8 de enero de 2008

A por los 15 reales

Hay un higuera insospechable entre las piedras del puente de san Albín, una higuera seca incrustada sobre el gran ojo, por la parte de la ruinosa Gilart, otro de los tantos espectros fabriles de la ciudad estrecha. Es tal higuera la de los quince reales, porque algún retorcido de antaño quiso esconderlos allí. No alcanza el asunto categoría de leyenda; más vale por chiste negro, como ser verá.Rezuma cierto fetichismo morboso entre los miembros del oscuro club de los suicidas, tan caprichosos de puentes; muchas veces, de puentes concretos. Ya escribiera Verlaine al respecto, nombrando el Sena como correa de cadáveres. La última literatura sobre puentes fatales quizás sean unos retazos del precoz y feroz Juan Manuel de Prada, a propósito del verticalmente transitado viaducto de Segovia, en los Madriles, donde persiste la tradición del vuelo corto. El puente freudiano señala un paso decisivo; este paso, para el esoterismo -Freud adoptó toda la simbología esotérica, pero desacralizándola-, es iniciático, un avance en busca de la transcendencia (esto tiene mucho que ver con una de las denominaciones del Papa, de los Papas: Sumo Pontífice). Mas el amanuense que cuenta, a pesar de tanto rollo, no consigue ver clara la obsesión. Si el amanuense resolviera finar algún día, está seguro de que escogería un pasaporte más dulce y menos escandaloso, como el helado de barbitúricos recomendado por Manuel Vicent, golosina última de la que me hablara con franco estusiasmo el gordo Luis, compañero de páginas.Béjar, a pesar de su innata vocación microcósmica, contó con el detalle cosmopolita de tener su específico puente de los suicidas. Como tal, el de san Albín guarda un raro historial obituario, en vecindad solidaria causada por aquéllos que decidieron claudicar sobre los raíles vecinos, aprovechando una coyuntura que hoy día no se da. Pareciera que el Cuerpo de Hombre, en ese tranco, destilara un telurismo insano resuelto en caros tributos.Habrá visto el lector en celuloides antiguos de esta España nuestra el salpimentado de muchos hombres con gorra y blusón. Así vestían los albañiles de antes, no es que hubiera plaga de pintores tipo Quartier Latin. Pues bien, un paleta bejarano fue a buscar los quince reales sin abandonar la prenda, que al embutirse de aire hizo el efecto paracaídas y salvó la vida al desesperado, tornando zarzal por roca. Semeja gracia de dibujos animados, o fantasía del barón de Münchhausen, pero tan cierto es que otro colega de intenciones afines, avisado, tuvo el tiento de dejar el blusón sobre el pretil. No sólo paletas, claro, sino gentes de variado oficio, siguieron la moda, que incluso contagió a un consumero del mismo fielato de san Albín. Lo dicho, qué tendría el sitio.Don Paco, el forense, venía desde la Abadía para proceder al levantamiento del cadáver. Bajaba a caballo por las cuestas que fueran vinateras. Bajaba con parsimonia señorial, más lejos de la solemnidad que de la rutina, a lo que dicen. La costumbre acostumbra.Hubiera gustado Álvaro Cunqueiro, andando el mindoniense siempre con la curiosidad atenta de puentes -las puentes, diría él, a modo añejo- y originalidades fúnebres, de esta pequeña crónica. De remate, mi idolatrado Cunqueiro acaso imaginaría los sucesos en coplas de ciego, hoyando desamores y tormentos. Coplas truculentas, tal “la domadora de hombres”, que fue éxito del tiempo en que algunos paisanos tristes fueron a buscar los quince reales.


Gabriel Cusac
Béjar Información, Serie “Historias de la ciudad estrecha”, 15 de Marzo de 1997

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