestran horror. Una impotencia profunda, acaso primordial, resaltada por la unión de sus manos, un contraste de trágica esperanza.
Los niños disfrazados de almirantes acaban de traspasar el umbral de un forzado rito de desarraigo; algo ha matado su infancia, su mundo y su alegría, convirtiéndoles en exiliados. Su exilio, para el espectador, es un misterio incognoscible. Pero el espectador atento les contempla hipnotizado hasta descubrir la causa del estremecimiento que le recorre el cuerpo. Sus rostros no son iguales, uno es más grueso que el otro... Pero la expresión de ambos puede llegar a resultar pavorosamente idéntica, gemela en su significado.
Jamás un retrato me ha impresionado tanto; siento que escribir sobre los extraños hermanos es como invocarlos. Y me causa angustia imaginarles la vida.
Algunas noches, cuando ese fetichista museo de cervezas y antigüedades cierra sus puertas, los extraños hermanos saltan de su retrato y abren la ventana de La Buhardilla. Y, en silencio, cogidos de la mano, contemplan la soledad de la calle.
Gabriel Cusac
Béjar Información, Serie “Historias de la ciudad estrecha”, enero de 1997
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