Totus tuus
El otro día, por fin, nos agrupamos todos para la lucha final. Por cuestión de imagen, atentos al himno de la Internacional (versión original), se dispuso a los famélicos delante, inmigrantes en su mayoría (¡hay que ver qué gordos están los proletarios naturales del país!). La vanguardia de los flacos, además, participaba de una ventaja estratégica: era más difícil que las balas les alcanzasen. Luego iba un multitudinario batallón de jubilados, porque la lucha final era gratis. Y detrás de ellos, los ingenuos, que en cualquier circunstancia son carne de cañón. A continuación, el grueso del ejército; básicamente obreros, pues la mayoría de aquéllos con profesiones liberales engrosaban el cuerpo precedente. Por último, en retaguardia, estaban los dirigentes políticos y sindicales de izquierda, diríase que anegados en la nube de sus Cohibas.
Ya estábamos preparados para entrar en combate cuando desde el frente contrario se oyeron ruidos de megafonía y clamó la soberbia voz del Gran Cacique.
-¡A ver, los de las pateras! Se precisan 400 temporeros para la recogida del tomate.10 horas diarias, sueldo mínimo, Seguridad Social para quien mejor se porte. Por riguroso orden de inscripción. ¡Quien no trabaja es porque no quiere!
Esta grata noticia provocó una deserción masiva en nuestra línea de choque. Se iban matando por el camino, los pobres. Pero todo tiene su contrapartida, ya que tan cruenta masacre nos permitió observar el maravilloso despliegue de Cruz Roja y Protección Civil, cuyos miembros realizaban su labor henchidos de satisfacción. No menos feroces fueron los jubilados, que dieron muestra de unas excelentes aptitudes físicas cuando, poco después, el Gran Cacique anunció la subida mensual de medio euro y una bolsa de pipas para aquellos pensionistas que abandonaran el bando siniestro. Su desbandada en masa dejó sembrado el campo de batalla de medicinas y dentaduras postizas.
Ya considerablemente mermadas nuestras filas, políticos y sindicalistas resolvieron que era preciso abrir una vía de diálogo. Los Mercedes de la comisión negociadora, coronados por banderas blancas, atropellaron a cientos de nuestros soldados en su rauda carrera hacia el consenso, mas es sabido que en toda guerra hay daños colaterales.
La espera fue tensa, pero los resultados merecieron la pena, pues los hábiles miembros de la comisión negociadora, a pesar del multimillonario menoscabo de beneficios que esto suponía para el Estado, las grandes empresas y la banca en general, consiguieron...¡paga vitalicia para todos ellos y 5 minutos más de bocadillo para los trabajadores! El júbilo se instaló en los corazones proletarios, y espontáneamente corrimos a abrazarnos con los que poco antes considerábamos nuestros enemigos (quienes, por cierto, ya nos esperaban con las braguetas abiertas). ¡Qué gran fiesta hubo entonces! ¡Me emborraché hasta yo, que siempre he sido un espía frío y calculador! En la jornada siguiente, la subida de la bolsa fue espectacular.
¿No es la paz, queridos amigos, el más preciado de los tesoros?
Gabriel Cusac
Béjar Información, 10 de agosto de 2002
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