
Antaño fue un hábil predicador. Sus sermones, apoyados en una demagogia espasmódica y en todo un pensil de reseñas históricas que revelaban la amplísima cultura del sacerdote, se derramaban sobre el rebaño de fieles como una miel densa y nutritiva. Sermones rojizos, hiperbólicos, obsesivos, donde el hombre se enfrentaba al mundo como San Miguel contra el dragón, desarrollando una lucha cruenta de la que sólo el verdadero creyente, el heroico paladín de la fe, podía salir victorioso. Su oratoria feroz estremecía los bancos del templo; diríase que la ira de Dios tenía el rostro carniseco y afilado del hábil predicador. Algunas imágenes solían repetirse con cierta frecuencia en su floresta pía: los primeros cristianos, devorados por los leones en un coliseo descomunal, pero rebosante de sádicos idólatras; Moisés abriendo las aguas del Mar Rojo; santa Teresa levitando, envuelta en el aura dorada de los elegidos; Lázaro saliendo de la tumba, y decenas de mártires, cada cual con su insospechable tortura, resistiendo impasibles el sufrimiento... Tan espectaculares viñetas mantenían a los feligreses en arrobo, todos como uno, definiendo exactamente la palabra iglesia en su más pura concepción. Del mismo modo, abundaba en las biografías de grandes católicos, aunque ocultando las a menudo terribles miserias de los protagonistas. ¿Cómo hablar de la infinita prole bastarda generada por el publicitado rey Fernando, quien sin duda montaba mucho más que doña Isabel? ¿Cómo explicar que la iniquidad humana podría resumirse en la historia del Papado, con su completísimo rol de mancebas, crímenes, simonías y luchas de poder? ¿Cómo justificar la científica sugerencia de fray Bartolomé de las Casas: sustituir la esclavitud india por la negra? ¿Cómo derribar de sus pedestales a tamaña legión de inquisidores, asesinos, infames y corruptos: lobos con piel de cordero?... Cómo y para qué.
El sacerdote alcanzó un merecido prestigio por su rectitud y su valía. Corrieron rumores sobre sus serias aspiraciones al obispado. Y, en cierto modo, la admirable decisión de retirarse a su yermo y remedar proezas y sufrimientos de los antiguos estilitas decepcionó el pragmatismo curial de muchos. Pero la opinión generalizada ya le ubicaba, con sincero entusiasmo, en nómina de santidad.
Raros comienzos tuvo su periodo ascético, rodeado como estuvo en todo momento de devotos que la rendían pleitesía, de curiosos e incluso de insolentes reporteros. Especialmente delicado se le hizo cumplir sus funciones evacuatorias, apartándose a un jaral cercano en tanto rogaba unos minutos de soledad a su corte de admiradores, quienes se pegaban por rozar los harapos del pretenso eremita.
Pese a todo, la expectación cesó pasados unos meses, y las visitas fueron siendo cada vez más ocasionales, aunque los fines de semana siempre aparecían dos o tres autocares de excursiones organizadas. En cuanto al sustento, no tuvo problema. Un consorcio de varias asociaciones confesionales se encargaba de suministrarle periódicamente una surtida remesa de viandas.
Pasaron seiscientos sesenta y seis días desde que iniciara su retiro espiritual, y una mañana de sol ardiente tuvo lugar un curioso fenómeno. Deslizándose por las secas tierras del yermo, zigzagueante y veloz como una gran serpiente negra, un féretro inexplicablemente móvil detuvo su carrera frente a la columna de la asceta. Como empujada por un resorte, saltó entonces la tapadera del ataúd, dejando al descubierto el cuerpo desnudo de una bella mujer, quien se incorporó mostrando una sonrisa maléfica.
- ¡Bien, Pepe, bien! –dijo al asceta, y éste bajó vertiginosamente la escalera de gato de su columna (podría decirse que como alma que lleva el diablo), apresurado en abrazar con voluptuosidad a la sobrenatural visitante. Luego montaron en la caja que, a modo de siniestro trineo, les difuminó casi instantáneamente en el horizonte del yermo.
Hoy, cientos de testigos aseguran haber contemplado la ascensión en cuerpo y alma del eremita hacia los Cielos, grande milagro, y las altas instancias eclesiásticas han abierto un expediente de beatificación.
La columna ha sido adquirida en pública subasta por un millonario yanqui, y ya preside el punto más alto de su rancho californiano. Con el dinero obtenido se ha completado definitivamente la línea de estatuas que coronan la emérita réplica de la vaticana plaza de san Pedro erigida en Costa de Marfil, próspero país del África negra.
El sacerdote alcanzó un merecido prestigio por su rectitud y su valía. Corrieron rumores sobre sus serias aspiraciones al obispado. Y, en cierto modo, la admirable decisión de retirarse a su yermo y remedar proezas y sufrimientos de los antiguos estilitas decepcionó el pragmatismo curial de muchos. Pero la opinión generalizada ya le ubicaba, con sincero entusiasmo, en nómina de santidad.
Raros comienzos tuvo su periodo ascético, rodeado como estuvo en todo momento de devotos que la rendían pleitesía, de curiosos e incluso de insolentes reporteros. Especialmente delicado se le hizo cumplir sus funciones evacuatorias, apartándose a un jaral cercano en tanto rogaba unos minutos de soledad a su corte de admiradores, quienes se pegaban por rozar los harapos del pretenso eremita.
Pese a todo, la expectación cesó pasados unos meses, y las visitas fueron siendo cada vez más ocasionales, aunque los fines de semana siempre aparecían dos o tres autocares de excursiones organizadas. En cuanto al sustento, no tuvo problema. Un consorcio de varias asociaciones confesionales se encargaba de suministrarle periódicamente una surtida remesa de viandas.
Pasaron seiscientos sesenta y seis días desde que iniciara su retiro espiritual, y una mañana de sol ardiente tuvo lugar un curioso fenómeno. Deslizándose por las secas tierras del yermo, zigzagueante y veloz como una gran serpiente negra, un féretro inexplicablemente móvil detuvo su carrera frente a la columna de la asceta. Como empujada por un resorte, saltó entonces la tapadera del ataúd, dejando al descubierto el cuerpo desnudo de una bella mujer, quien se incorporó mostrando una sonrisa maléfica.
- ¡Bien, Pepe, bien! –dijo al asceta, y éste bajó vertiginosamente la escalera de gato de su columna (podría decirse que como alma que lleva el diablo), apresurado en abrazar con voluptuosidad a la sobrenatural visitante. Luego montaron en la caja que, a modo de siniestro trineo, les difuminó casi instantáneamente en el horizonte del yermo.
Hoy, cientos de testigos aseguran haber contemplado la ascensión en cuerpo y alma del eremita hacia los Cielos, grande milagro, y las altas instancias eclesiásticas han abierto un expediente de beatificación.
La columna ha sido adquirida en pública subasta por un millonario yanqui, y ya preside el punto más alto de su rancho californiano. Con el dinero obtenido se ha completado definitivamente la línea de estatuas que coronan la emérita réplica de la vaticana plaza de san Pedro erigida en Costa de Marfil, próspero país del África negra.
Gabriel Cusac
(No encuentro la referencia bibliográfica; quizá dé lo mismo)
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