Esta psicosis maníaco-depresiva no se me va a quitar en la puta de la vida. Ya se lo dije al doctor antes de asestarle la puñalada postrera. ¡Cómo se me va a quitar, si sólo recibo malas noticias! Mi enfermedad es muy curiosa. Puedo resistir sin la menor señal de sufrimiento, completamente abúlico, las declaraciones de nuestros munícipes, el internamiento de familiares en cárceles geriátricas, los apocalípticos telediarios o la confesión del amigo honesto que, no obstante, se ha visto forzado a la afiliación sindical. Otros desastres, en cambio, me rompen el corazón e instalan en mi rostro lo que el ínclito siquiatra (d.e.p) definía clínicamente como “máscara marmórea trágica”. Es entonces cuando recurro al aguardiente de barbitúricos y salgo a la calle dispuesto a seccionar la yugular a uno de estos niñatos que recorren la ciudad a toda hostia montados en el coche de papá y con el “bum-bum” a cuestas. Sé que mi odio no es racional –yo mismo, hace años, era un macarra impenitente, pero estaba influenciado por el espíritu de la transición-, aunque bien pensado tampoco lo son territorios comunes como la política, la religión, el deporte –al menos, practicado desde la butaca de espectador- o el amor.Ahora me encuentro en una de estas fases críticas. Porque ayer, ayer mismo, una reconocida socióloga me comentó con tristeza otra reciente catástrofe: ¡nos han quitado el fotomatón! ¿Pero es que en esta ciudad del confín de la Tierra no es rentable ni un mísero y solitario fotomatón?Sentí un tajazo en el alma ante esta nueva pérdida patrimonial. Queridos lectores bejaranos, acólitos de Esaú, es preciso movilizarse. El fotomatón de la calle 28 de septiembre no era una pieza más del mobiliario urbano. Por encima de su estricto sentido utilitario, el fotomatón, siempre asociado a un grato recuerdo, forma parte del común acervo sentimental, y su ausencia nos empobrece sobremanera. Testigo y partícipe discreto, carné a carné, de nuestra evolución como ciudadanos, el fotógrafo automático, las 24 horas del día a nuestra disposición, ha marcado también muchos de los mejores momentos de nuestra vida íntima. Hagan memoria, zurumbáticos lectores. ¡Qué delincuente lujo, a dos pasos de la comisaria, extender relajadamente la golosa cocaína sobre el taburete giratorio! ¡Qué irresistible lujo retratarse, sin testigos, las partes pudendas! ¡Qué morboso lujo follar con impunidad junto a la vía pública!...Personalmente debo reconocer que tan socorrida cabina ha constituido un instrumento imprescindible dentro del marco de las relaciones sociales. En mi perdida juventud, bajo la simpática excusa de la foto compartida, sistemáticamente aprovechaba la coyuntura dada en el estrecho habitáculo para confirmar la trascendencia de un agotador flirteo. ¡Qué tiempos!Capillita de amoríos e intimidades, sagrada estancia, fotógrafo circunspecto, robot amigo: ¡qué amplia gama de servicios nos ofrecías!. Pero yo no me resigno a tu ausencia. Mi profundo sentido cívico me insta a aprovechar esta tribuna para hacer un llamado a la conciencia pública, y desde aquí grito como un político, un predicador o un charlatán de feria en el cenit de su discurso: ¡BASTA YA DE DESMANTELAMIENTO INDUSTRIAL! ¡FOTOMATÓN MUNICIPAL YA! ¡BEJARANOS, ALCÉMONOS! ¡COMO CUANDO PRIM! ¡A LAS ARMAS!
Gabriel Cusac
Béjar Información, 3 de agosto de 2002
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